Texto escrito por: Omar Orlando Tovar Troches
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Tengo que confesar que este 23 de octubre, fecha en la que se conmemoró un año más en la vida de Charly García, se convirtió en un momento de quiebre en la autoconciencia de mi temporalidad e, imagino que la de todos aquellos y aquellas que pertenecemos a la Generación X. Este cumpleaños no fue un simple instante en el que felicitamos y exaltamos la vida y obra del papá de los ídolos; se convirtió en una especie de interruptor que encendió un largo flashback vital y nos recordó la noción de la finitud del tiempo de los ídolos y, también, la de nosotros mismos.
Este repaso vital, detonado por el cumpleaños de Charly, me permitió constatar que su obra musical es también la banda sonora de buena parte de las vidas de quienes integramos la Generación X y ha atravesado, como mínimo, tres generaciones, a las que les ha permitido percibir los cambios políticos y sociales de medio siglo en una América violentada, expoliada, pero siempre resistente y, a veces, rebelde. Para nosotros, los de la generación del ’80, como señala el periodista Maximiliano Martina, las letras y la música de Charly nos llenaron de un lenguaje de emociones y de libertad; que hoy, frente a unas sociedades que decidieron abrazar el neofascismo, todavía resuena como un eco en el que se mezclan la alegría, la melancolía y hasta el miedo: las sensaciones en las que se advierte la finitud de los ídolos, de la democracia y de la propia vida.
Aunque mi primer contacto con la música de Charly García fue un gesto de curiosidad propia de mi posadolescencia, a finales del siglo pasado, gracias a la versión que un casi imberbe Carlos Vives hizo de “Yo no quiero volverme tan loco”, con el tiempo he comprendido lo vital que resulta para quienes integramos la Generación X, el acto deliberado de escuchar Clics Modernos, Piano Bar, Parte de la religión o su MTV Unplugged. Este culto a la cultura pop-rock de los 80 nunca ha sido, y hoy día menos, una simple ceremonia de consumo cultural; es una clara muestra de resistencia y lucha por mantener el espíritu de una época de transición única, protagonizada por esta generación, nacida aproximadamente entre 1961 y 1981, que fue la última en crecer sin internet y redes sociales, forjando una identidad basada en la independencia y la creatividad cruda; que nada tiene que ver con el consumo adictivo de infotenimiento y arte hecho en serie por máquinas digitales y, últimamente, por agentes de inteligencia artificial.
La música de Charly, de Soda, de Caifanes, de los Cafeta, los Paralamas, de Aterciopelados y, afortunadamente, un largo etcétera, se ha consolidado como el puente emocional y generacional que conectó a muchos con sus propias experiencias y con la percepción particular de cada época. Cada acorde y cada letra de aquella explosión musical del rock en español, paulatinamente se ha vuelto un marcador de memoria asociado al primer amor, a la rebeldía adolescente, las noches de radio o de casetes, la compra del primer vinilo, del primer CD o, incluso, el disfrute de un video en YouTube.
El cumpleaños de Charly nos dictó un obituario a la nostalgia, un repaso mental de los “años maravillosos” de la infancia y la adolescencia de los actuales dinosaurios del rock.
Ver a Charly García cumplir 75 años y enfrentar un delicado estado de salud que afecta su movilidad, recuerda que el tiempo no se detiene y que los héroes culturales de la Generación X están desapareciendo. Esa pérdida no es solo la ausencia de una voz en la radio o de una imagen en internet, sino la constatación de la propia mortalidad, de la propia finitud de esta generación ya casi que condenada a un constante y cada vez más seguido obituario a la nostalgia.
Para el suscrito, esta especie de liturgia mortuoria que se viene escenificando con la seguidilla de muertes de personajes como Lemmy Kilmister, Ozzy Osbourne y Chuck Mangione, empezó en los años noventa del siglo XX con las muertes de Janis, Kurt y a principio de este siglo con la partida de Amy, demostrando que la muerte de un referente como Charly o de cualquier otro ídolo es un espejo en el que cada generación ve reflejado su propio paso del tiempo y la proximidad de su fin.
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