La nueva Colombia

“Pocas cosas se pueden elegir en la vida y pocas elecciones afectan nuestra vida como las que se suceden en la política”

Por: David Camilo Manrique Galindo
Julio 26, 2017
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La nueva Colombia

“Es cosa de locos hacer siempre lo mismo esperando resultados diferentes” —atribuida a Albert Einstein.

¡Salve, compatriotas, paisanos, colombianos, o más bien nuevos colombianos; tengo el honor de llevar a sus oídos, las nuevas de ayer mismo: para consuelo de los que no le veían pies ni cabeza, Colombia, nuestra patria coja, ha renacido!

Parece mentira (a mí también me lo parecía); pero después de meter el dedo en la llaga, como el santo, en lo horado se puede poner la semilla de nuestro espíritu. No se diría que esta Colombia que nos ocupa difiere mucho de la Colombia que nunca supimos ocupar, pero es tan drástico su cambio que hasta podría llamarse “Gran Colombia”, pues, amén de lo cerca que ahora nos tocan las problemáticas venezolanas, su Congreso se ha instalado sin un te deum; sería un verdadero milagro si tras cumplir un año no nos pide jurar en vano, o sea en el nombre de Dios, sino sobre la cabeza de nuestros hijos; tengo fe de que no habrá lugar para ninguna estrofa del himno en la cabeza de nuestros nietos.

Sin embargo, más allá de la grandeza que hay en corregir el carácter confesional de algunos actos cívicos. Resulta sorprendente ver cómo una pequeña parte de esta Colombia, en la cual siempre se han juntado los extremos, insiste en atribuir las bondades de una capitulación a lo que es un simple armisticio; no se puede explicar de otra forma que alguien espere que los autoproclamados “hijos del pueblo” comiencen su vida política reconociendo la inveterada pedofilia que ha mantenido viva su doctrina, y lo rentable que es, en todas sus formas, el latrocinio. En todo caso, el silencio de algunos fusiles no hará que los colombianos olviden lo que todo el mundo sabe al derecho y al revés: que el marxismo, con armas o sin ellas (a la vista), es otra religión.

Por otra parte, este renacimiento, o, si se quiere, despertar, nos brinda una oportunidad inmejorable para ver en dónde nos ha cogido la noche y reconocer, como Rembrandt, la ronda de la que hacemos parte: para distinguir al ubérrimo Moe, que, tomándonos por una mula retrechera, nos surte de bofetadas cada vez que lo echamos de para atrás por mirar hacia delante; al santísimo Larry, que, en su afán de no llegarle tarde a la posteridad, nos jala las orejas cada vez que miramos hacia atrás; y a nosotros mismos, el pueblo, la gran masa, un Curly que se rasca la barba que no tiene y mira todo de soslayo, en vista de que no sabe qué pensar.

Porque en verdad es difícil encontrar algo de claridad en medio de tanta oscuridad: el maullido incesante de los gatos pardos no nos deja meditar; además, no hemos acabado de digerir esta soporífera paz: la sopa no nos ha sentado mal, más los sapos que habían en ella nos han puesto a croar de más. Empero, estamos en una nueva Colombia: con suerte, quizá los nuevos colombianos no lo pensarán más y, para no perder la costumbre de la novedad, empezarán a votar políticas en vez de políticos; a elegir ediles, concejales, alcaldes, gobernadores, senadores y presidentes, antes que eternos candidatos, cuyos actos jamás dejan de ser una promesa.

Ciertamente, hay que ser optimista; pero como dice el dicho: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Golpeando día tras día, mes tras mes y año tras año, pues la indiferencia tampoco tendrá asiento en esta ni en ninguna Colombia. Pocas cosas se pueden elegir en la vida y pocas elecciones afectan nuestra vida como las que se suceden en la política: nuestros ideales deben salir de nuestras mesas e instalarse en un escaño; ya sea por boca de otro o por cuenta propia (no se necesitan más contactos que los de una red social), es preciso que en la nueva Colombia se repita sin cesar: “¡Esta es la mentira que quiero hacer una verdad!”.

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