La pesadilla de usar transporte público en Tunja

Descripción de los difíciles problemas de transporte público que tiene la ciudad de Tunja, Boyacá, en cuanto a medioambiente, convivencia y movilidad

Por: Víctor Hugo Moreno Parra
febrero 13, 2020
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La pesadilla de usar transporte público en Tunja
Foto: Ivan Tunja CC BY-SA 3.0

En Tunja, el transporte público no tiene problemas de sobrecupo: la sobreoferta es evidente. En cambio, sí existen problemas de inseguridad, debido a las infracciones recurrentes que cometen las más de 600 busetas y colectivos que diariamente recorren las calles. La guerra del centavo es un problema latente.

Son las 12 y 17 minutos del medio día. El sol inclemente de páramo cae con todo su furor sobre los rostros de las personas. En el centro de la ciudad me dispongo a tomar una buseta que ha de llevarme hacia la zona noroccidental. A pocos metros del punto conocido como la “Pila Salada”, sobre la carrera 12, veo llegar, no una, sino una fila de busetas, que en su afán por recoger los pasajeros que se apostan en este sitio, deciden no respetar el semáforo de esta esquina. Los pitos de una disonante y enloquecedora sinfonía infernal penetran hasta mi cerebro hasta tornarse fastidiosos. La escena, de por sí la materialización de una tortura, se completa con el rugir de los motores que envenenan el ambiente de esta angosta calle con falsas pretensiones de avenida.

La escena me hace recordar un estudio que alguna cadena de radio difundió hace unos meses, y cuyos resultados revelaron que después del Paseo Bolívar de Barranquilla, la esquina de la calle 18 con carrera 12 en Tunja -que podría ser cualquier otra esquina de la ciudad- ostenta un deshonroso segundo lugar dentro de los lugares más ruidosos de Colombia.

Los vehículos que transitan de sur a norte, en su mayoría de servicio público, le apuestan al macabro juego de la muerte, lanzándose en embestida y de forma amenazadora por el carril que no les corresponde, a fin de poder adelantar. Lo propio hacen aquellos que del norte se dirigen hacia el sur. Más de un choque violento y brutal se hubiera podido generar, de no ser por la pericia de los conductores y porque todos parecen conducir a la defensiva, lo cual es aquí, según observo, absolutamente necesario para evitar tragedias.

Entretanto sigo respirando el humo arrojado sobre mi cara cada vez que una buseta se detiene a mi lado. La fila de carros que espera su turno por la calle 18 protesta mediante un salvaje sonar de bocinas porque otros, en pleno cruce, se han atravesado por la carrera 12. El trancón se produce. Aquí no se le presta atención al semáforo; solo se atiende a la lógica del más fuerte y avezado.

Por fin subo a una buseta semivacía. En Tunja no hay problemas de sobrecupo: es tanta la sobreoferta que existe, que los pasajeros pueden siempre disponer de una silla en cualquier vehículo de servicio público.

Pero esto no es una ventaja ni una comodidad para el usuario en lo absoluto, porque los pocos pasajeros deben distribuirse entre las 617 busetas que transitan por las escasas vías con que cuenta la ciudad. Y para ello los conductores -la mayoría con sueldos condicionados al número de pasajeros que transporten- estarán dispuestos a jugársela toda por conseguir un pasajero adicional.

A merced de un sistema desquiciado

Las tres cuadras que van desde la calle 18 hasta la calle 21 son recorridas lentamente. El conductor estará dispuesto a detenerse cada tres metros de ser necesario para ganar pasajeros, pese a que los paraderos ya están establecidos y es una infracción dejar o recoger personas en otros puntos. El molesto silbato del único policía de tránsito en la esquina poco ayuda a agilizar el flujo vehicular.

Ya en el parque Santander, la buseta se abalanzará a devorar calles en una maniática carrera contra el reloj. Pocos usuarios advierten entonces el peligro latente que corren ante tal necesidad del conductor. Las calles angostas, la gran cantidad de tránsito, los peatones indisciplinados, los conductores agresivos e irrespetuosos, el mal estado de las vías y la escasa señalización son, entonces, los peores enemigos que un usuario pueda encontrar al utilizar dicho servicio en cualquier ruta de servicio público. Son enemigos tan reales que ya han cobrado varias víctimas solamente durante este año, la mayoría mujeres y niños, junto a varios de los conductores de diversas empresas de transporte.

La velocidad le hace el juego a la estridente música popular que suena dentro del vehículo. Llama la atención la indiferencia con que el conductor trata a sus usuarios, que son lanzados de un lado a otro, porque a aquel no le importa reanudar la marcha antes de que éste se haya sentado o poco antes de que se haya apeado completamente. Una mujer hace la parada en zona no autorizada, el conductor se detiene sin dudarlo y arranca de manera violenta arrojándola sobre las primeras sillas.

Los “reyes” de la vía

En los semáforos siempre es lo mismo: la interminable fila de busetas no da tregua y al unísono hace sonar sus bocinas cuando la luz cambia de rojo a amarillo. Existe prohibición de pitar innecesariamente, pero no hay agentes de tránsito que hagan respetar la norma.

Durante el recorrido, a lado y lado de la vía, no es difícil encontrarse con carretas de vendedores ambulantes, vehículos de tracción animal, peatones imprudentes que pasan la vía por donde no deberían o caminan fuera de los andenes, motociclistas que salen de la nada, carros mal estacionados, y un sinfín de obstáculos que exacerban la paciencia del conductor, el cual, irremediablemente, descarga este sentimiento de frustración sobre la calidad de su trabajo.

No lo niego: quedo atónito ante la indisciplina de los usuarios, quienes siempre buscan que la buseta los recoja o los deje en lugares no autorizados. No menos estupor me sobreviene al ver al conductor peleándose, como en cualquier pista de carros chocones, con otros vehículos por ganar pasajeros, a la vez que se detiene en sitios prohibidos, cobra los 1.650 pesos, entrega el cambio, evade a sus potenciales competidores, cierra el paso a otros y, de manera recurrente, habla por celular. Se necesitarían seis manos para hacer todo eso. Cuento las cerca de siete infracciones que el chofer debería haber pagado a esta altura de la ruta.

Ya nos encontramos en el barrio La Fuente. Me lleno de valor para lo que será la tétrica pendiente que los colectivos y busetas deben tomar desde la salida hacia Villa de Leiva hasta la carrera 16. Me pregunto por qué el conductor acelera para después, en cada esquina, frenar violentamente. Dicha forma absurda de conducir fácilmente puede dejar sin frenos a una buseta. Hace sólo unos meses uno de estos vehículos falló en esta abrupta cuesta. El accidente cobró la vida de tres personas, entre ellas dos pasajeros que nada tenían que ver con los resultados económicos que los dueños de busetas y colectivos exigen a sus conductores.

Muchos otros lamentables accidentes han sucedido de manera recurrente, todo porque estos siniestros vehículos se suelen montar sobre los andenes. Y más siniestros seguirán pasando si no se hace algo.

Ya de regreso hacia el centro de la ciudad he perdido la cuenta de las infracciones cometidas por mi conductor elegido. Con seguridad son más de 10, suficientes para haber suspendido de por vida la licencia de conducción a cualquier persona en un país desarrollado. Ya han pasado 28 minutos desde que tomé este transporte. Al final de la ruta -según la reglamentación de las empresas- no deberían haber transcurrido más de 48 minutos para que esta buseta no sea sancionada.

El ascenso por la carrera décima es precedido por un nuevo trancón. Son cinco cuadras de permanente ruido y contaminación imposibles de recorrer en menos de 10 minutos. La Administración Municipal había recobrado este espacio para uso exclusivo de autos particulares. Un paro de transporte obligó al Alcalde a entregarles de nuevo esta calle y a modificar el diseño de los andenes, que inicialmente daban toda la prioridad a los peatones. Hoy ya no es así: los reyes de la vía seguirán siendo los transportadores.

A lo largo de la ruta ya estoy cansado de ver cómo los ancianos y los niños no tienen chance para atravesar una calle sin riesgo para sus vidas: los transportadores son los dueños de las vías. La expresión “medio ambiente” no existe en el lenguaje del gremio transportador tunjano, pues ellos se adjudicaron el derecho de ser sus dueños. No hay control sobre la emisión de gases. “Pero el medio ambiente no es de ellos, es de todos”, me digo a mí mismo, a la vez que me alisto para bajar de nuevo. Ya a salvo en el centro de la ciudad, trato de caminar por los pocos lugares contemplados para peatones que aún nos dejó el gremio del transporte. De seguir las cosas así, por estos espacios peatonales muy pronto también estarán transitando busetas y colectivos, mientras que los “molestos” andenes que tanto espacio quitan a la guerra del centavo serán retirados definitivamente. Eso sí, si antes no ha explotado la bomba de tiempo del incontrolable transporte público tunjano.

 

 

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