La venganza de Otoniel: más de 40 policías asesinados

El capo reaccionó en 2012 a la caída de su hermano Giovanni, en ese momento el jefe del Clan del Golfo, con un sangriento plan pistola

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octubre 27, 2021
La venganza de Otoniel: más de 40 policías asesinados

Juan de Dios Úsuga y su hermano Dairo Antonio eran uña y mugre y su camino delincuencial lo transitaron juntos. Empezaron con un puñado de gatilleros remanentes de las autodefensas, quienes los seguían en todo: usaban las mismas esclavas de oro, escuchaban los mismos vallenatos de Faryd Ortiz, eructaban después de comer, se contagiaron de la fiebre por los juguetes sexuales que les llegaban desde Medellín y, por supuesto, se acompañaron en su depravación sexual por las niñas y niños. Eran los jefes del Clan del Golfo.

Los hermanos Usuga aprendieron a disparar en la guerrilla del EPL en Antioquia. Dairo formó parte del frente Elkin González y Juan de Dios del  Luis Carlos Galán. En vez de desmovilizarse en 1991 los Úsuga migraron a las Autodefensas de los hermanos Castaño. Se movían en Urabá y Córdoba y luego pasaron al Meta donde, de la mano de Vicente Castaño, armaron el Bloque Centauros. Conocieron entonces a Henry de Jesús Pérez, alias Mi Sangre –detenido en el 2015 en Buenos Aires- y a Daniel Rendón, alias Don Mario, una alianza de la que nació el Clan del Golfo. Imbatibles en la exportación de coca a Estados Unidos por Buenaventura y Tumaco pasaron a convertirse en los amos del Pacífico.

Sus atronadoras fiestas con menores de edad y ríos de aguardiente pasaban desapercibidas para las autoridades hasta que un error los puso en el ojo del huracán: el asesinato en enero de 2011 en San Bernardo del viento de los estudiantes de los Andes Margarita Gómez y Mateo Matamala, dos excursionistas que acamparon cerca a un embarcadero de droga en el Golfo de Morrosquillo, en un área controlada por ellos. Pasaron a convertirse en objetivo militar.

Con la operación Colombia 25 de Comandos jungla y Comandos lobo, el ejército les pisó los talones hasta lograr saber todo sobre los hermanos Giovanny y Otoniel. Identificaron su presencia en 14 países de América Latina y en España y en Urabá contaban con el apoyo de los pobladores. Habían construido una red de “Puntos”: muchachos en chancletas de plástico y vestidos con camisetas de fútbol que, a cambio de dos salarios mínimos y un Blackberry, los mantenían informados de los movimientos en la zona. Y además, los proveían de niñas que raptaban y trasladaban a sus caletas en el Tapón del Darién.

Una de ellas fue Zulli quien terminó en manos de Giovanny en noviembre del 2011. Tenía doce años y había nacido en Turbo. Su propia mujer Elvira Sánchez, una voluptuosa matrona de 40 años hecha a punta de silicona, se la había ubicado y Zulli se volvió en su preferida. Allá llegaba a la cabaña enterrada de la selva del Darién cubierta de maleza y con una mula en la puerta trasera preparada para el escape. La misma guarida donde celebrarían la fiesta de año nuevo.

Un avión del ejército sobrevoló durante once días la zona hasta ubicar la cabaña. Geovanny supo que lo seguían. La carnada había sido Zully. Desde el 20 de diciembre les advirtió que buscaban al vallenatero Farid Ortiz para la celebración; un plan que no les funcionó y los forzó a buscar en Turbo un grupo de reemplazo. La inteligencia militar hizo la tarea. Ubicó el conjunto contratado y logró colocarle a uno de los músicos un GPS en la guitarra.

El dispositivo se encendió al mediodía del 31 de diciembre en Acandí, en plena selva chocoana.  Determinaron la casa de dos plantas donde sería la fiesta con 150 invitados entre los que habían 35 menores de edad raptados en Urabá. Se proveyeron de ochenta cajas de aguardiente y sacrificaron 25 novillos. Era un festín apoteósico. También asistiría Otoniel. El golpe contra el Clan del Golfo prometía ser devastador.

El equipo de asalto de la operación Colombia 25, compuesto de dos Black Hawk y tres helicópteros convencionales partiría del aeropuerto José María Córdoba en la madrugada del 1 de enero del 2012. Zully, sigilosa, tomaba distancia del grupo para orientar al ejército. En un lado asaban carne y en el otro se ubica el kiosko del baile y la cocina.  La niebla espesa de la jungla dificultaba la labor del ejército.

Amanecía el primer día del 2012 cuando dos Black Hawk, como pájaros mitológicos, quedaron estacionados debajo de la casa. Niños corrían semi-desnudos mientras los hombres de Geovanny disparaban usándolos como escudos humanos. Los 45 comandos Jungla y Lobo evacuaron los helicópteros con sogas protegidos por el otro Black Hawk que cercaba la cabaña a bala. De pronto reinó el silencio. En la cocina encontraron tres hombres heridos mientras en la casa cuarenta niños, entre 12 y 15 años lloraban asustados. Los músicos temblaban de miedo detrás de un tanque de agua. La habitación de Geovanny estaba plagada de consoladores y todo tipo de juguetes sexuales.

La mamá de los Úsuga apareció en escena. Insultaba al ejército coreada por Elvira, la mujer de Geovanny. Responsabilizó a los músicos de la ubicación lograda por el ejército. La borrachera era general. No aparecía el objetivo hasta que los comandos identificaron un cuerpo voluminoso moverse entre la maleza. Buscaron su entrega. “No me rindo, soy un hombre de guerra”, fue la respuesta del mayor de los Úsuga. Recibió un disparo en el pecho y otro en la pierna. Quedó tendido en el suelo. Vestía el uniforme de un equipo de fútbol de barrio, estaba armado de dos pistolas y un fusil M4. Conservaba el anillo en el  anular derecho con la letra J.  Era Juan de Dios Úsuga, apestaba a alcohol y estaba muerto. Otoniel se había esfumado tres horas antes.

Con la caída de Geovanny nacieron las Auodefensas Gaitanistas Unidas de Colombia, aunque para las autoridades seguían siendo el Clan del Golfo. Otoniel desafió el poder del Estado con un paro que llegó hasta Santa Marta cuyos volantes iban firmados por las nacientes Autodefensas Gaitanistas en un intento por darle un tinte político a una banda criminal a la que solo la mueve el narcotráfico.

La venganza de Otoniel fue despiadada, y decretó un plan pistola que durante los siguientes meses habría cobrado la vida de decenas de policías en unos cuantos meses, principalmente en Chocó y Antioquia, pero su violencia se extendió en otros departamentos, además del duro paro armado que decretó en el pacífico y que tuvo en jaque al comercio y a la propia fuerza pública. 

Ocho años después, en una vereda en Necoclí, Otoniel cayó a manos del ejército. Con él terminaba la larga y terrible historia de los Úsuga. Cinco millones de dólares pagaban por su cabeza. Por las fotos parecía que habría triunfado con su sonrisa cínica de ganador. El clan Úsuga había terminado.

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