La tarde en la que Julio Mario Santodomingo mató a una culebra escupiéndola

Casi diez años después de su muerte siguen apareciendo historias que alimentan la leyenda del enigmático multimillonario

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junio 02, 2020
La tarde en la que Julio Mario Santodomingo mató a una culebra escupiéndola

A Julio Mario Santo Domingo no le gustaba contratar servidumbre colombiana, le daba miedo que alguno de esos negritos fuera a vender alguna truculenta historia a la prensa, a esa misma prensa que él había comprado. Él, como gran hombre que era, sabía que el poder estaba en los medios. En los sesenta adquirió el Diario del Caribe por puro romanticismo. El Nene Cepeda lo tenía como loco con la idea del Nuevo Periodismo, ¿quién necesitaba ser Faulkner si podías ser Tom Wolfe? Y las crónicas, y las columnas llenas de humor, y artistas pintando caricaturas, y él al frente, trabajando por primera vez a los 40 años, dejando atrás una apasionante vida bohemia donde se acostó con quien quiso, y bebió lo que pudo acompañado de Gabo, el Nene y Fuenmayor, y hasta escribió un cuento notable en donde describía a un grupo de mujeres bailando desnudas alrededor del fuego que salían de sus abrigos de vicuña esparcidos por el suelo. Seguramente él estaba detrás de una cortina viendo, en el fragor de sus 20 años, como las chicas lo adoraban como un dios.

Todo eso quedaba atrás para él. Como Charles Foster Kane, el periodismo le dio la posibilidad de ser un gran hombre, y él la rechazó de plano, abrazando la fortuna que le pronosticaba su padre si era juicioso y obediente.

Pero el solterón tenía mucha templanza y siempre hizo las cosas como él quiso. De noche rumbeaba sin importar donde estuviera. En su paso por la universidad se iba con su compañero Ahmet Ertegün, el egipcio que en el futuro sería el productor de los Rolling Stones, a los bares de negros a escuchar jazz en la Nueva York de los años cincuenta. Miles Davis, Coltrane, Sonny Rollins, eran nada más algunos de los nombres que este par de rumberos veían cada sábado en el Minton ́s. Ahora, ya ejerciendo su condición de magnate, solía escaparse al Miranda, un bar de la calle 24 con carrera décima, en donde, si pedías un mondongo especial, te llegaba con un sobre de la poderosa cocaína Merk, pegada con cinta en el revés del plato.

La vida de los millonarios colombianos suele ser muy aburrida, la mayoría o fueron príncipes que navegaron desde siempre en opulentos barcos, u hombres hechos a pulso, que se obsesionaron trabajando de sol a sombra hasta lograr el sueño de volverse ricos. Santo Domingo no, su amistad con escritores, con músicos (su hijo mayor, por ejemplo, era íntimo de Mick Jagger), con figuras internacionales como Henry Kissinger, lo convirtieron en un cosmopolita.

Y como tal se portaba. En sus casas de París, Nueva York y Barú, exigía la más escrupulosa etiqueta. No importa si en su mesa estuviera un empresario, un artista, un ministro o el director de una revista, como le pasó a Isaac Lee, entonces director de Cromos, quien osó a llegar a la cena con una barba de tres días y el patriarca, furioso, le enseñó con su índice la puerta de salida.

Su poder era tan grande que, cuando ya era el máximo accionista de Avianca, los aviones lo recogían en Nueva York y él sólo tenía que ir a la cabina y decirle al piloto que se inventara una excusa para que el vuelo se detuviera en Cartagena, y media hora después de la orden, la azafata le anunciaba a los atribulados pasajeros que por motivos de reacondicionamiento deberían hacer una escala en el Rafael Núñez antes de llegar a Bogotá. Decidido a no vivir más esta incomodidad, decidió comprarse en 1999 un Gulfstream 6 cuyo precio ascendió a los 25 millones de dólares.

Pero la anécdota que disfruto más de Santo Domingo se la debo al magnífico libro de Gerardo Reyes Don Julio Mario, poco leído en Colombia. Cuenta el periodista cucuteño que el magnate invitó a su buen amigo Columbus O’Donell, reconocido multimillonario de Bahamas, la novia de este y al entonces presidente de Avianca, Ernesto Mendoza Lince,  a visitar el Hotel Ticuna en Leticia. El lugar tenía un reptilario. Conducidos por el guía, el grupo se acercó ante una serpiente de veneno mortífero. Una sola de sus mordidas podría ser letal en cinco minutos. Los visitantes retrocedieron, menos Julio Mario quien se acercó a la jaula y escupió a la víbora, esta, en un ataque de rabia, empezó a dar con fuerza contra el hierro, Santo Domingo, divertido, volvió a escupirle y ella siguió dándose con fuerza en la cabeza, sonriéndole a sus amigos, se volteó y miró a la culebra de frente y volvió a escupirle en los ojos y ella, retorciéndose de la furia, tomó impulso y se reventó la cabeza contra la jaula.

Una vez comprobaron que la víbora había muerto, el grupo siguió su camino. Julio Mario Santo Domingo bostezó aburrido. Otra vez había conseguido lo que buscaba.

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