La valiosa profesión docente

En medio de la cuarentena ha resurgido la apreciación por los profesores, quienes ponen todo su esfuerzo para lograr llegar a sus alumnos y enseñarles

Por: Jesús Alberto Camacho
mayo 05, 2020
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La valiosa profesión docente
Foto: PxFuel

"Ya llegan… Y yo no estoy preparado. ¿Cómo iba a estarlo? Soy un profesor nuevo, y estoy aprendiendo con la práctica" (Frank McCourt, El Profesor). 

Esta es nuestra primera vez. Toda la sociedad pasando por inexperta, nuestros estudiantes se agarran de sus familias y nuestras directivas tambalean un poco. Todos vamos aprendiendo.

En el año 1979, los profesores de Colombia conquistarían el estatuto docente, que, entre otras, logró colocar en igualdad de condiciones a profesores de primaria y secundaria, posibilitando, como señala el profesor José Fernando Ocampo en su libro La educación colombiana, la igualdad en dignidad y salario de los maestros de primaria con los de bachillerato, la cualificación académica de los maestros con el escalafón, y el fin del abuso de autoridad, del acoso sexual y laboral, de la politiquería y del chantaje a través del régimen disciplinario.

Hoy debemos acudir a una facultad o un instituto de educación para formarnos como docentes —a este período le debo los mejores años de mi vida—, y quienes son profesionales, no licenciados, deben hacer un curso para validar la enseñanza. Aunque aprendimos una profesión, nunca nos imaginamos enmarcados en extensas jornadas laborales, que reglamenta el Ministerio de Educación Nacional en 30 horas semanales, y que en la práctica se extienden entre 10 y 20 horas. Ser profesor es un trabajo, muchas veces percibido románticamente, pero a larga una labor donde debes planear, ejecutar y rendir cuentas de lo realizado.

No es una queja, es que no solo fuimos educados para eso. Fuimos formados para formar, evaluar los aprendizajes que enseñamos, buscar estrategias, desarrollar didácticas que permitan hacer aproximaciones a los conceptos, hacer investigación y elevar el pensamiento crítico en nuestros estudiantes. Fuimos formados para educar. El tinte empresarial, las normas de calidad y la burocracia sobrepasan estos principios. Se transforman las prácticas que deberían ser amenas en el entorno en prácticas que deben ser medibles y evaluables en el tiempo. La pasión se convierte en deber y, por tanto, la jornada en cumplimiento.

Esta cuarenta es una experiencia que nos brinda la posibilidad de encontrarnos con el romanticismo docente, para poner a cabalidad, en práctica, esos principios en los que nos formamos. El docente que disfruta con pasión lo que hace, que comparte su conocimiento, adaptando experiencias a la nueva jornada, que ya no es de 40 sino de 50 o 60 horas por semana. Estamos dándolo todo para menguar la ansiedad de los estudiantes, padeciendo sus dificultades. Los esperamos para que vayan a la casa de sus vecinos cuando tienen problemas de conexión, trabajamos en horarios desordenados porque hay estudiantes con un computador compartido con otros que hacen teletrabajo o que también lo necesitan para estudiar, y otros que ni siquiera tienen cómo conectarse. Además, están los profesores youtubers que tardan todo un día en grabar un video, los que sacan copias y se van a los barrios o a remotas veredas para entregar los talleres a sus estudiantes, los que acuden a las redes sociales y así todo el tiempo buscan la manera de llegar a la mayoría de los estudiantes y desplegar nuestra vocación.

A pesar de las frustraciones que generan los decálogos de los familiares, siempre hay tiempo para sonreír y para pedir la opinión de un colega. Lo hacemos no para cumplir con las tareas administrativas sino para buscar que estas niñas, niños o jóvenes adquieran nuevos conocimientos y por supuesto aprehendan el hábito de estudiar, desde sus hogares, para la vida.

La cuarentena resiente particularmente a los estudiantes que se atiborraban en los edificios de los colegios a conversar con sus compañeros, a hacer amigos, a conocerse; mientras, nosotros, sus profesores, estábamos para darles fórmulas indigeribles para algo que no querían hacer o para decirles: no hagas esto, evita aquello, quiero conocer tu opinión, qué tal si haces esto y pilas con lo otro.

Hoy los estudiantes responden. Quienes tenemos la posibilidad de usar recursos tecnológicos notamos la gran respuesta y participación. Nuestros estudiantes disfrutan, unos se uniforman, otros se despiertan a tiempo, otros almuerzan mientras están en clase. Si es posible, las clases inician antes porque aprovechan las plataformas virtuales para fraternizar. Esos cinco minutos son para ellos poesía, aprovechan para preguntarle al otro cómo va su vida, organizan partidas de videojuegos y encuentros después de las clases. Una vez el profesor entra a la sala virtual y dice “hola, chicos”, los micrófonos se apagan y la atención se apodera del espacio. Y no se ha terminado la clase cuando varios ya están enviando el trabajo. Al final, se escucha y se lee una cascada de “gracias” y “chaos” que alimentan las ganas de volver. Si no es posible, los plazos se alargan, entonces actividades que se pueden realizar en uno o dos días deben prolongarse por diez o quince días para que los estudiantes de los rincones más alejados del país o con mayores dificultades sociales puedan resolver la forma de acceder a la información. A pesar de esto, su ansiedad se transforma, su energía se canaliza y piden más.

Las familias también aprenden, ahora son ellas docentes empíricas durante la jornada escolar y nosotros los acompañamos este proceso. Se frustran porque no saben cómo ayudar a sus muchachos, se comunican permanentemente y cuando no saben qué hacer envían correos de desahogo, liberan los fantasmas que los aquejan. Ahora tienen la opción de reconocerse, de acercarse, de brindar apoyo a sus hijos —sus estudiantes—.

Tres recomendaciones.

Sobre la evaluación: omitan la evaluación reducida a la calificación. Hagan lo que hagan, que sea para fortalecer todo lo que aprenden, incluso, aquello que no sea relacionado con el área específica o el propósito de una determinada actividad.

Sobre las clases: no pretendan replicar lo que se hace en el aula de clases. A todos no les sirve el mismo horario, ni la casa ni el colegio son una guardería, pero debemos hacer nuestro mejor esfuerzo por transformar esto que hoy nos tocó en una oportunidad para nuestros jóvenes.

Para los adultos: enfoquémonos en que las niñas, niños y adolescentes no son seres humanos de menor categoría, correspondamos su racionalidad. No descarguemos nuestras frustraciones en ellos. Esta cuarentena deber ser una oportunidad, no una carga.

Todos estamos aprendiendo, seamos todos docentes.

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