Texto escrito por: Jose Darwin Lenis Mejía
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A raíz de los resultados de las pruebas estandarizadas PISA, no es coherente evaluar la educación solo bajo la lupa de los resultados. La educación posee múltiples dimensiones: psicológicas, físicas, emocionales, sociológicas, tecnológicas, pedagógicas, entre otras, que intervienen en su integralidad. Por lo tanto, los resultados de las pruebas PISA seguirán siendo negativos en las próximas décadas, pues, en general, evalúan competencias comunicativas que los estudiantes de hoy poco ejercitan y desarrollan.
Las competencias comunicativas ya no son solamente analizar críticamente, proponer o descubrir el mensaje no inferencial dentro de un texto, mucho menos «asociar/conectar» e interpretar en una lectura un mensaje contextual para dar razón de las implicaciones políticas, ideológicas o sociales que un texto puede contener. Ahora las competencia digitales y tecnológicas son prioridad del mundo.
La OCDE define por competencia «la capacidad de integrar, aplicar y responder de forma adecuada a demandas complejas, utilizando conocimientos, habilidades, inteligencias y actitudes en situaciones concretas». Un asunto que, para muchos estudiantes en el mundo actual, responde a otras lógicas y nuevas realidades. Por ejemplo, saber buscar información en internet y hacerlo en menor tiempo son habilidades que los jóvenes sí utilizan y saben hacer. Pero escrolear —término que literalmente significa «desplazarse» o «deslizarse» hacia arriba, hacia abajo o hacia los lados por el contenido de una pantalla digital— es una práctica en la que la mayoría son expertos.
El profesor Daniel Cassany, doctor en enseñanza de lenguas y literatura de la Universidad de Barcelona, nos dice que existen nuevas competencias o literacidades, entre ellas las digitales. La literacidad engloba los conocimientos, habilidades, actitudes y valores derivados del uso generalizado, histórico, individual y social del código escrito. En concreto, comprende los usos, aplicaciones, representaciones, hábitos y formas de pensamiento que se utilizan a la hora de escribir y/o leer un texto.
No está bien seguir endilgando los pésimos resultados únicamente a los profesores o exclusivamente al sistema educativo. Hay otros contextos que también inciden: la violencia territorial, el déficit en servicios públicos y la economía familiar.
Claramente, aún hay profesores enseñando y entrenando de manera incansable a millones de niños y jóvenes en competencias en desuso, bajo la sombrilla pedagógica de un sistema internacional empeñado en evaluar para mostrar la inoperancia e ineficiencia de algunos sistemas escolares en ciertas geografías.
Bajo la tesis engañosa de un sistema escolar que obtiene resultados mediocres, se honra seguir esforzándose en una utopía educativa: «enseñemos más para mejorar resultados», sin un contexto amplio y crítico asociado. Así, se valida seguir manteniendo los compromisos económicos y políticos de pertenecer al club de la OCDE.
En Colombia se olvida que miles de niños y familias presentan afectaciones emocionales que, por diversas causas, perturban su normalidad cotidiana. Es más importante para el Estado participar en pilotajes evaluativos que atender la salud mental de profesores, directivos, familias y, por supuesto, estudiantes: una dimensión real, oculta e invisibilizada que debe ser priorizada.
El mundo gira y avanza raudo, sin detenerse. Mientras tanto, seguimos mirando por el espejo retrovisor de unas pruebas que pretenden decirnos cómo está la educación, pero que apenas alcanzan a mostrar una parte de ella. El problema no es evaluar; el problema es creer que una cifra puede explicar la complejidad de un niño, la incertidumbre de un joven, el esfuerzo de una familia o la tarea silenciosa de un maestro.
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