La repulsividad del acoso

Aunque algunas mujeres parecen volverse insensibles ante esta conducta, lo cierto es que no hay que normalizarla, más bien hay que combatirla

Por: Iván David Bejarano Celis
julio 06, 2020
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La repulsividad del acoso

Este texto es parido desde una molestia que quedó inoculada hace algunos días que me vi con mi novia. Nuestro encuentro fue extraño puesto que no sabía qué había sucedido. Luego, al pasar los minutos, me contó que al comprar unos almuerzos, para ella y para mí, un vil sujeto, sin que nadie se diera cuenta, comenzó a masturbarse frente a ella.

Tal vez a algunos les parezca risible esta situación y, si es así, pues para ellos irán dirigidas estas letras.

Tal vez uno como hombre no sienta esa vulnerabilidad ya que nunca lo están acosando a uno. Ni todos los días, ni a cada rato. “Pss, pss, mamacita, cosita rica, venga le chupo tal cosa o venga le agarro tal otra”, es lo que llueve día a día sobre cada mujer. Si importar edad, color, origen, peso, estatura o demás. Todas padecen ese grotesco fastidio de salir a la calle. Unas se vuelven insensibles y no prestan atención, pero a otras les llega desatando un shock emocional dentro de sí.

Y no sé si sea en todos los países, o en los latinoamericanos, o solo en Tercer Mundo, que no creo. Creo que es un padecimiento cultural. Y no se trata de ver como una condena el ser mujer, pero si uno se coloca en la figura física de una mujer parecería que muchas veces no es tan fácil. Y, obvio, depende de cómo ellas lo asuman, pero si cualquier mujer ve un tipo cogiéndose su miembro carente de erotismo, pues tendrá un corrientazo emocional, sin ninguna duda.

No sé si acá en Colombia sea aún más grave el asunto, ya que acá no pasa gran cosa, al hacerse conocidas desastrosos, vergonzosos y aborrecibles hechos como una niña violada por siete militares (presuntamente), asesinatos (presuntos) a cada rato, maltratos (presuntos) intrafamiliares, violaciones (presuntas) todos los días, sin olvidar hasta empalamientos (presuntos) a una de ellas hace algunos años en el Parque Nacional.

Según la Secretaria de Equidad de Género del Valle del Cauca, este año van 76 feminicidios en el país, y 11 el último mes, tan solo en el Valle, o en Cali, no recuerdo bien.

Hace pocos días salió el escándalo de la niña indígena de 13 años. Trece años. Y siente manes. Militares. Oficialmente reconocidos por el Estado. Y tras del hecho, la aquiescencia de alguna aborrecible ministra, que insinúa que la culpa sería de la misma niña, cual falso positivo.

Aparece en noticias el asesinato de 4 mujeres en el Valle, el video de un tipo golpeando y arrastrando su pareja en vía pública, como se afirmó en el medio.

Y por los últimos días la niña en Garzón, violada y asesinada de tan solo cuatro años.

Conclusión… En Colombia es más grave el asunto. Esperando no volvernos como México, un país donde las mujeres tienen pavor de salir a la calle, ir al metro o donde tienen que llamar a sus familiares, con GPS incluido, por si no vuelven a casa. Estamos cerca de eso.

Qué triste ver este país tan precario. El país sin IVA, el país de las violaciones, el país de la ñeñe y narcopolítica, el país de los falsos positivos, donde matan un líder social, campesino o indígena todos los días, el país sin memoria, de la farra y la irresponsabilidad.

Tal vez los hombres piensen que es un texto feminista o que el autor es un lambón, pero no se trata acá de eso. Si el lector hombre piensa eso, pues precisamente se trata de que se dejen de lado esas vendas que nos imponemos culturalmente de que si soy hombre pienso así y si soy mujer pienso de esta otra manera. Ser hombre no equivale a acceder a una mujer.

No puedo ocultar que uno no deje de asombrarse y conmoverse con la belleza de las mujeres, y no está demás reconocerles dicha belleza, ya que ellas mismas (o muchas) buscan ese mismo reconocimiento y caen en el mismo juego. Y, pues, la sociedad así se está diseñando. No hay nada que hacer. No ahondaré en lo de las novelas, reguetón y bombardeo publicitario. Aunque la idea es que sí haya algo que hacer y es, al menos, cambiar la nota uno mismo, uno como hombre. Acordarse de que son hijas, hermanas, primas, novias, madres y no es una que esté tras una vitrina.

Se trata de abrir un poquito la humanidad, la racionalidad que nos preciamos y ufanamos poseer, cuando lo que se demuestra es lo contrario, estar aún en una época retrógrada en la que funciona todo por medio de la violencia y la sinrazón.

O será entonces que no hay nada que hacer y nos quedamos con la “irrefutable” teoría freudiana de que estamos condenados a aflorar nuestras pulsiones y que la cultura es solo una hipócrita manera de rodear dichos deseos profanos y condenables. El Eros y el Tánatos están sueltos, entonces. Y el gran Estado leviatánico no ha podido hacer nada con su falso contrato social.

Solo queda reprocharnos un poco, condenarnos mutuamente y mantener un seudosensato control cultural por parte de todos. A la final, la moral la vamos construyendo socialmente, todos los días, no está en los manuales de convivencia de los colegios o en las insípidas prédicas de curitas o pastores sofistas los domingos en la mañana.

El cambio empieza por uno, se dice por ahí, no se puede esperar a que todo se transfome mágicamente. Al menos, tener cortesía y seducir de una manera agradable y bacana. No ser aborrecido.

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