Tras la pandemia, la salud mental revolucionó las facultades de medicina en el país: hoy los jóvenes eligen la psiquiatría por auténtica vocación

 - La valorización y el prestigio de la salud mental dentro del gremio médico colombiano
Texto escrito por: Marco Aurelio Echeverry

Existe una verdad que circula en los pasillos de los hospitales universitarios, en las salas de espera de los residentes y en las conversaciones privadas entre médicos generales que sueñan con una bata blanca más larga. Es una verdad incómoda, casi vergonzosa, que pocos se atreven a decir en voz alta frente a un psiquiatra consagrado, pero que todo el gremio de la salud en esta parte del mundo conoce: en Medellín, la especialización de psiquiatría ha sido, salvo contadas y honrosas excepciones, el centro de reciclaje al que acuden los médicos que no pudieron pasar —o que ni siquiera se atrevieron a aplicar— a otra especialización. Decirlo así suena brutal, casi clasista, pero negarlo sería deshonesto. Y entender por qué ha sido así, y por qué está dejando de serlo, es entender algo profundo sobre cómo la medicina colombiana ha jerarquizado el sufrimiento humano y cómo, finalmente, esa jerarquía empieza a tambalearse.

El embudo y sus víctimas

El sistema de residencias médicas en Colombia, y particularmente en Antioquia, funciona como un embudo estrecho e implacable. Las universidades —la Universidad de Antioquia, la Pontificia Universidad Bolivariana, el CES— ofrecen un número minúsculo de cupos frente a una demanda que crece año tras año. Especialidades como cirugía plástica, dermatología, neurocirugía, oftalmología o anestesiología funcionan bajo lógicas de competencia que rozan lo absurdo: dos o tres cupos por cohorte, exámenes que evalúan minucias de la fisiología, hojas de vida que exigen publicaciones, rotaciones internacionales, recomendaciones de profesores influyentes y, no pocas veces, capital social que el médico promedio no posee. El resultado es predecible. Cada año, cientos de médicos generales brillantes, vocacionalmente decididos a operar manos o reconstruir rostros, quedan por fuera. Y entonces se enfrentan a una pregunta amarga: ¿qué hago ahora?

La respuesta, durante décadas, fue una especie de cascada descendente. Quien no entraba a cirugía plástica intentaba cirugía general. Quien no entraba a cirugía general intentaba medicina interna. Quien no entraba a medicina interna intentaba pediatría. Y al final de esa cascada, recogiendo a los que ya habían perdido dos, tres, cuatro convocatorias, estaban medicina familiar y psiquiatría. Especialidades con menor presión de ingreso, con cupos que a veces ni siquiera se llenaban, dispuestas a recibir al médico exhausto que necesitaba, por dignidad personal y por presión familiar, asegurar una especialidad. Cualquier especialidad.

La herida del prestigio

Esta dinámica produjo una herida silenciosa en la psiquiatría antioqueña. Generaciones enteras de psiquiatras llegaron a la especialidad no por amor a la mente humana, no por fascinación con la psicofarmacología o el inconsciente, sino por agotamiento. Llegaron derrotados, resignados, con la sensación íntima de estar ejerciendo una medicina de segunda categoría. Y esa sensación, queramos o no, contaminó el ejercicio. Contaminó las consultas apuradas, las prescripciones automatizadas, el desinterés por la psicoterapia, la confianza ciega en el recetario como única herramienta. Contaminó también la percepción que el resto del gremio tenía de los psiquiatras: el internista miraba con cierta condescendencia al colega que "solo formulaba pastillas", el cirujano hacía bromas sobre quien "no había podido con la sangre", y el paciente, finalmente, recibía un servicio marcado por esa cadena de subestimaciones.

Lo más doloroso es que esta jerarquía interna replicaba, dentro de la propia medicina, el estigma social que pesa sobre la enfermedad mental. Si la depresión y la psicosis eran enfermedades de segunda, sus médicos también lo eran. Si el sufrimiento psíquico no se veía en una tomografía, no era tan real como un tumor. La psiquiatría cargaba con el estigma de sus propios pacientes, y los pacientes cargaban con el estigma de unos médicos que muchas veces ni siquiera querían estar ahí.

El giro pandémico

Entonces llegó la pandemia, y con ella un terremoto silencioso que nadie supo nombrar al principio. El encierro, la incertidumbre económica, las muertes anónimas, el duelo no procesado, la soledad extendida durante meses, produjeron una explosión de sufrimiento psíquico que el sistema de salud no estaba preparado para atender. Las consultas de psiquiatría se desbordaron. Los servicios de urgencias empezaron a recibir más intentos de suicidio que infartos. Adolescentes que jamás habían pisado un consultorio psiquiátrico llegaban en crisis, con cortes en los brazos y diagnósticos que sus padres no querían pronunciar. La salud mental dejó de ser un asunto privado, susurrado, escondido, y se convirtió en una conversación pública, mediática, urgente.

Y algo cambió en la mirada de los estudiantes de medicina. Los internos que rotaron por psiquiatría durante esos años vieron algo distinto a lo que les habían contado. Vieron que ahí, en esa especialidad presuntamente menor, se jugaba una parte enorme del bienestar de la sociedad. Vieron que las neurociencias estaban viviendo una revolución silenciosa: nuevos hallazgos sobre la neuroplasticidad, sobre la influencia del microbioma intestinal en el ánimo, sobre los circuitos cerebrales de la adicción, sobre el potencial terapéutico de sustancias antes prohibidas como la psilocibina, la ketamina o el MDMA. Vieron que la psicofarmacología, lejos de ser un recetario aburrido, era un campo en plena ebullición, con moléculas nuevas, mecanismos refinados, abordajes cada vez más personalizados. Y vieron, sobre todo, que el sufrimiento humano que llegaba a esos consultorios era de una densidad y una complejidad que no se encontraba en ninguna otra especialidad.

La nueva generación

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Las cohortes recientes de aspirantes a psiquiatría en Medellín tienen un perfil distinto. Ya no son, en su mayoría, los rechazados de otras especialidades. Son médicos jóvenes que aplicaron a psiquiatría como primera y única opción, que prepararon su entrada durante años, que leyeron a Kandel y a Kahneman y a Nemeroff antes de pisar la entrevista, que llegan con proyectos de investigación en neuroimagen funcional, en trauma complejo, en psiquiatría perinatal, en adicciones. Llegan con vocación, no con resignación. Y eso está cambiando, poco a poco, el rostro de la especialidad.

Los cupos en psiquiatría siguen siendo limitados, pero ahora la competencia por entrar es real. Los puntajes de corte han subido. Los entrevistadores notan una diferencia generacional palpable: aspirantes que hablan de la mente con la misma pasión con la que un futuro cirujano cardiovascular habla del corazón. Y esa pasión, multiplicada por cohortes sucesivas, está empezando a producir psiquiatras distintos. Psiquiatras que hacen psicoterapia y formulación dinámica, que se forman en abordajes basados en evidencia, que dedican el tiempo necesario a la entrevista clínica, que entienden la dimensión social y comunitaria del sufrimiento, que no se conforman con la receta de quince minutos.

Lo que queda por hacer

Sería ingenuo, sin embargo, declarar la victoria. La transformación está en curso, pero es frágil. El sistema de salud colombiano sigue maltratando la psiquiatría con tarifas miserables que empujan al psiquiatra a la consulta exprés. Las EPS siguen tratando la salud mental como un gasto incómodo, no como una inversión. Las universidades siguen formando residentes con currículos demasiado centrados en el psicofármaco y poco en la entrevista, la psicoterapia y los determinantes sociales del sufrimiento. Y dentro del propio gremio médico persisten los chistes condescendientes, las miradas oblicuas, la sensación de que el psiquiatra es un médico raro, casi un infiltrado de las humanidades en el reino positivista de la medicina.

Pero algo se mueve. Y se mueve en una dirección que vale la pena celebrar. La psiquiatría en Medellín está dejando de ser el último vagón del tren para convertirse en una de sus locomotoras. Está dejando de ser el destino de los derrotados para convertirse en la vocación de los lúcidos. Y ese cambio, aunque tarde, aunque incompleto, es una de las noticias más esperanzadoras que la medicina antioqueña ha producido en décadas. Porque al final, una sociedad que valora a sus psiquiatras es una sociedad que ha empezado, por fin, a tomarse en serio el sufrimiento de sus miembros. Y esa es una conversación que apenas estamos comenzando a tener.

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