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La última entrevista del premio Nobel Naguib Mahfuz

Quedó ciego, sordo y casi no podía hablar pero sus pensamientos fueron los más respetados en Egipto por ser el único Nobel en lengua árabe.

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Septiembre 20, 2013
La última entrevista del premio Nobel Naguib Mahfuz

Naguib Mahfuz no puede vernos. Ni oirnos. Al llegar al comedor de su piso en El Cairo, nos recibe en bata y zapatillas, y le apretamos la mano fuertemente, durante un buen tiempo, para que adivine el afecto y la admiración que despierta en nosotros. Mientras nos invita a sentarnos en el sofá, su mujer –ataviada a la oriental, con un pañuelo azul en la cabeza- nos sirve té y repostería variada. Encomendamos el desarrollo de la entrevista a uno de sus mejores amigos, el también escritor Mohamed Salmawy, que le traducirá al árabe nuestras preguntas, gritándoselas a veinte centímetros de la oreja, a un altísimo volumen. La escena, que se repetirá a lo largo de varios días –Mahfuz, nacido en 1911, se cansa de hablar-, desprende, contra lo que pudiera parecer, una aureola de dignidad. El termómetro marca 37 grados, y estamos en el Cairo. El bullicioso Cairo de Naguib Mahfuz.

Los días del premio Nobel de literatura de 1988 se parecen uno a otro. Acaban siempre con una pastilla (“la necesito para dormir”). Por la mañana, se levanta muy temprano, y lo primero que hace es concentrarse: “Intento memorizar lo que he soñado, tal vez escriba sobre ello”. Después de desayunar, recibe a su amigo, el señor Sabry, que le lee la prensa del día y algunos libros. Más que leerle, el señor Sabry le grita al oído, como el señor Salmawy durante nuestra entrevista. Más tarde, una vez ha comido, Mahfuz sale de tertulia, a charlar con sus amigos, un grupo diferente de amigos cada día (aunque alguno de ellos repite turno), en diferentes cafés, bares y hoteles de la ciudad, hasta las diez de la noche. Nada recluye a Mahfuz, que va a cumplir 95 años, es ciego, casi sordo y no puede hablar demasiado tiempo seguido. Sus actividades habituales incluyen sesiones de fisioterapia tres veces por semana.

¿Cómo sería la vida de Naguib Mahfuz sin la puñalada que recibió la tarde del 14 de octubre de 1994? Aquel día, el escritor, tras salir de su casa, fue atacado por un integrista religioso, que consiguió clavarle un cuchillo en el cuello. Salvó su vida porque el amigo que le acompañaba en aquel momento era médico y porque el atentado se produjo al lado de un hospital. Desde entonces, le acompañan las secuelas de aquel ataque. Por ejemplo, su mano derecha quedó paralizada. “Tuvo que aprender de nuevo a coger el lápiz –nos cuenta Mohamed Salmawy-, como si fuera un niño, ¡él, que había recibido el mayor premio literario del mundo! Y lo hizo sin quejarse. Consiguió al final, tras mucho ejercicio, poder escribir media hora al día, aunque nunca más aquella letra clara de antes”. Mahfuz nos muestra, trabajosamente, su caligrafía actual, que le permite escribir alguna frase corta o firmar un libro. Parece la letra de un niño.

Por las mañanas, recorremos los callejones, mercados y cafés tradicionales descritos en las obras de Mahfuz (“no hace falta que vayan a este –nos advierte-, ahora es un restaurante moderno”). Por las tardes, le acompañamos a sus legendarias tertulias cairotas. Hoy es domingo y estamos esperándole en la puerta de su casa, en el mismo lugar donde lo apuñalaron. Hay un gran despliegue policial. Tres agentes en la calle, otro en una garita de seguridad, un “falso taxi” que lo va a trasladar a un hotel y, nos dicen, varios miembros de la “secreta” dando vueltas por el barrio (sospechamos de un repartidor de pizzas que aparece una y otra vez con el mismo cargamento bajo el brazo). Cuando Mahfuz aparece, del brazo de su amigo Fatehy Hashem, el médico que le salvó la vida en 1994, percibimos el simbolismo de ese paseo diario, como si el lento andar del escritor nos dijera: “¿Lo ven? El terror no ha podido conmigo, sigo yendo de tertulia”.

Lo único que el atentado cambió son los lugares de esas reuniones, por motivos de seguridad. El casino Opera, el café Riche, el Ali Baba, el Qasr al-Nil… tuvieron que ser sustituidos por lugares más seguros. Hoy toca en el bar Napoleón, en un piso del lujoso hotel Shepheard. Mahfuz y el doctor Hashem llegan primero y se sientan a esperar. El único Nobel en lengua árabe nos cuenta: “He tenido que reducir mi ritmo de cigarrillos. En vez de fumarme tres al día… he pasado a dos”, dice sonriendo como un pillo.

Trilogía de El Cairo, integrada por las novelas ‘Entre dos palacios’, ‘Palacio del deseo’ y ‘La azucarera’ fueron las obras que lo dieron a conocer en todo el planeta.

Trilogía de El Cairo, integrada por las novelas ‘Entre dos palacios’, ‘Palacio del deseo’ y ‘La azucarera’ fueron las obras que lo dieron a conocer en todo el planeta.

Van llegando contertulios. Hoy, asisten al encuentro una periodista irlandesa, además del director de cine Essam Deraz -que ha rodado un documental sobre el escritor-, el ingeniero Mohamed el-Kafrawy, un redactor de la revista “Juventud”… Todos se van turnando para presentarse a gritos a Mahfuz, quien asiente, sonríe o entabla una conversación, según los casos. La mayor parte del tiempo, sin embargo, permanecerá quieto, sumido en su oscuridad, mientras los demás hablan. Parece feliz, como si le bastara saber que está rodeado de amigos.

El cineasta Deraz le ha repetido hasta cinco veces quién es, pero su suave voz no consigue traspasar el oído de Mahfuz. Mucho mejor, para ello, la gravedad del timbre del ingeniero Kafrawy, que le ha traído una docena de recortes de periódicos de la última semana “para que comentemos la jugada, Naguib”. Así, Mahfuz y Kafrawy hablan de los resultados del Mundial de fútbol, del papel de Gerry Adams en el proceso de paz de Irlanda, de la lucha entre Hamas y Al Fatah en Palestina o del auge de fanáticos religiosos dentro del país. Entre sodas y tazas de té (nadie toma alcohol), transcurre la tarde, convertida en una celebración de la amistad.

“Es cierto –nos dirá Mahfuz, al día siguiente, en el salón de su casa-, la amistad, en esta etapa de mi vida, es lo más importante. De ella saco el apoyo y la fuerza necesarios para vivir, un día tras otro. Ahora ya no puedo leer ni escribir, pero mis amigos son mis ojos, mis orejas y mi pluma. Sin ellos, estos hubieran sido los años más miserables de mi vida. Mis carencias me aíslan del mundo, así que tengo que preguntarles qué cosas nuevas suceden en el campo de los libros, la música o el arte. El poquito de conocimiento que extraigo de eso es muy importante para mi bienestar, tanto mental como físico”.

El bloque de pisos, junto al Nilo, en el que vive Mahfuz (la casa que ya tenía antes del premio Nobel) no resulta nada ostentoso, y la zona se parece a cualquier barrio de clase media española, aunque la fachada de cemento está sucia, y los mugrientos aparatos de aire acondicionado parecen una amenaza para el viandante. El interior de la vivienda, sin embargo, denota que su morador es alguien distinguido: una ornamentación elegante, jarrones con flores, tapices en las paredes, diversas piezas de artesanía…

¿Cómo escribe ahora Mahfuz? “Pienso una historia, la memorizo y la dicto”. Está  trabajando en sus “sueños de convalecencia”, textos que intentan capturar sus experiencias oníricas. “Es apropiado para mi estado de salud –comenta-, los sueños proceden del interior de las personas, no es necesario ver ni oír para captarlos en su plenitud. Es lo que puedo hacer ahora. No necesito vivir otras experiencias, porque ya estoy viviendo una interna. Tengo un sueño, lo vivo como algo real y, luego, lo transformo en algo parecido a una novela, algo completo y que tenga significado”.

Esa es la razón de que los últimos libros del autor sean la suma de textos muy breves, a menudo de una página, o incluso menos. “Destilo cada frase y cada idea hasta encontrar su esencia. Algunos críticos lo han comparado con los ‘haikus’, pero los que escriben esos poemas japoneses son libres para escoger la forma que prefieran. En mi caso, la necesidad me ha obligado a ser breve. Solamente puedo escribir historias cortas, condensadas, no puedo hacerlo durante más de media hora, me canso, aunque pueda pasarme días dándole vueltas a la cabeza”. A pesar de la humildad con que habla de sus obras actuales, algunos críticos han escrito que, con sus piezas breves, Mahfuz inventa un nuevo género literario.

¿Qué queda –le preguntamos- de su temprana fascinación por los faraones? “Aquella gran civilización –responde- no es sólo un reclamo turístico o algo del pasado, sino que ha dejado huella en los egipcios de hoy: en su lenguaje cotidiano, en sus costumbres diarias y en sus tradiciones, así como en su inclinación a la religión y en su conciencia de la muerte”.

Uno de los temas clave en sus obras es el proceso de modernización de la sociedad, y el interés del hombre de la calle por el pensamiento moderno y las ideas europeas. “Sí –admite-, la modernización es un proceso natural, las civilizaciones se desarrollan gradualmente y la interacción entre ellas es imprescindible. No se puede ignorar a otra civilización porque todas contienen algo humano. El egipcio es abierto por naturaleza. Su ubicación geográfica, entre los tres continentes más antiguos del mundo, ha permitido una continua interacción con las otras culturas. La naturaleza del egipcio es tolerante, pues es protagonista de una civilización que nunca cerró sus puertas a las otras que pasaron por sus tierras a lo largo de la historia”.

Su amigo Salmawy, dramaturgo, periodista y presidente de la asociación de escritores, es el artífice de que Mahfuz publique cada semana una columna de opinión en la prensa. “Le vengo a ver cada sábado –explica Salmawy-, le propongo un tema y mantenemos un diálogo, en ocasiones le hago preguntas y en otras no hace falta, porque ya se le ha ocurrido todo a él”.

El 19 de julio de 2006, a la edad de 94 años, ingresó en un hospital de El Cairo para aplicarle cinco puntos de sutura en la cabeza, después de resultar lesionado al tropezar con una alfombra en su casa, pero algo sucedió y su salud se complicó hasta llevarlo a la muerte.

El 19 de julio de 2006, a la edad de 94 años, ingresó en un hospital de El Cairo para aplicarle cinco puntos de sutura en la cabeza, después de resultar lesionado al tropezar con una alfombra en su casa, pero algo sucedió y su salud se complicó hasta llevarlo a la muerte.

El pasado mes de abril, hubo un atentado mortal contra turistas en la península del Sinaí, que ha reforzado la sensación creciente de que el peligro del islamismo ha sustituido a la amenaza comunista. “¡¿Cómo puede ser que algunos de ustedes crean que el islam es una amenaza!? –se escandaliza Mahfuz-. No es correcto llamar ‘islámico’ a este terrorismo, al igual que a los violentos de Occidente no los llamamos ‘cristianos’. La verdadera religión constituye el fin último del hombre, pero hay quien la interpreta de una forma desviada para alcanzar sus propios objetivos. Estos atentados son fruto de terroristas, que quieren dañar el turismo y la economía de Egipto. Pero no lo van a conseguir, porque los turistas siguen viniendo, como si ya se hubieran acostumbrado”. Sobre las causas de la violencia, se muestra cauto porque “la injusticia social o política no justifican el terrorismo, aunque en realidad son factores importantes en el origen del fenómeno. Occidente también es, hasta cierto punto, responsable. Es algo que me preocupa, pero creo que pasará. Hay que dejar que los egipcios solucionen sus propios problemas: a medida que haya una mayor justicia e igualdad en el país, el integrismo se convertirá en algo muy débil”.

Sobre las caricaturas danesas que representaban al profeta Mahoma y que ocasionaron un alud de protestas en todo el mundo islámico, opina que “ha sido un atrevimiento contra el islam, aunque quizás sin mala intención. Los ciudadanos de Occidente disfrutan de la libertad de expresión y así, utilizando esa libertad, es como se han referido a Mahoma, el más importante símbolo de los musulmanes. Ellos piensan que es un tema menor, algo que se puede superar con facilidad pero, en realidad, nos han herido y han provocado nuestra ira. Aun así, las reacciones de protesta han superado todos los límites de la exageración. Pero el ejercicio de la libertad de expresión no es, por sí mismo, suficiente: se necesita sabiduría e inteligencia y sopesar las posibles reacciones”.

Hablamos de su novela “Hijos de nuestro barrio”, que fue impresa en Beirut y que nunca se ha publicado en Egipto al ser condenada por Al Azhar, la máxima autoridad de los musulmanes. En diversos medios de comunicación, hemos leído que Mahfuz se ha aproximado a las autoridades religiosas para conseguir finalmente que el libro se edite en su país. “En absoluto –desmiente-. Nunca he mantenido contactos con Al Azhar. Lo que ha ocurrido es lo siguiente: en 1959, el responsable de la censura me dijo que la novela no podía ser impresa en Egipto, para evitar así las quejas de Al Azhar. Pero también me dijo que cualquier casa editorial en el extranjero me la aceptaría y que él no permitiría que se publicara ninguna crítica negativa en la prensa egipcia. Eso fue lo que ocurrió. Recientemente, al volverse a plantear la cuestión de la publicación en Egipto, yo dije que, para conseguirlo, debía obtenerse la aprobación de Al Azhar. Pero no mantengo contactos con ellos, creo que ningún escritor debe de pedir permiso a ninguna autoridad para publicar sus obras”. Por otra parte, “sé que la obra no es blasfema, no me considero un ‘infiel’ y, en su día, estaba dispuesto a defender el libro ante un comité religioso que tenía que venir a mi casa, pero jamás se presentaron. Es un libro que, irónicamente, culmina con un triunfo de la fe. Creo que un juez justo autorizaría la novela, pero ahora me siento demasiado cansado para defenderme”.

Fue “Hijos de nuestro barrio”, precisamente, la novela que justificó el atentado de 1994. “No sé qué debería estar pensando el agresor, seguramente sus emires le hicieron creer que aquel libro humillaba el Islam. Simplemente, obedecía. En sus declaraciones a las autoridades, aseguró no haber leído siquiera la novela”.

-¿Qué recuerda del atentado?

-No lo recuerdo. Si pudiera ver la cara del joven que me atacó, si pudiera recordarme extendiendo mi mano hacia él, para estrechársela, creyendo que era un admirador (me han dicho que eso es lo que hice), aquello tal vez me traumatizaría. Sólo me acuerdo de que llegué a sentarme en el coche y nada más. Es una bendición divina poder desarrollar una amnesia selectiva sobre los detalles desagradables.

En España, su editorial, Martínez Roca, acaba de publicar “Diálogos del atardecer”, libro de aforismos y alegorías que la sudafricana Nadine Gordimer ha considerado más valioso que una autobiografía, porque es la manera de conocerle por dentro.

Literariamente, Mahfuz ha puesto a la lengua árabe en el mapa internacional, con sus más de 40 novelas, más de 350 relatos y cinco obras de teatro; de hecho, ha sido sólo a partir de él cuando los críticos occidentales han aceptado sin discusión la existencia de una novela árabe, del mismo modo en que existe una rusa u otra francesa. Antes de Mahfuz, solamente existía una lengua literaria, arcaica, y el dialecto coloquial; él ha hallado la denominada “tercera lengua”. Humilde por naturaleza, su amigo Kafrawy nos explica una anécdota: “Un día de 1988, antes del Nobel, estábamos así reunidos, como ahora, y hablábamos de Hemingway y Faulkner. Él se consideraba muy inferior a ellos. Yo me enfadé y le dije: ‘¡Señor Mahfuz! ¡Nosotros hemos heredado también, en la lengua árabe, toda esa tradición! ¡Usted no es inferior a ellos, debe respetarse más!”. Se calló… ¡y, dos semanas después, le dieron el premio Nobel! Me alegré mucho porque, en nuestro mismo grupo, había gente que le desmerecía, que no valoraban su trabajo, y esas actitudes cambiaron”. A Mahfuz le parece, todavía hoy, que hay otros escritores árabes que se merecen el premio: “De la antigua generación, Taha Hussein, Abbas Mahmud Al Aqqad, Ahmed Hussein Heikal y Tafwik Al Hakim. También tenemos a Gamal Al Ghitani, entre la nueva generación. Además, el poeta palestino Mahmud Darwish y el poeta sirio Adonis… y otros cuyos nombres no recuerdo o conozco, dado que llevo años sin poder leer y me he perdido a la novísima generación”.

¿Piensa en la muerte?, le preguntamos, un día, antes de despedirnos. Y, tras un larguísimo silencio, nos responde: “La verdad es que me estoy acostumbrando a ella, me he situado tan cerca suyo que a veces consigo verle la cara, y ya no es una extraña para mí”.

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