La pesadilla de la educación virtual en Colombia

Aunque esta modalidad tiene todo para ser agradable, acá, por varias razones, se ha convertido en una agonía para estudiantes y maestros

Por: ANDRES FELIPE GIRALDO MADRID
mayo 22, 2020
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La pesadilla de la educación virtual en Colombia

Con la cuarentena llegó la virtualidad a la educación de un país en el que este es un asunto de poca importancia para quienes nos dirigen y, lastimosamente, para la mayoría de la población. Si la mayoría de gente tuviese un interés real por este tema, los que nos gobiernan ya se hubiesen visto presionados para tomar las medidas necesarias para que la educación fuese tratada como un asunto capital o, pensándolo bien, habrían elegido otros.

Con el aislamiento estas cuestiones se han hecho más palpables, pues empiezan a manifestarse de una forma cada vez más evidente en los hogares y en muchos casos lo que se respira allí alrededor de la educación virtual es un ambiente sofocante que nada tiene que ver con mejorar las capacidades cognitivas, actitudinales o procedimentales de los estudiantes.

Se presentan situaciones tan deprimentes como que un estudiante tenga que levantarse a las seis de la mañana a sentarse frente a su computador para estarse despegando de este a las seis de la tarde, para así poder "rendir" en el estudio, porque, además de las clases virtuales, tiene que hacer una serie de actividades para que los docentes saquen las notas.

Eso sin contar con que algunos padres de familia extrañan la posibilidad de dejar a su hijo todo el día en la escuela para que se entretenga y así poder trabajar, pues consideran a las instituciones educativas como guarderías o galpones para niños. Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen. Algunos llegan al extremo de llamar a los docentes y directivos para decir que por qué los docentes no les citan por videoencuentro más seguido o por qué el docente pone poco trabajo, mientras que sus hijos se estallan de estrés o se marchitan agónicamente frente a una pantalla.

Para rematar las diferentes asustadurías, todos esos aparatos de represión del Estado ya han desplegado a toda la jauría de sus funcionarios para que amedrenten a los docentes e instituciones educativas diciéndoles que si no cumplen con tener a los estudiantes ocupados todo el rato, entonces que su ingreso salarial corre peligro.

Empujados por el miedo, como es habitual en la mayoría de los funcionarios estatales, los profesores están llegando al ridículo de exigirles a los estudiantes que se pongan el uniforme para recibir las clases virtuales y los directivos a pedirles a los docentes a su mando que todo lo expliquen ellos sin usar la vasta cantidad de recursos que se encuentran disponibles en la red.

Así pues, la educación virtual que debería ser más liviana que la educación presencial se está convirtiendo (bajo la guía del Estado Colombiano, y fundamentada en la ignorancia y confusión del común de la gente) en una auténtica pesadilla, que, además de no servir para nada, solo está generando más estrés y apatía por el estudio, mientras hace lo mismo con la profesión docente.

Todas estas situaciones que se parecen más a los movimientos erráticos y desesperados de un cuerpo sin cabeza no son una auténtica educación virtual. Quizás esto se está manifestando así precisamente por eso, porque el sistema educativo es un cuerpo sin cabeza, a pesar de las buenas intenciones de docentes y directivos docentes.

La educación virtual, fuera de ser un modelo educativo mediado a través de los servicios de las redes de computadoras, tiene como una característica esencial el hecho de que el estudiante aprende por sí mismo y a su propio ritmo a través de la red, interactuando con sus compañeros, profesores y todo tipo de recursos (textos, videos, audios, etcétera), lo que le da más dinamismo al proceso de aprendizaje.

Para comenzar, en la educación virtual no hay clases. El estudiante ingresa a un ambiente virtual de aprendizaje e interactúa con los recursos educativos digitales.

Lo anterior nos lleva a la característica más humanitaria y significativa de la educación virtual: hay flexibilidad tanto temporal como espacial. Es decir, el estudiante puede acceder a las lecciones en el momento en que esté disponible y no está amarrado a un horario bajo la etiqueta de disciplina institucional.

Esto no significa en ningún momento que los estudiantes están sin el profesor todo el tiempo, sino que el docente asume más un papel de guía. Ahí el estudiante se convierte en el auténtico protagonista del proceso educativo, lo que siempre ha debido ser pues, como dijo Asimov, el autoaprendizaje es el único y real aprendizaje.

Cómo alguien que realizó una especialización y una maestría de manera virtual contempló toda esta situación casi como una auténtica pesadilla orwelliana, pues tales niveles de exigencia y supervisión no se vieron ni en las materias de más dificultad de estos postgrados.

En consecuencia, hago un llamado a las autoridades para que orienten u ordenen una suavización y flexibilización de toda esta situación. También, a los estudiantes, docentes, directivos y demás a que se rebelen ante estas imposiciones que están acabando con la salud mental y física de todos.

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