La peste de Albert Camus

"Después de 11 años de olvido, la obra de este francés volvió a mí."

Por: Jerónimo García Riaño
agosto 04, 2014
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La peste de Albert Camus
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Hace algunos años, conversando con el escritor Milcíades Arévalo, me dijo que uno de sus escritores favoritos (o su escritor favorito, ahora olvido ese detalle) era Albert Camus. Inmediatamente recordé que en mi biblioteca reposaba la única novela que tengo de ese autor, La Peste, una de sus obras más reconocidas. Y también recordé que la compré hace 11 años, recién llegado a Bogotá, en la primera Feria del Libro a la que asistí. Y empecé a leerla, pero la abandoné: no pasé de la primera mitad de sus páginas. Ahora no recuerdo porqué la descuidé, tal vez llegaron otros escritores que empujaron a Camus y me cautivaron mucho más. Pero el libro se quedó conmigo, paciente, leal. Y viajó a Armenia y volvió a Bogotá. Hace unos meses decidí leerlo, como premio a su espera. Ya había pasado mucho tiempo y era hora de terminar la tarea.

Entonces aparecieron doctores, curas, abogados, mujeres, ancianos, locos y ratas. Esos son, de manera general, los personajes que se mueven por ese libro.

La historia sucede en la década del 40 en Orán, una ciudad al Noreste de Argelia (entre otras el país de origen de Camus), es una ciudad costera que mira al mar Mediterráneo. Camus la describe al inicio de La Peste así:
“La ciudad en sí misma, hay que confesarlo, es fea. Su aspecto es tranquilo y se necesita cierto tiempo para percibir lo que la hace diferente de las otras ciudades comerciales de cualquier latitud. ¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra? El cambio de las estaciones sólo se puede notar en el cielo. La primavera se anuncia únicamente por la calidad del aire o por los cestos de flores que traen a vender los muchachos de los alrededores; una primavera que venden en los mercados. Durante el verano el sol abraza las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas. En otoño, en cambio, un diluvio de barro. los días buenos sólo llegan en invierno.”

Pero párrafos después, las ratas empiezan a brotar del fondo de las calles de Orán y se encuentran con el sol para morir iluminadas. Y así, la peste aparece como la sombra de los días, y empieza a socavar los cuerpos de los hombres, hasta matarlos con los ganglios inflamados y llenos de fiebre. Allí aparece el doctor Rieux, el protagonista de esta obra. Él, con una junta de médicos, declaran la peste y de paso su guerra contra ella. Una guerra que parece perdida, se lleva almas conocidas para el médico: Tarrou, una persona que conoce en plena peste y que termina por confesarle parte de la historia de su vida, como si supiera que va a morir; un sacerdote, el Padre Paneloux, que proclama desde su altar la lucha contra la peste, pero que no acepta ver a un médico cuando se enferma; y un médico colega que muere también en una lucha científica por vencer el mal que aqueja a Orán.

Tal vez, para mí, la muerte más triste es la que presencia Rieux sentado en una camilla: un niño al que se le aplica una posible cura, pero que no genera ningún resultado en él, y Camus, de manera magistral, describe la agonía y la muerte del niño, en cada párrafo en el que narra ese momento uno puede sentir que la muerte ya está allí y que se lleva al niño por pedazos. Esa cura no funciona en el niño, pero si en Grand, otro personaje amigo de Rieux que resiste a la peste y salva su vida.

Pero Camus no solo describe la muerte provocada por la peste. Llegando al final de la novela, describe la muerte de un perro que ha sobrevivido, pero que muere por culpa de una bala que parece perdida. Allí recordé una escena de la película Los Infiltrados, de Martín Scorsese , donde Di Caprio, siendo uno de los protagonistas de la película, muere de manera inesperada, sorpresiva, de un tiro en la cabeza: Es una manera en que Scorsese y Camus nos recuerdan que estamos en la vida y que la muerte aparece en cualquier momento y de la manera, en muchas ocasiones , menos esperada.

Al final, la peste ha “desaparecido “y las puertas de Orán vuelven a abrirse para recibir a su gente que salió en un éxodo temeroso. El cierre de la novela es redondo, Camus nos recuerda el inicio en su última frase:
“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en las alcobas, en las bodegas, en las valijas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.”

Pasaron 11 años para leer esta buena novela, tal vez no era el momento hace algunos años. Pero de lo que sí estoy muy agradecido con el escritor, es que al pronunciar su nombre en una rifa me hice dueño de una botella de aguardiente en la pasada Navidad.

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