¿La ofensa como derecho?

“Creo que la única restricción clave a la libertad de expresión que necesitamos es la relativa a la incitación a la violencia"

Por: Andrés Arredondo R
marzo 02, 2017
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¿La ofensa como derecho?

Las sociedades liberales y de cuño moderno de nuestros días se encuentran abrumadas por el reto que supone asumir su propia doctrina sobre las libertades públicas. Parecen dudar entre volver a modelos abiertamente racistas y restrictivos o apostarle a una libertad llena de salvedades y notas al pié.  Esa dicotomía tal vez sea el testimonio de un proyecto de modernidad social frustrado, debido en buena medida a la excesiva confianza del mundo occidental en sus propias bondades y a la poca importancia que le ha prestado a las consecuencias de un odio que sembró en el mundo de su periferia, en el que se acostumbró a ver solo materias primas, brazos baratos y mercados potenciales.

Afirma Flemming Rose en El País de España, en un artículo titulado El derecho a la ofensa: “Creo que la única restricción clave a la libertad de expresión que necesitamos es la relativa a la incitación a la violencia. Aparte de eso, la gente debería ser libre de expresar lo que piensa.” Quizá sea la frase que resume mejor ese texto, pero por diversas razones, no todas en favor de ese argumento. En primer lugar el artículo propone “superar” la discusión heredada por los liberales y contractualistas sobre la libertad y enfocarla a la realidad que ese mismo liberalismo ayudó a forjar en la actualidad caracterizada por sociedades altamente diversas y heterogéneas. Cabe anotar que el espíritu del capital-liberal no buscó deliberadamente que las sociedades fueran más diversas, sino que esto parece ser un subproducto no del todo deseado de la expansión capitalista y su avidez de mercados y fuerzas productivas. Para ejemplificarlo: a Trump le encanta la fuerza laboral barata, pero detesta al migrante. En esta aparente paradoja es difícil que prospere la idea del respeto a la diferencia, a la libertad personal y mucho menos una presunta “tolerancia” frente a la ofensa, pues ésta no se enuncia desde una postura que facilite la construcción de ciudadanías sino en el de la exclusión y el odio hacia el otro.

Abogar por ser menos quisquillosos con los que nos ofenden (“perdonar las ofensas” como dicta el decálogo religioso) es tremendamente ilusurio y peligroso si no estoy dispuesto a calibrar la simetría social desde donde es emitida la ofensa y valorar hacia donde se dirige, porque ese hecho puede validar a un ofensor populista, poderoso, demagogo (Trump, Hitler, Trujillo, etc.), frente a una víctima aislada, estigmatizada y perseguida (mexicanos, musulmanes, negros, gays, etc.), dependiendo siempre del contexto social y político al que se refiera.

Aceptemos la invitación al torneo de ofensas pero en igualdad de condiciones, de lo contrario sería un suicidio por parte del “débil”. Habría que recordar en este punto al maestro Carlos Gaviria Díaz cuando señalaba que “en la democracia todos somos iguales, el problema es que hay unos más iguales que otros.”

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