La unión familiar que el coronavirus y el dulce de ñame lograron

Junto a sus abuelos y prima, Laura pasa la cuarentena en Corozal. Aunque muchos se han enfocado en el lado difícil de esta situación, ella ha optado por sacarle provecho

Por: Laura Díaz González *
abril 27, 2020
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La unión familiar que el coronavirus y el dulce de ñame lograron

En la hamaca se encuentra mi abuelo, acostado de forma particular, cortando sus uñas mientras espera las noticas. Los gatos se pasean por el árbol de tamarindo, mientras dejan pelos por doquier. El lugar se siente familiar y el sol se mete a escondidas por la pequeña ventana de madera que está en el patio.

La Semana Santa es algo que dejamos pasar, en cuanto a la religiosidad, pero mi abuela Oti madruga a preparar su famoso dulce de ñame. Ni siquiera me deja ayudar porque piensa que “lo puedo cortar”.

El COVID-19 se viene como una ola gigante hacia nosotros, mi abuela no puede salir personalmente a repartir el dulce de ñame a sus amigas, lo hace un vecino que es mototaxista, de los que se arriesgan a vivir del rebusque diario. Se encuentra limpiando la cocina, mientras me pide el favor de que le prepare comida a las cotorras.

Mezclo un poco de arroz y suero, dejándolo en su totumo, donde comen con una felicidad, agradeciendo con un escándalo monumental. Yo le llamo "la pequeña orquesta de las cotorras".

Me baño, dibujo, escribo o adelanto trabajos. Me asomo al patio, con un gran camisón puesto y con el cabello mojado, mi perro se abalanza y quiere jugar, pero yo debo continuar.

El día pasa mientras mi abuelo sigue ansioso por las noticias, a él le ha afectado más porque es un poco hipocondriaco y el caos que se ha creado lo tiene alterado, suministrándose de mucha comida y regañándome por falsas noticias que le envían por WhatsApp.

Mi tía Eliana viaja de Sincelejo a Corozal con el respectivo permiso a visitarnos en esta época y a traernos el mercado. Madrugamos a hacer el aseo y su esposo ayuda a mi abuela en la cocina. El ambiente es agradable y el olor invade la casa mientras arreglamos la mesa para poder almorzar todos juntos.

El barrio se encuentra solitario, las motos pasan rápido con domicilios para entregar. Algunas personas se toman el día y piden su almuerzo. El sonido de las aletas del ventilador se escucha fuerte mientras reposamos por lo llenos que quedamos.

Mi abuela recoge los platos y lanza una pregunta: "¿Quién será la que me ayudará a lavarlos?". Mi prima y yo corremos y nos tropezamos llegando al cuarto, tumbándonos en la cama y riéndonos hasta que la panza nos duele.

La cuarentena no la he pasado sola, mi prima Isabella me acompaña. Ella hace que todo sea más divertido: la maquillo, hacemos karaoke y cualquier otra actividad que se nos ocurra. Bañamos a nuestro perro Dobby mientras salpica todo a nuestro alrededor, es muy inquieto.

Trasnochamos o dormimos demasiado, el aire acondicionado nos congela los pies y los gatos que juegan en el techo de noche nos causan un poco de miedo. Pierdo la noción del tiempo e ignoro la triste realidad.

El jueves me levanto sabiendo que la Semana Santa ha terminado y que el dulce de ñame se ha congelado en la nevera sin que lo pudiese probar. Sin embargo, este sirvió para que en medio de la pandemia del coronavirus nos volviéramos a reunir en familia, “como en los tiempos viejos”, le escucho decir ahora a mi abuela.

* Estudiante de tercer semestre de Comunicación Social de la Universidad del Sinú Elías Bechara Zainúm de Montería. Editor: Ramiro Guzmán Arteaga

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