A 78 años del asesinato de Gaitán, su figura persiste como símbolo de justicia social y esperanza popular, más allá de la muerte y del tiempo histórico

 - La transfiguración de Gaitán: símbolo eterno de las luchas populares

Asistimos a la transfiguración de Gaitán: acabado el drama de la muerte y llevado hasta el fin el viacrucis de quien cargó sobre sus hombros la pesada carga de los oprimidos; terminado el río de sangre que cubrió de luto y de lágrimas los hogares del pueblo, Gaitán se incorpora de nuevo en el espíritu, en el anhelo revolucionario, en la esperanza justiciera de aquellos por quienes vivió, luchó, padeció y murió.

Esta es la inmortalidad que muy pocos hombres conquistan, la que consiste en renunciar a la vida propia para penetrar y participar de la vida, las pasiones y el inextinguible anhelo de los hombres oprimidos de la tierra.

La transfiguración es un medio de resistir la prueba de la muerte, de la desaparición física, incorporándose a la historia del futuro a través de las generaciones presentes. ¿Cómo pueden morir los hombres que forman parte de la historia humana?

La singularidad teórica de Gaitán consiste en que fue leal a su papel en la historia. Toda su vida es una parábola animada por el mismo impulso revolucionario y el mismo horizonte de justicia. Pueden variar las tácticas, las posturas, las maneras de dar el combate, pero se mantiene inquebrantable la unidad de pensamiento, la filosofía social que inspira y orienta todas las luchas.

Mientras los hombres representativos de su generación desertaron de su papel y fueron sobornados por los halagos del mando y la fácil explotación de los mercados electorales, no ocurre lo mismo con Gaitán, que es un ejemplo de voluntad combatiente, incorruptible y tensa, que no cede en su tarea histórica de señalarle al pueblo un camino.

Se equivocan quienes han visto en Gaitán nada más que un caudillo afortunado o un demagogo que arrastra al pueblo, pero no sabe a dónde: 25 años de luchas de Gaitán demuestran que su actividad política no fue sino el desarrollo de “un plan de vida”.

Esta profunda identificación con su época y con su pueblo hacen de Gaitán el “hombre necesario” en el momento de pedir justicia. Valga decir, el hombre necesario es el que crea el instinto de conservación de las sociedades, en los momentos cruciales de la historia, para transformar sus bases y para abrir nuevos cauces en busca de la dignificación de la vida humana. Téngase en cuenta que en la historia no hay estancamiento, sino represamiento; pero en las fuerzas represadas, en las corrientes que se frenan por medio de obstáculos, se genera dialécticamente la dinámica de la revolución.

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¿Quiénes guían esa transformación, en la hora en que las represas saltan hechas pedazos? Sin duda alguna son los “hombres necesarios”: Napoleón surge en su hora, ni más tarde ni más temprano, porque lleva consigo el impulso, la fuerza, el espíritu de la Revolución Francesa, que desborda las estructuras del viejo mundo; observamos también que a su hora surge César; lo mismo Cromwell, en los albores de la república inglesa; lo mismo Simón Bolívar, el más grande esfuerzo hecho por América para darse un Libertador; lo mismo ocurre con José Antonio Galán, que es la síntesis de las sangres oprimidas y vejadas en el suelo de América.

Lo mismo Gaitán. Surgió en la hora de pedir justicia, de revelar el anhelo revolucionario de justicia represado en tantos siglos de historia. Su mística es la del anhelo contenido en el corazón y la garganta del pueblo. Sus raíces no son de ahora, sino que se hunden en las generaciones anteriores. Es el anhelo de los campesinos sin tierra, para quienes el drama consiste en caminar por un suelo que no es suyo. Es el anhelo de los obreros que llenan ese desconocido país de los talleres y las fábricas. Es el anhelo de los artesanos, de las clases medias, de los hombres humildes, que aún no han rescatado la república para construirla a su imagen y semejanza.

La lucha de Gaitán no fue una pasión inútil, ni un acto fortuito y casual. Si apenas hubiese sido esto, tendría un valor episódico y habría pasado su turno en la historia. De ahí que la vigencia de Gaitán no es la de una persona, la de un hombre, la de un caudillo, sino la vigencia de la revolución colombiana, aplazada desde 1781, la época de la Insurrección de los Comuneros y desde 1810, la época de las guerras libertadoras..

Gaitán tenía conciencia de ese papel histórico, de esa extraordinaria función de síntesis dialéctica de un pueblo en varios siglos de reclamo de justicia. Gaitán tenía conciencia de su misión, que no se limitaba a luchas episódicas, a demandas electorales, sino que apuntaba hacia la preparación del pueblo colombiano para las tareas de liberación social y política.

En la voz formidable de Gaitán se sentía el pulso, la emoción, la cólera, la esperanza de las montoneras insurrectas, de los campesinos siempre despojados, de los artesanos heroicos que hicieron la revolución de las Sociedades Democráticas, de toda esa enorme y anónima corriente popular que no ha encontrado un sitio en su propia patria, desde la noche de la Conquista Española. Los hijos de los conquistadores, y los hijos de sus hijos, le han impedido a ese pueblo darse una patria y crearse una república participativa. La república administrada por las oligarquías liberales y conservadoras -en sus turnos de gobierno- no es una república del pueblo y para el pueblo, sino la más inicua negación de los principios republicanos.


Aclaración: Extracto modificado del discurso pronunciado por Antonio García ante la tumba de Gaitán el 10 de abril de 1954.

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