Opinión

La parte maldita

Por:
marzo 11, 2015
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Hay una Venezuela que desconozco por completo. Que no he vivido, que no he estudiado, que no he convertido en objeto de mis preocupaciones ni de mis investigaciones. Una Venezuela con la que apenas me he encontrado de paseo, en cortas visitas familiares y en situaciones muy coyunturales. Una Venezuela fragmentaria, parcial, de jirones, de la que escasamente tengo atisbos de realidad. Un país tan vecino como extraño, un destino obligado en el que la vecindad terminó vencida por el desinterés.

Hay, en cambio, una Venezuela relatada a diario en Colombia con la que tengo una completa familiaridad. Que aparece en titulares, en la edición central, en el horario prime, en el especial, en el post, en el trending topic y en el hashtag. Una Venezuela que no es solo nombre, sino también adjetivo y verbo, convertida en una eficaz fórmula retórica. Una Venezuela que se usa como argumento, ejemplo y paradigma. Una Venezuela que funciona como el perfecto caso clínico para sentar posición moral, instruir en valores y prevenir en riesgos.

De esta Venezuela producida, narrada, libreteada, montada y emitida en Colombia, puedo hablar muy fácilmente. Es, sin forzar el lenguaje, casi una Hermana.

Esta Venezuela se me confunde con ciertas voces. En ocasiones me habla con los toscos énfasis de Claudia Gurisatti o con la musiquita pueril de Luis Carlos Vélez. Y casi siempre aparece marcada por una negatividad en la que resulta difícil distinguir la crítica del desprecio.

He vivido lo suficiente para saber que esa Venezuela reiterada, amplificada, machacada, fetichizada y convertida en sospechosa obsesión, es más bien joven. Tal vez nació hace un poco más de 10 años, aquí, en Colombia.

Fue una Venezuela construida narrativamente a la altura del narcisismo colombiano, una fórmula retórica perfecta para delirarnos como “mejores”, una poética adecuada al ejercicio cotidiano de ensalzar “nuestro” progreso, mientras señalamos con fingida lástima “su” miseria.

Para narrar el mito del renacimiento —¿o nacimiento?— colombiano, era preciso el capítulo de la decadencia venezolana. Y mejor aún, era necesario asegurarse que Venezuela no solo funcionaría como antagonista, sino como una fuerza eterna y maligna siempre al acecho. Nació así la “venezolización” como el peligro a conjurar,como la enfermedad a prevenir.

Desde hace unos años es normal escuchar que tenemos que hacer lo posible por no “vivir como en Venezuela”, por no “ser como Venezuela”, ni “terminar como Venezuela”. Venezuela es la conducta a impedir, la identidad a suprimir y el destino trágico a  evitar. Venezuela se ha convertido en ese monstruo siniestro que es aterrador en la medida en que concentra todo lo negativo que no queremos ser, pero a la vez se parece mucho a lo que ya somos.

Paradójicamente, el funesto virus de la ‘venezolanización’ no es, pese al enorme poder destructivo que se le supone, la única enfermedad que parece amenazar de forma “extraordinaria e inusual” a América, como diría Obama. El papa Francisco también nos ha prevenido de los peligros de una pandemia de “mexicanización” que se cierne diabólicamente sobre el continente y que ha terminado por recordarnos, no sin algo de vergüenza, que quizá no ha sido erradicada esa lepra maldita alguna vez conocida como la “colombianización”.

Hace unos pocos días atravesé La Guajira. El territorio wayuu. Pese a los esfuerzos cotidianos que muchos hacen por construir un mito de la colombianidad en oposición a un mito de la venezolanidad, me sorprendió el modo en que los indígenas wayuu ignoran esa diferencia. La patria wayuu es una sola, para lo mejor y para lo peor. Del lado de cada uno de los dos países los indígenas viven por igual la miseria y el abandono. Olvidados por ambos.

A veces imagino que aquellos que se esconden en sus casas a rezar para que la venezolanización no toque a su hogar, viajan un fin de semana a la Guajira colombiana. Y se enferman con el agua que allí se bebe; y experimentan en carne viva, con la voz en off de Gurisatti y Vélez, la miserable infraestructura educativa del departamento; y le preguntan a los niños cuándo fue la última vez que recibieron un desayuno escolar y se sorprenden con la respuesta.

Me gusta pensar que en este viaje imaginario los “colombianos de bien” se encuentran con que la Venezuela de sus fantasías es horrorosamente parecida a la Colombia de su realidad. Y que al fincomprenden que Venezuela no es la parte maldita del cuerpo de América, ni México, ni Cuba, ni Colombia. Y no precisamente porque en nuestros países haya gente buena, como “nosotros”, sino porque el mal no conoce fronteras.

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