Cuando la revista Cambio nació en la década de los 90, su irrupción en el mercado editorial no fue un accidente, sino un desafío directo al nicho de análisis crítico que la revista Semana había dominado con maestría durante años. Sin embargo, el destino de Cambio parece haber quedado ligado a los vaivenes del poder ejecutivo, transformando lo que alguna vez fue una promesa de independencia en un escenario de militancia abierta.
La metamorfosis comenzó a gestarse cuando Semana, bajo la batuta de Alejandro Santos, fue señalada de abandonar su distancia crítica para alinearse con la agenda de paz del gobierno de su tío, Juan Manuel Santos, convirtiéndose prácticamente en un órgano oficialista. Tras el cambio de propiedad en Semana y su giro pendular hacia una derecha sin complejos, se produjo un fenómeno de reciclaje profesional: Cambio acogió al grueso de periodistas y opinadores que salieron de la revista de la familia López. No obstante, lejos de recuperar la neutralidad, el medio terminó radicalizando sus posturas para erigirse en el contrapeso ideológico de su antiguo hogar, situándose ahora en la otra orilla del espectro político.
Con el ascenso de Gustavo Petro, la línea editorial de Cambio parece haber perdido cualquier rastro de disimulo. El respaldo a la Casa de Nariño se percibe no solo en sus enfoques, sino en una serie de "malabarismos" retóricos destinados a justificar los desaciertos del gobierno. Se afirma en los pasillos del poder que este alineamiento coincide con millonarios contratos que vinculan a sus directivos con el Estado, lo que explicaría por qué el medio actúa a menudo como un escudo para las posturas populistas del mandatario. Sus analistas y colaboradores han abandonado la imparcialidad, arriesgando el prestigio de una marca que hoy parece más interesada en la agitación política que en el rigor informativo.
Sin embargo, el factor que ha terminado por despojar a Cambio de su máscara de objetividad es la figura de Abelardo de la Espriella. El crecimiento vertiginoso de la popularidad de "El Tigre" en los sectores de oposición parece haber desatado una crisis de nervios en la dirección del medio. Daniel Coronell Castañeda, presidente de la revista, ha llevado la confrontación al terreno personal, manifestando que preferiría votar por un zapato antes que por el abogado uribista. Esta animadversión se traduce en una cobertura asimétrica: mientras se le ofrece una tribuna complaciente a Iván Cepeda, con entrevistas que rozan el publirreportaje y donde se le "sacan las castañas del fuego" ante preguntas difíciles, contra De la Espriella se ha lanzado una "cofradía antiabelardista".
Este grupo de comunicadores, dependientes de los favores y fervores de Coronell, ha emprendido una cruzada de desprestigio. Escarban con lupa en cárceles y buscan testimonios —incluso de dudosa veracidad— con el fin de alimentar sospechas y repetir mentiras que menoscaben la imagen de "El Tigre". La estrategia es clara: el daño reputacional debe hacerse en el presente, sabiendo que cualquier rectificación judicial tardará años en materializarse. La urgencia de este equipo de propaganda responde al temor de que el "outsider" de la derecha siga ganando terreno gracias a su capacidad de improvisación y gracia mediática, cualidades que lo convierten en un rival formidable.
El plan de acción de este bloque mediático busca sembrar contradicciones en la derecha y desconfianza en el centro. Se inflan figuras como Sergio Fajardo, Claudia López o Paloma Valencia con el único objetivo de fragmentar el electorado y debilitar la popularidad in crescendo de De la Espriella. Incluso se cuestiona el uso de encuestas financiadas con recursos públicos para intentar proyectar un desmoronamiento de "El Tigre" que no se compadece con la realidad de las calles. Es un intento de vender un "paquete chileno" a una opinión pública aburrida de los chanchullos del gobierno.
De esta forma pretenden hacer maromas para ver cómo logran cambiar la realidad que se viene gestando hace unos seis meses en la que el Tigre ha resultado imparable. Quieren hacer una especie de paquete chileno a la opinión, un cambiazo para que los colombianos aburridos con las mentiras y chanchullos de este gobierno sientan que De la Espriella se vino abajo. Era obvio que después de consultas subiera algo Paloma, pero en cualquier caso sería contando con los votos de los otros miembros de la Gran Consulta y con el efecto sinergia de la suma de todos quienes participaron. Y en todo caso difícilmente sería a costa de los seguidores de Abelardo que llevan su propia impronta. El hecho es que el gobierno del cambio lo único que parece haber logrado fue cambiar los nombres de los corruptos y la mermelada ha llegado ahora hasta los medios de comunicación para conseguir corromper conciencias y buscar la manipulación de la opinión.
Al final, el riesgo para la revista Cambio es el mismo que precipitó el declive de otras publicaciones: el canje de la conciencia por la "mermelada". Daniel Coronell, quien parece enfrentar un otoño patriarcal marcado por su obsesión antiuribista, podría estar arrastrando la revista al ocaso. Las sombras del pasado, desde la fundación de NTC con presuntos dineros de la mafia hasta los nexos históricos con figuras como Pastor Perafán o César Villegas, siguen siendo flancos abiertos ante la justicia internacional. En un escenario donde Estados Unidos vigila de cerca las alianzas políticas en Colombia, el juego de "todas las formas de lucha" mediática podría terminar siendo el error más costoso para quienes hoy creen que la suerte y el poder los acompañarán para siempre.
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