Opinión

La verdad desnuda

Gustav Klimt, el vienés libre del nuevo arte, hizo de la mujer el eje de su obra y con ella desnudó el erotismo, la rabia, el amor o la seducción

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mayo 09, 2020
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La verdad desnuda
Gustav Klimt, El beso, 1908

Gustav Klimt fue un hombre libre y tuvo que luchar por ello. Nació en la Viena de 1862 y murió en la misma ciudad en 1918 mientras caía el Imperio Austrohúngaro. Vivió una ciudad amable con el dinero de los judíos que, en esa época eran los dueños de las industrias y de las artes. La llamaron la ciudad Potemkim porque detrás de los imponentes edificios cívicos, vivían los burgueses con los valses, cafés de intelectuales y la elegancia de la época. Allí también comenzó, antes de Hitler, el movimiento antisemita.

Como su padre que fue grabador de oro, el pintor llegó a utilizar la hoja de oro como elemento pictórico. La mujer fue el eje central de su pintura. Fue siempre la protagonista universal de un mundo donde era la representante universal de todas las emociones: el amor, el miedo, la muerte, la sexualidad…

 

Klimt centró su mirada en el mundo de los griegos donde su mitología era la escenografía mental de lo que se llamó en Simbolismo de Viena muy asociado con el control del destino humano. O, un misterioso reencuentro con el mundo heleno. El artista trabajaba con la línea y la superficie. Obviamente, estuvo siempre asociado al Art Nouveau. Un universo que tuvo su inflexión en lo decorativo como principio.

Klimt vivía con su madre y sus dos hermanas, nunca se casó. Pero pintaba rodeado de bellas mujeres y, cada una de ellas le sugería una pose, una actitud y los visualizaba en sus maravillosos y sintéticos dibujos. El erotismo, la ternura, la rabia, el amor o la seducción. De cada una de ellas derivaba una sensación. Muchas fueron sus amantes y con algunas tuvo varios hijos. Mientras él, era un bohemio con el aspecto descuidado que mantuvo siempre. Dentro y fuera de su taller usaba una túnica desatendida y un pelo desordenado.

Hechicera y serpientes, 1904-1907

Su primer trabajo fue en uno de los edificios de la ciudad Potemkim: el Teatro Shakespeare donde realizó la última escena de “Romeo y Julieta” con una inflexión histórica.

Ya en 1887, muy incómodo en la Asociación de Artistas Plásticos de Viena y junto con Ferndinand Khopff y Reiner Maria Rilke entre otros, crearon la Secesión. La generación que buscaba algo nuevo. Un arte internacional donde se buscaba establecer una nueva forma de hacer. Buscaban una nueva Atenas dentro de un mundo misterioso y con una influencia esotérica.

Palas Atenea fue el icono que representaba su símbolo en la superficie plana donde retomó definitivamente la historia bizantina. De nuevo, se olvidó la ventana de la perspectiva y todo pasó a ser un único primer plano.

La dama de oro, retrato de Adele Bloch Bauer, 1907

Como su arte despertaba sentidos sexuales, fue repudiado socialmente. Su comisión de la Universidad de Viena para las facultades de Filosofía, Medicina y Jurisprudencia fueron rechazadas y tuvo que devolver el dinero para recuperarlas. Y en la Feria Internacional de Paris de 1900, Klimt las presentó y se ganó el primer premio. Así se ganó la suerte de los privilegiados que lo ocuparon en retratos de las mujeres más elegantes de la sociedad vienesa. Entre ellas el retrato de la joven judía Adele Bloch Bauer. Cuadro que fue confiscado por los nazis y sobre el cual se realizó una película sobre cómo ella, muchos años después, recupera su retrato.

Adán y Eva, 1917

Después, vinieron los cuadros sobre la esperanza de la vida, del alumbramiento, las edades de la muerte, El Beso y su cuadro final: Adan y Eva de 1917.

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