La triste estandarización de los parques

Durante mucho tiempo estos espacios fueron relegados. Sin embargo, con la pandemia han visto un resurgir que ha puesto en evidencia sus falencias y oportunidades

Por: cesar arturo castillo parra
octubre 13, 2020
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La triste estandarización de los parques
Foto: IDRD

Parece que la pandemia a muchos les va a cambiar en algo la vida, porque después de tantos días de encierro y de no poder ir a los centros comerciales o al campo se vieron obligados a mirar con nuevos ojos al parque del barrio, pues había que romper con la rutina y tratar de luchar contra el estrés que nos producían los medios de comunicación con su sensacionalismo alrededor del coronavirus. En un principio fue la urgencia de sacar a la mascota, pero luego cada vez más personas buscaron el parque para tratar de socializar, aunque fuera por un instante con los vecinos.

Por muchos años los parques de barrio han sido lugares olvidados que solo sirven de letrina para los perros o los taxistas y el lugar de consumo de alucinógenos de los jóvenes extraviados. En consecuencia, ahora cuando los necesitamos, resulta que son espacios que no inspiran confianza para las familias ni son atractivos porque cada cual cree que puede hacer en ellos lo que se les da la gana. O los alcaldes suelen estandarizarlos llenándolos de concreto o de luminarias como si de esa forma fueran a ahuyentar a los hampones que atacan a pleno sol.

La estandarización es una expresión de la pobreza imaginativa de nuestros gobernantes y de la incapacidad organizativa de un pueblo acostumbrado a ser gobernado como masa sumisa. De acuerdo con diccionarios, como el de la Real Academia de la Lengua, estandarizar significa ajustar o nivelar algo o alguien a un patrón común, norma o modelo. En manos de los capitalistas la estandarización o igualación de los procesos, sujetos u objetos con que trabajan ha sido una estrategia muy exitosa porque les ha permitido la maximización de la ganancia y la conservación del poder. No en vano es que ahora con mucha naturalidad hablamos de producción en masa, consumo masivo, sociedad de masas y de homogeneización social a través de los discursos estandarizados (modas) que irradian los medios masivos de comunicación.

En el campo de la educación con la virtualidad, la estandarización o la no consideración de la especificidad de los sujetos están teniendo unas consecuencias tan drásticas que están generando síntomas de egoísmo, falta de empatía y deshumanización. Pérez Martínez, en su artículo Estandarización, una amenaza para la educación, decía: “Con los niños hay que tener cuidado, los docentes y los colegios deben evitar la estandarización y evaluación en masa al interior del aula, mediante la cual se reproduce en los salones escolares evaluaciones despersonalizadas y sin ninguna contribución al proceso educativo, dejando de lado el hecho irrefutable de que todos los estudiantes son distintos y ellos no aprenden a la misma velocidad” .

Es obvio que para los funcionarios públicos es más fácil administrar las zonas verdes con políticas estándar porque les permite conservar el puesto, les ahorra trabajo imaginativo y recursos económicos. Y como al gobernante lo que le interesa es mostrar estadísticas, lo que busca es mostrar que hacen algo con nuestros impuestos. Sin embargo, cuando se manejan y diseñan los espacios verdes bajo unos mismos principios, como si todos fueran iguales, desconociendo las especificidades de cada uno de los entornos socio-biológicos, los efectos pueden ser desastrosos para el suelo, las plantas, los animales e incluso para las personas. Así, por ejemplo, frente al mantenimiento, debe considerarse que las plantas a ubicar en áreas de alta pendiente no pueden ser las mismas ni podadas de igual manera que las de zonas planas porque hay que tener en cuenta los procesos de erosión, el nivel freático y las condiciones de meteorológicas a lo largo del año. Además, no es lo mismo sostener un parque o un jardín donde existe una alta cohesión social con población adulta que cuidar áreas verdes en barrios de fundación reciente con mayor presencia de jóvenes matrimonios y niños.

La estandarización en el diseño de las zonas verdes hace posible que las administraciones locales compren a bajo costo, por ejemplo, los mismos juegos infantiles de toboganes y columpios por décadas para todos los parques, pero al no pensar en las necesidades específicas o gustos de cada comunidad introducen una monotonía en las ciudades que termina por hacer que las personas no los utilicen y con ello se genera, en últimas, la pérdida de los recursos invertidos. Alguien decía que visitar parques estandarizados, era como obligar a los niños a ver la misma película una y otra vez. Como una alternativa a esa tendencia, en algunas ciudades se vienen haciendo experimentos para propiciar diseños creativos, que permiten integrar más a los chicos y grandes con los espacios públicos; unos apelando a las corrientes de la moda tecnodigital con pantallas gigantes de video para convocar o entretener a los adultos como se ha hecho en Montreal, o Melbourne y otros como los realizados en ciudad de México, diseñando grandes “juguetes urbanos”, de acuerdo con los requerimientos de sus entornos sociales.

En Colombia, por desgracia, nuestros mandatarios locales, carentes de imaginación lo único que hacen con nuestros parques es llenarlos de superficies impermeables que destruyen la vida del suelo y lo hacen así porque lo que les interesa es asignar contratos de obras que en últimas les sirven para conseguir la financiación de sus campañas electorales. Pero lo peor es que sobre esas superficies de asfalto y concreto lo que hacen los alcaldes, incluso a solicitud de la masa que se deja llevar por el espíritu gregario, es utilizarlas para plantar “estaciones saludables”, que son máquinas que solo sirven para que las personas actúen como individualistas autómatas repitiendo los mismos ejercicios estandarizados que los comerciantes y fabricantes promueven a nombre de la salud pública de la república.

Para no caer en esa trampa de los juegos de moda tenemos que recordar que para la formación de los chicos y el deleite incluso de los grandes hay que propiciar el contacto con la naturaleza, las plantas y el agua. Un niño lo que quiere es experimentar, sentarse, hacer ruido, caminar saltar trepar, hacer equilibrio, girar, reptar, hacer fuerza y sobre todo agruparse, jugar con los otros. Por lo tanto, los juegos infantiles o los playgrounds, como se les llama en inglés, tenemos que crearlos para propiciar el desarrollo de las capacidades físicas e intelectuales de los chicos en su interacción incluso con los mayores.

Señor alcalde, si queremos una sociedad mejor es necesario crear los espacios para ello, donde las personas aprendan a compartir con su comunidad, en el juego, en la charla y en el encuentro con la biodiversidad. No es muy difícil crear playgrounds que se ajusten a nuestras necesidades del futuro, solo se necesita que exista una voluntad política para apoyar a los diseñadores para que los puedan crear e implementar (véase). Por supuesto que en todos los parques puede haber elementos de riesgo, pero los padres sobreprotectores pueden dejar a sus chicos en un ánfora de cristal y permitir que los demás disfruten de la vida para que aprendan a sortear el peligro.

Finalmente, digamos que el día en que los alcaldes estén realmente interesados en propiciar el bienestar de sus gobernados y el cuidado de la naturaleza, entonces sus responsables de cuidar o diseñar las zonas verdes deberán empezar por preservar el suelo existente de la expansión del cemento e incluso tendrán que pensar en demoler viejas construcciones para restituir la naturaleza y así lograr que los parques de los barrios sean más amables y permitan una vida digna en ciudades compactas. Y como hay que pensar que los parques deben ser también para los mayores, debemos diseñarlos para que florezca el espíritu colaborativo o la participación ciudadana. Esa sería una vía para construir una democracia real.

Ilustración del autor.

Ilustración del autor.

Ilustración del autor.

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