Opinión

La vanidad de los escritores

Por:
septiembre 19, 2013
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 Lo que nos hace tan insoportable la vanidad ajena es que hiere la nuestra.

La Rochefoucauld

Hace poco leí en un diario español que el escritor británico R. J. Ellory, el autor del best seller  A Quiet Belief in Angels, no conforme con su éxito en el mundo entero, ni con las ofertas millonarias para las adaptaciones cinematográficas, ni con los numerosos premios literarios, ni con el aplauso unánime de la crítica más exigente, no conforme con todo eso, digo, cayó enceguecido en el fondo de su propia vanidad y consideró que su novela no había sido lo suficientemente bien alabada  y decidió escribir  bajo seudónimos los elogios más desmesurados sobre su propia obra a través de la web de Amazon.

En la sección de libros R. J. Ellory hacía comentarios de su propia obra en estos términos: “este libro no pretende ser otra cosas que una historia brillantemente contada”. O, “es una obra maestra contemporánea”. Y además le otorgaba a sus libros la máxima puntuación de cinco estrellas. También aprovechaba la invisibilidad del seudónimo para atacar a sus colegas, para desprestigiar otras novelas y destrozar a sus rivales.

Ellory no tenía necesidad de esto, puesto que sus libros ya figuraban en la lista de los más vendidos. Fue la vanidad lo que lo perdió. Porque en el mundo de la literatura los escritores desayunan con “egos revueltos”, como dice Juan Cruz. Esto me remite a otra anécdota: hace algunos años el escritor cartagenero Efraim Medina suplantó las identidades de varios  escritores jóvenes y a nombre de ellos enviaba mensajes a la revista Semana y otros medios colombianos elogiando su propia obra y desprestigiando la de su colega Héctor Abad Faciolince. Esa bellaquería de Medina se celebró como uno más de sus chistes flojos y la cosa pasó al olvido.

¿Recuerdan ustedes el ego del R.H Moreno Durán? Yo lo vi en una Feria del Libro de Bogotá peleando con la gente de Alfaguara porque sus libros no llevaban la cintilla que decía “uno de los mejores escritores colombianos”.  Tal vez por eso el guatemalteco Augusto Monterroso decía que el único elogio que satisfaría plenamente a un escritor sería “usted es el mejor escritor de todos los tiempos. Cualquier otra cosa que no sea esto empieza a ser mezquino”.

La vanidad llevó a Truman Capote a desvariar. Cuando publicó A sangre fría dijo, con la boca llena, que había inventado una nueva forma de literatura. Y lo cierto es que ese experimento de utilizar técnicas narrativas en el texto periodístico ya lo había empleado Gabriel García Márquez diez años antes en el “Relato de un náufrago”, y sin tanta bulla.

La observación más inteligente sobre la vanidad se la leí al genial Woody Allen contra Norman Mailer. Mailer era un tipo rudo, robusto, egocéntrico, insoportable. Woody Allen decía que la vanidad de Norman Mailer es tan desproporcionada que le ha donado su ego a la Universidad de Nueva York.

Eso en cuanto a los escritores. ¿Y los columnistas?, ¡ah, la vanidad de publicar en Las 2 Orillas!

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