La pandemia de la leche

Un curioso cuento para leer en estos días de aislamiento

Por: Edward Torres Ruidiaz
mayo 04, 2020
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2Orillas.
La pandemia de la leche
Foto: PxFuel

En tiempos de mi bisabuelo, el sabanero municipio de El Paso sufrió los rigores de una pandemia de leche. En aquel entonces algunos atribuyeron el fenómeno al clima y otros tantos a un trastoque del ciclo lunar. En todo caso, las ubres de las hembras de todas las especies se hincharon, de un modo tan sobrenatural, que las vacas desesperadas restregaban la rasquiña de sus tetas contra los árboles y todos vieron a las manatíes abandonar el río a plena luz del día para disputarse a los cerdos, que ya no daban abasto para mamarlas a todas.

Mi bisabuelo poseía tantas reses que estas tardaban un día entero pasando del corral a los pastizales, de modo que las que apenas salían a comer se tropezaban con la romería de las que ya regresaban a dormir y el pasto apenas si tenía tiempo de volver a retoñar. Así que solo un hombre como él, acostumbrado a regatearle cinco centavos a una pobre vendedora de bollo limpio, no vio en la crisis como el resto de gente una jugarreta del diablo sino una nueva manera de llenar sus tinajas de plata. A partir de aquel momento no se le vio descansar un minuto al frente de las tres jornadas de ordeño que estableció a madrugada, mediodía y tarde y que los peones vaciaban en dos piscinas de tamaño olímpico que mandó construir. La idea era no tener que botar ni una gota de leche al río Ariguaní porque Dios castigaba con rigor esos malos actos y, a pesar de todo, mi bisabuelo, como todos los paseros, era persona muy creyente.

La gente no sabía qué hacer con tanta leche y por ello las corpulentas amasadoras de queso del vecino corregimiento de Arjona tuvieron que apelar a todos sus recursos para poder cuajar las trescientas treinta cantinas de leche que ahora le llegaban a cada una tres veces por día procedentes de los pródigos corrales de El Paso. Así que mientras amasaban una pelota de queso con las manos, amasaban otra con los pies. Muertas de risa se sumergían a cualquier hora en las poncheras de leche a retozar en la abundancia, amasando por placer y no por negocio. Al principio los calambres inmovilizaron a algunas pero se volvieron diestras y, aún después del cataclismo que acabó con la bonanza, muchas siguieron utilizando los pies para las labores más cotidianas como tejer, medir la sal de la sopa y hasta iniciar los preámbulos del amor. Por ello fue que el queso nunca tuvo mejor sabor y aquel aumento en la productividad de las amasadoras de Arjona fue la que terminó llevando a la quiebra a las opulentas queseras barranquilleras, porque una libra de queso Arjonero puesto en la mesa llegó a costar menos que un huevo crudo.

El tren de la tarde partía taqueado de queso hasta el techo, impregnando con su humor salado el aire respirado por los bananales desparramados a lado y lado de la vía férrea. Fue esa la verdadera causa de que desde entonces el banano caribe se impusiera en el mundo por su sabor. “¡Es como comer guineo con queso!”, exclamaba en su español trabajoso el gringo Mr. Herbert, mientras contaba sus bultos de plata en el puerto de Santa Marta.

Fue entonces cuando decidió mi bisabuelo salirle adelante al negocio del suero. Hasta entonces la fermentación se hacía en diminutos cocos de totumo perforado y tan solo para el consumo doméstico. Así que el hombre tomó aquel principio natural y lo amplificó, aplicando a su disposición de genio la confianza de buen jugador ganada en sus buenos negocios. Total, que una mañana el pueblo se despertó frente a una torre de madera, tan alta que desde su pico podían vislumbrarse en las tardes despejadas el reguero de islas de la ciénaga, con un orificio único en el techo por el cual, ante una orden de mi bisabuelo, comenzaron a rellenar los peones de la finca con baldados de leche: treinta mil cuatrocientos setenta y tres contabilizó mi bisabuelo, los cuales a cálculo de buen empresario debían rendir sesenta y ocho mil cuatrocientos galones de suero espeso y, más o menos, veintidós mil de suero blanco para desperdicio. No obstante tan prodigioso invento fue el causante del primer dolor de cabeza porque en la inauguración del primer embarque de suero, el cual se logró colocar en el exigente mercado francés, el peso de la carga desquició las tirantas de madera de la vía férrea, todavía verdes, y, uno por uno cual caminito de dominó, los veinticinco vagones impermeabilizados y esterilizados regaron su carga de veinte mil galones de suero en el cruce de la única calle de entrada al pueblo. El tractor que valientemente intentó desenterrar al tren terminó atollado y su motorista estuvo a punto de perecer ahogado en el barrial de suero que como hambrienta arena movediza devoró todo lo que encontró en su camino, incluyendo la bendita torre. Por ello los franceses aún continúan desconociendo las bondades gastronómicas del suero y El Paso terminó bloqueado por su propia bonanza de leche.

Las mujeres al principio pasaron desapercibidas dentro de la crisis. Simplemente agradecieron al cielo el novedoso prodigio y doblaron el turno de amamantar a sus niños. Pero cuando los senos empezaron a doler tuvieron que organizar sus propias jornadas de ordeño y acumular los sobrantes en la nevera. Ahora no solo los bebés comían de ellas sino toda la familia; el café con leche del desayuno tenía ahora un leve sabor a calostre y los jugos se espesaron cual malteada tropical. La necesidad hizo nacer en aquel momento una nueva profesión: los mamadores profesionales. Eran muchachos de lengua succionadora y estómago insaciable que por pocos pesos aliviaban al instante las presiones lácteas de cualquier seno adolorido. La nueva situación se prestó para despertar suspicacias entre los maridos celosos y más de una doña adúltera aprovechó la ocasión para alojar bajo el disfraz de “mamador exclusivo” a algún amante furtivo.

Eliseo Campo, alcalde de entonces, cuyo prestigio electoral lo respaldaba el acto de haber decomisado las vacas de su propia madre por pastar sin permiso en la vía pública, intentó administrar con sus recursos de parranda, el que ya era un problema público. Primero hizo preparar un pañete de cemento en base de leche para decorar la fachada del Palacio Municipal y expidió un decreto que obligaba hacer lo mismo con todas las casas del pueblo. “¡Seremos la ciudad blanca del mundo!", sentenció admirando orgulloso su obra. Luego ordenó vaciar el agua de los tanques del acueducto y llenarlos de leche. “Lecheducto Municipal" rezaba el nuevo letrero. Al principio costó trabajo acostumbrarse a las duchas de leche y los efectos diarreicos superaron la capacidad del alcantarillado local, pero a la semana los estómagos recobraron su dureza, las pieles más ancianas retozaban recién nacidas y los organismos se volvieron fuertes como el roble. Los virus más temerarios, como el de la gripe europea, fueron erradicados hasta de la memoria de cualquier habitante de El Paso. Tanto que ahora los médicos pasaban las tardes jugando dominó sobre la mesa de operaciones sin nada más que hacer mientras las vacas devoraban el terciopelo rojo de las cortinas de la sala de espera.

Como tercera medida, la alcaldía inauguró los primeros “Campeonatos Lácteos de la Sabana”, donde las mujeres de tetas más prodigiosas abrieron sus grifos, animadas por los gritos alborozados de los concurrentes ante cuyos ojos atónitos se derramaban poncheras y más poncheras de leche. Era una buena manera de distraer el problema y a la vez generar recursos ya que las competencias arrastraban toda una parafernalia de apostadores, jugadores de bolita y vendedores de fritanga que le generaban jugosos impuestos al fisco municipal.

Fue en aquel momento cuando mi visionario bisabuelo se dio a la tarea de convertir en polvo la leche de mujer para su exportación y así las mujeres paseras fueran reconocidas en el ámbito internacional como los pezones del mundo. “¡El mercado nos lo garantiza la peste del hambre que azota a España!” fue la frase que terminó de convencer al gerente de la Caja Agraria para otorgarle a mi bisabuelo el segundo préstamo en menos de un mes.

Pero tan noble intención fue despedazada por una mala combinación de químicos que elevó por los aires el laboratorio junto con otras tres cuartas partes del pueblo. Ochenta mil toneladas de leche en proceso de cuajado se elevaron por los cielos en una explosión de apocalipsis y un hongo atómico se asentó sobre el área del pueblo sumiéndolo en una larga noche que duró dos meses y enloqueció los relojes biológicos de las gallinas. Comenzó a caer una continua lluvia de copos blancos que sabían a yogurt, que poblaciones vecinas llegaron a confundir con el maná bíblico, el manjar que cae del cielo, el fin del trabajo con que tardíamente Dios recompensaba a su sufrido pueblo. Incluso, se supo que en el vecino caserío de Sempegua, los hombres botaron a la ciénaga azadones, atarrayas y pilones con la creencia de que ya no había que trabajar más porque ahora solo era echarse en una hamaca y esperar porque Dios estaba mandando la comida del cielo. Una horda de pisingos migratorios equivocó el rumbo del norte, despistados por los meteoritos de nata que tres meses después aún flotaban en la atmósfera.

Hasta ahí conozco la historia y conocí El Paso en mis últimas vacaciones de la universidad. La ruta fue abandonada por las flotas que ahora desvían por la nueva carretera troncal y tuve que lanzarme con mi morral al hombro de la chiva en marcha, cuyo conductor no recordaba haber trasladado a un ser viviente hasta allí hacía tiempo. “Los paracos hicieron ir a todo el mundo”, me explicó.

Mi caída fue acallada por el alboroto de las gallinas colgadas bocabajo en la parrilla del vehículo. Así que caminé dos horas llevado por la carrilera cuyos goznes están soldados por el abandono del tren. En la estación los vagones volteados les sirven de dormidero a la plaga de burros nómadas y, efectivamente, a la entrada de la única calle yacía el tractor momificado por el óxido de la sal. Del montículo de harina le sobresalen una llanta trasera y el timón sobre el cual unos niños juegan a la nave espacial. Las casas están pintadas de colores y el pueblo mismo parece una pintura suspendida en el paisaje. A las nueve de la mañana, cuando la humedad del calor traspasa la ropa, no hay asomo de actividad distinta al pregón de las vendedoras de bastimento.

Distinguí la casa de mi bisabuelo por el buen gusto de su arquitectura republicana, así que aceleré el paso al acercarme a ella. Las traviesas de los corrales están surcadas por caminitos de comején y el último cagajón adquirió hace tiempo la dureza fósil de la piedra. Las piscinas en las que mi bisabuelo tomaba sus baños matinales de leche están forradas por una nata verde por la cual se asoma de vez en cuando la trompa curiosa de una babilla. Por las grietas del piso de la casa se alcanza a escuchar claramente la labor eficiente del bejuco desquiciando los cimientos de la casa y en la única habitación, donde dormían todos, aún flota el olor a medicina de los libros que tratan de ignorar el paso del tiempo dentro de los baúles. A pesar del abandono, en medio del sancocho de ruinas flota un ambiente de actividad misteriosa, como si al huir todos, se hubiesen ido antes de tiempo dejando el último día a medio terminar. Y allí, donde alguna vez estuvo la mesa del comedor, ahí estaba el cascarón de la última vaca que no alcanzó a salir corriendo antes de que llegara la peste.

* Cuento incluido en la colección ganadora del concurso Escribe Caribe 2009.

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