La paz es una trampa de las palabras

Cuando el lenguaje nos vende humo

Por: Juan Pablo Valderrama Pino
agosto 03, 2014
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La paz es una trampa de las palabras
Imagen Nota Ciudadana

"Las palabras tienen poder", ya reconocemos esta frase a manera de proverbio, y creo que muchas veces nos olvidamos de su significado. Permítanme mencionar una serie de palabras que serán el centro de la presente reflexión: persuasión, manipulación, impacto, gobierno, control, violencia.

Este breve texto parte de una presentación realizada por el filósofo Raúl Enrique Puello Arrieta, profesor de la Universidad de Cartagena, en el marco de un encuentro académico llamado Re-pensando Cartagena: I Encuentro de Literatura y Filosofía 2014, organizado por la Academia Árbol de Cultura, apoyado por el Colegio Salesiano San Pedro Claver de Cartagena y el grupo de investigación Ápeiron, de la Universidad de Cartagena.

Lo que Puello nos invitó a pensar fue precisamente el poder que pueden llegar a tener las palabras, dependiendo de los contextos y usos. Para parafrasear y reflexionar personalmente sobre el tema, quiero iniciar con un ejemplo que nos explicó el profesor (y es algo que todos nosotros hemos vivido, ya sea en calidad de víctimas o agresores): no es necesario tocar a una persona para destruirla, sólo con palabras es posible sacarle de sus casillas y hacerle perder el control, hundiéndolo en cólera extrema, o, por otro lado, desbaratarle humillándolo, provocándole tristeza y decepción.

Pero también podemos alentar al que está triste, impulsar al que necesita apoyo; podemos salvar vidas, y todo esto con simples palabras, mudas o invisibles. Nuestras vidas cambian cuando leemos un libro, cuando dialogamos con alguien (ya sea para bien o para mal, el punto es que algo sucede).

Desde la antigua Grecia, especialmente a través de la sofística, se reconoció el valor importante de saber manejar las palabras, para ejercer cierto poder a través del discurso. Ya fuera para defenderse ante el tribunal, como para hablar en público en el ágora. Si uno quería ser escuchado y, sobre todo, que le creyeran, era necesario ser un maestro de las palabras, de la retórica.

Los símbolos lingüísticos, tan sobrevalorados como están hoy día, esconden un poder que sólo aquel que lo conoce puede aprovechar para su antojo. No es ninguna sorpresa decir que los medios de comunicación manipulan las masas, basta con que seleccionen ciertas palabras para proyectar la realidad que desean mostrarles a los «usuarios». La misma fotografía con distintos titulares son un ejemplo de la manipulación de los medios.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención de esta charla reflexiva sobre el lenguaje, no es tanto hasta qué punto los expertos en retórica logran manipular nuestras vidas como ciudadanos, porque desde el vientre nunca somos propiamente independientes y libres, tales cosas no existen, siempre, en cada momento de nuestra existencia estamos atados a los diversos sistemas de control. Lo que quiero hacer es rescatar una idea muy pertinente para la época en la que los colombianos estamos inmersos: La Paz.

Soy alguien muy joven como para conocer con propiedad la historia política de Colombia, pero como un atrevido con sed de conocimiento me he puesto en la tarea de buscar desde cuándo se está hablando de paz, y en qué sentido. En internet circula un video de Gabriel García Márquez, entrevistado por el ex presidente Pastrana, hablando sobre el proceso de paz con el anterior movimiento guerrillero, el famoso M-19. Desde mucho antes de ese video ya se venía hablando de la paz en cuanto finalización de un grupo al margen de la ley (como si la ley no fuera violenta). La paz es concebida como el fin de un conflicto entre un Estado (injusto) y unos grupos guerrilleros que sólo pudieron pensar el cumplimiento de sus fines a través de la violencia, destruyendo el pueblo que afirmaban defender. Hoy día hablamos del proceso de paz con las FARC, independientemente de todo lo que eso implica y de toda la problemática que dicho proceso representa, a pesar de todas las irregularidades, inconsistencias e incoherencias, sin fijarme en el nombre del presidente o de los políticos de turno que están encargándose de dicho proceso, quiero preguntar: ¿Qué es la paz? ¿Quién nos ha hecho creer que la paz la conseguiremos cuando las FARC entreguen las armas? ¿Qué pasará después? ¿Qué está pasando diariamente en nuestro lenguaje?

Introduzcamos entonces otro ejemplo del cual todos somos perfectos conocedores. En las redes sociales y en la cotidianidad circulan una gran cantidad de denuestos, groserías y amenazas. Esta lucha brutal de insultos se desarrolla al interior de una dinámica política entre la derecha y la izquierda. En este sentido, los de derecha se identifican con «El Intocable», ya que para ellos es el único capaz, aquel que vale la pena llamar patrón, el mesías que salvará a Colombia de las garras del terrorismo (pero nunca mencionan el terrorismo de Estado); y por otro lado, en la izquierda, están los que se identifican con representantes de partidos como el PDA y algunos del Partido Verde.

Bien, contextualizado de esta manera podemos recordar cuántas veces los opositores del tan mencionado Uribe le han lanzado insultos y palabras que él ha considerado como calumnias e injurias, si nos falla la memoria, recordemos que muchas personas han tildado al ex presidente de «asesino», «paraco», «narcotraficante», «violador de los derechos humanos», etc. En resumen, todo lo contrario al salvador que los derechistas reconocen.

Los defensores, seguidores, discípulos y adoradores del único y honorable presidente, del Gran Colombiano, reclaman diciendo que la oposición es vulgar, plebe, analfabeta, que son una partida de brutos e irrespetuosos incapaces de reconocer la buena calidad de persona que es el señor Uribe. Conclusión: decir algo malo de Uribe es convertirse en la rata de alcantarilla más grande y asquerosa del país. Sin embargo, recientemente he visto circular imágenes que piden describir con una palabra al senador Cepeda. ¿Quiénes son los que hacen esta campaña de descripción del senador? Nada más y nada menos que los buenos y respetables ciudadanos, admiradores y precursores del pensamiento político de Uribe. Las descripciones que pude leer fueron palabras como: «guerrillero», «asesino», «desgraciado», y muchas otras que no podré citar en este texto porque ustedes, de hecho, ya saben de qué estoy hablando, saben mejor que yo de qué se trata esto. Entonces, aquellos que le reclamaban a la oposición tildándola de vulgar y asquerosa terminan revolviéndose en su propio lodo de excremento mientras pulen sus sonrisas, mientras limpian las mangas de sus camisas y salen a la calle creyéndose buenas personas.

Hipocresía en la máxima expresión. Violencia en el lenguaje. ¿Cómo es posible que se hagan campañas para insultar a una persona? Cambiemos ahora el ejemplo. Miremos nuestra cotidianidad, nuestras relaciones personales, las aulas escolares. Nuestro lenguaje cotidiano está plagado de violencia, nos maltratamos los unos a los otros prometiendo odio eterno, deseando la peor de las muertes, acentuando groseramente al dirigirnos a otra persona. No nos cuesta amenazar al otro, confesamos ser amantes de la ira, siempre pensamos en cómo «joder» al otro. No sabemos comportarnos en sociedad sino en calidad de groseros, como si el otro fuera esa amenaza constante que debo eliminar, pero en este caso, destruir en la esfera del lenguaje.

Ya que al colombiano en general le gusta tanto el fútbol, recuerden la cantidad de insultos que en masa se dirigieron al jugador que lesionó a Falcao. ¡Hasta amenaza de muerte le mandaron!

¿De qué ha servido tanta tradición católica si somos expertos en hablar mal del otro? ¿Por qué nos jactamos de llamarnos cristianos si nuestra práctica cotidiana es lo más anti-cristiano que hay? Vivimos rechazando al que no piensa igual, al que se viste diferente, al que se tatúa, al que fuma marihuana, pero nos postramos ante el paraco, ante el traqueto, ante el criminal que se viste bien porque es que esas personas son tremendas, hay que tenerles miedo y respeto porque tienen mucho poder, a esos hay que abrirles las puertas del hogar y recibirlos como personas gratas, porque aunque hagan la cantidad de porquerías que hacen, esa es la gente que le gusta al pueblo. Pero al estudiante universitario, principalmente al de la universidad pública, a ese hay que apartarlo porque es un guerrillero castro-chavista que se está dejando lavar el cerebro, un drogadicto inservible (aunque produzcan libros y proyectos investigativos que terminan desarrollando en otros países porque este país no tiene plata para impulsar la educación, sino la guerra: hay que gastarse la plata en veneno para las ratas mientras los flojitos bien vestidos que manejan el monopolio dicen que no les alcanza el dinero que ganan para sus gastos personales, dinero del pueblo, de ese que aplastan).

Sociedad patética y contradictoria, aporética y vulgar. Aún conservamos una idiosincrasia barata, remedo colonial, aún en las aplaudidas altas sociedades (gente de bien) se reproduce el esclavismo y rechazo a los negros.

Nuestras palabras destruyen, degeneran, hacen llorar, son los cuchillos con los que nos apuñalamos diariamente, haciendo un circo de sangre lingüística. No olvidemos que también podemos usarlas para desechar rencores, para reconciliarnos, para construir mejores relaciones y ayudar a los demás. Nuestras palabras tienen el poder de provocar grandes cambios en nuestras vidas y de nosotros depende usar un lenguaje de paz o continuar con este lenguaje agresivo y violento en el cual nos bañamos diariamente como cerdos disfrutando de lodo con estiércol.

 

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