La paradoja de la meritocracia virtuosa

Los que triunfan creen que lo han hecho por sí mismos, mientras que los que se quedan atrás consideran que son un verdadero fracaso, cuando no necesariamente es así

Por: ismael suárez_córdoba -
enero 29, 2021
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La paradoja de la meritocracia virtuosa

Al observar sociedades que podríamos calificar sin dudas de meritocráticas –Suecia, Dinamarca, Finlandia, Noruega, Alemania, por nombrar algunas–, constatamos que cuando estas naciones tenían un PIB per cápita similar, todas mostraban altos niveles de desigualdad de ingresos y su carácter de sociedades más igualitarias venía dadp por la capacidad de cada Estado para redistribuir vía impuestos y transferencias un sistema tributario inequitativo e insuficiente, dramáticamente favorable hacia los más ricos en detrimento del resto de la población.

Desigualdad que se ha producido y agravado en décadas recientes (donde en el mundo un 19,4% de la población está en situación de exclusión social), que unida a la que produce la meritocracia, parece haber encerrado a los "vencedores" de la carrera del mérito en una burbuja que invisibiliza a quienes lo están pasando mal. Partiendo de la idea que, en igualdad de condiciones, los que triunfan son los mejores, como una forma de medir la humanidad y justificando la desigualdad en términos de eficiencia funcional: a mayor mérito mayor estatus. Pérdida de la dignidad del trabajo causada, en parte, por algunos efectos negativos de la globalización y por la arrogancia displicente de las élites meritocráticas. Élites que sobrevaloran la instrucción académica superior, como el gran indicador de ascensor social, sublimando el mérito como valor supremo y creyendo que el promoverlo, por sí solo, es suficiente para superar estigmas, condiciones, prejuicios o barreras.

Sin poner en duda la promesa de que "si nos esforzamos conseguiremos el éxito", al tener los talentos que la sociedad actual valora y premia (mérito = inteligencia + esfuerzo). Y de esta manera, en la sociedad actual, los que triunfan creen que lo han hecho por sí mismos y que merecen todas las recompensas recibidas, mientras que los que se quedan atrás consideran que, si no han sido capaces, son un verdadero fracaso. Creencias que han contribuido al rechazo actual de las élites meritocráticas, al no ver estas —además del talento— la deuda adquirida por la ayuda recibida en el éxito personal, con el fin de poder considerar a los menos afortunados. No en una búsqueda romántica de la igualdad, sino de despertar un interés genuino en el conjunto de la sociedad, para que esta sea capaz de apreciar la diferencia entre el valor social y el valor económico. A fin de equilibrar la balanza a nivel social, laboral, de género y educativo, valorando a la gente por el aporte que haga al bien común y corrigiendo los excesos de un sistema económico que actualmente concentra las oportunidades en los que más tienen.

Arrogancia tecnocrática, que aleja de comprensiones fundamentales que tienen que ver con aspiraciones básicas y que son portadoras de más dignidad que la simple satisfacción de su expresión en forma de necesidades. Sin comprender que, tras algunos anhelos cotidianos, hay más política trasformadora y progresista que detrás de muchos planes estructurales. En las cuales solo la biopolítica centrada en atender –y comprender– desde las emociones hasta las necesidades inmateriales e intangibles de las personas es capaz de generar una ilusión personal y colectiva, porque entiende lo vital como la primera realidad. En un mundo complejo, diverso, y paradójico en ocasiones, que nos enfrenta a preguntas cuyas respuestas no siempre son rápidas, sencillas o cómodas; y en el que a pesar de que aceleremos los procesos, determinados aprendizajes requieren tiempos largos de maduración. Porque el adquirir experiencia, necesita de la acumulación y el desarrollo de nuevas habilidades, lo que nos obliga a salir de nuestras zonas de confort y permite observar la realidad con una mayor dosis de rigor.

Sociedades meritocráticas que no reducen el porcentaje de pobreza, al erosionar las bases democráticas de la convivencia, cuya definición más simple es la organización de las decisiones colectivas en torno al principio de igualdad. Principio en el que deben participar tanto los talentosos como los más desaventajados, los esforzados y los flojos, los aptos y los ineptos. Puesto que en general,"las universidades elitistas reclutan más estudiantes del 1% superior de la distribución del ingreso que del 60% inferior, convirtiendo la educación en una fortaleza del privilegio. Estando, por lo tanto, en estas instituciones, las clases bajas pensadas para aquellos que tienen peores habilidades". Meritocracia que ha causado un gran daño, puesto que afecta a la manera en que las sociedades se organizan a la hora de enfrentarse a la desigualdad, y al adoptar políticas que garanticen la igualdad de oportunidades entre los más y los menos favorecidos.

No siendo tampoco la democracia, por definición, solo un “gobierno de los mejores", en la que el mérito es solo una entre muchas formas de decidir quién merece qué. Advirtiendo que, si ya es penoso ser un perdedor por mala suerte, o por cosas del destino, peor es serlo porque no se le reconozca mérito alguno. Y cuya gran pregunta, respecto a qué tan conveniente y qué tan justo resulta la igualdad como principio para distribuir premios y castigos, aún está lejos de estar zanjada tanto en la academia como en la política, ya que el mérito es socialmente construido y depende de las necesidades de las instituciones que lo definen.

En una noción de justicia subyacente que pone el acento en la racionalidad económica, más que en la igualdad o la necesidad. Y en una lógica del retorno de la inversión, que favorece a quienes son considerados más aptos, o a quienes se les atribuye mayor potencial. .... “Es, por supuesto, bueno que el dinero fluya hacia el talento, más que hacia las conexiones, o hacia el clientelismo, y que la gente invierta en la educación de sus hijos. Pero los astutos ricos se están convirtiendo en una élite atrincherada, que maquilla algo tan antiguo como el favoritismo, instrumentalizando herramientas que generan estructuras de poder oculto. Este fenómeno –llamémosle la paradoja de la meritocracia virtuosa– socava la igualdad de oportunidades, al no existir en el mundo una meritocracia realmente sustentable". The Economist. 

Referencias

Michael Sandel, profesor de Filosofía Política en la Universidad de Harvard, libro La tiranía del mérito: ¿Qué ha sido del bien común?

Banco Interamericano de Desarrollo (BID), estudio ¿Por qué no se imponen impuestos a los más ricos?

Michael Young (1915-2002), obra satírica —distopía— publicada en 1958 con el título The rise of meritocracy.

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