El sentido de las palabras depende de quién las use. En Colombia, la "democracia" parece reducirse a elegir siempre entre los mismos apellidos y partidos

Existe una lucha constante por apoderarnos de las palabras cuyos significados nos resultan favorables, y pretendemos deshacernos de aquellas que ponen en duda nuestras afirmaciones. En muchos casos, incluso las palabras que consideramos de significado igual para la mayoría son tomadas en sentidos distintos. Todo depende de quién las use y de las circunstancias en que se expongan.

La palabra “democracia”, por ejemplo, alude a la participación ciudadana, pero pocas veces se aclara por qué casi siempre son los integrantes de unas mismas familias los que se alternan el poder. Quizás otro sentido de este término sea elegir solo a los parientes, amigos o socios de los que ya han gobernado.

La democracia también es otra cosa si la libertad se admite solo como la ausencia aparente de coacción, sin considerar que el control de los medios informativos de mayor cobertura incide en el proceder de los ciudadanos. En esos espacios, se reduce al mínimo la posibilidad de exponer versiones diversas, sobre todo cuando se sabe que esos mismos medios pertenecen a los más poderosos grupos económicos.

El engranaje de los peces clonados

Ante ese panorama, el beneficio ciudadano queda disminuido solo para garantizarle la subsistencia y permitir que se reanude el mismo engranaje socioeconómico. Es una “democracia” en que se reiteran las oportunidades para que, de un mismo estanque, se saque todas las veces un pez de la misma especie y del mismo tamaño, sin que importe su nombre.

La falta de un criterio político elemental y una instrucción indigente impiden elegir con juicio a un gobernante. La libertad no es solo dirigirse a un puesto de votación; es la posibilidad de elegir a partir de un criterio propio, amplio, ilustrado y autónomo, sin que el engaño, el fanatismo o la necesidad sean los empujadores rígidos de tales decisiones.

El riesgo de creer la mentira

Muchos comportamientos están inducidos por palabras que evocan efectos emocionales diferenciados. Ello se debe a que su sentido inicial ha sido tergiversado de manera continua en discursos programados. Aludiendo a la democracia y acomodándola a intereses particulares, se gestan falacias que en la práctica son mentiras.

Incluso se usan expresiones como “de verdad” o “en realidad” para descartar cualquier otra perspectiva. El riesgo inmenso no es la mentira propagada; el riesgo es que la creen. Nadie se equivoca tanto como aquel que se aprisiona en la propia celda de sus ideas, acompañado de la ignorancia y la soberbia.

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Si un elector encuentra al frente a varios peces clonados para escoger uno, de esos mismos que se han exhibido desde hace dos siglos, la libertad será solo una ensoñación y la democracia un cuento de hadas con un final que repite la desdicha.

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