La necesidad de matar para callarnos

"Han hecho que se escuche el sin sentido de la sentencia que llega a retumbar nuestros oídos y perturba nuestras conciencias que no reconocen tal desatino"

Por: Pedro Nel Alzate Velásquez
febrero 04, 2020
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La necesidad de matar para callarnos
Foto: Pixabay

Matar para acallar: tal parece que esta es la consigna e intención. Así de fácil se pronuncia y, según parece, así de fácil se realiza. Dictamen tan trillado que se reproduce cual eslogan falto de cualquier sentido y, por lo mismo, con tan amplio alcance. Su aguda radiación está en el fácil pronunciamiento y la fácil efectuación que se le ha otorgado, está en su adquirida ligereza. Este mensaje es por todos captado tan fácilmente (debido a su “clara” y liviana declaración), que lo que dice no se asume sino como una eventualidad más, como algo que ocurre porque así son las cosas, sin que sea necesario prestar atención a esas pocas palabras que él implica y sin que provoque intención alguna de encontrarle el sentido que, quizás, se halle en ellas mismas. No le prestamos atención a lo que estas palabras dicen. Es decir, son palabras cuyo surgimiento es propio del rumor indiscreto, del chisme, de la habladuría —carentes de importancia— que no merecen ninguna averiguación ni se les presta más que el provecho necesario para mantener una conversación y mitigar el tedio de la jornada; son, pues, palabras a las que apenas “paramos oreja” y nada más que eso; palabras en las cuales no nos detenemos para atenderlas cuando se dicen, porque no son dichas para ello.

De esta facilidad de decirlas resulta la facilidad de aceptarlas y, luego, de intentar convertirlas en el acto, presumiblemente fácil y cotidiano, que ellas pronuncian. Son palabras de una terquedad tan cínica —como letal— que no saben (aunque creen saberlo) lo que dicen ni, mucho menos, lo que provocan; puesto que esa misma facilidad que tienen les impide ir más allá de esa inmediata pronunciación, no les permite llenarse de un sentido que les pese, que las agrave, que las cargue de importancia y, como consecuencia, que imposibilite tomarlas a la ligera; en suma, que dificulte decirlas, como difícil es ejecutarlas.

Ahora bien, si son palabras pronunciadas en la ligereza de lo cotidiano, si no son dichas para atenderlas (mucho menos para entenderlas), ¿por qué hacerlo ahora? ¿Acaso adquirieron el sentido que antes no tenían? ¿Dicho sentido —de haberlo— lo expresan tales palabras? ¿Acaso ya tiene algún mérito decir “matar para acallar”?

Aquí ocurre algo paradójico y es justamente eso lo que capta la atención. Ocurre que el acto que dicho pronunciamiento quiere promulgar no es posible, por más que se intente; matar para acallar es algo imposible de ejecutarse, aun cuando las ejecuciones nunca cesen. No es descabellado pensar que, después de matar a alguien, éste ya no hablará y, entonces, tal sentencia se muestra efectiva. No obstante, esa efectividad no resulta ser justamente la que se esperaba con dicha acción y dicho pronunciamiento; sino que el efecto que se produce es de otro tipo, a saber: el de prestar atención después de que no hay nadie quien diga algo, atender a esa falta de palabras tan cotidianas que nos mantenían al margen de lo que ellas mismas decían, aguzar los oídos a lo que ya no se está diciendo y a ese mismo debilitamiento de voz, tener que ocuparse de lo que antes no merecía nuestro cuidado, dado que siempre había mejores cosas por hacer, en las cuales concentrarse y por las que preocuparse, más allá de las habladurías carentes de importancia.

Ahora nos encontramos en un lugar que pierde las voces de su cotidiano ir y venir, que se debilitan en un estertor que algunos quieren que sea inaudible, pero cuya intensidad retumba en la indiferencia de quienes no soportan escuchar. Estamos casi sin palabras en un lugar que insiste en callar, incluso a costa de la vida, y que sólo logra, a su pesar, que prestemos nuestra atención después de que no nos preocupábamos en hacerlo. Ahora escuchamos, más allá del balbuceo, del murmullo, del cuchicheo tan habitual y despreocupado —y por el cual no nos preocupábamos—, una única declaración: matar para acallar. Declaración que, por el sólo hecho de ser escuchada con más nitidez, no adquiere sentido, pero sí resuena y no deja de hacerlo. La escuchamos y, sobre todo, la atendemos, es decir, pese a surgir como una murmuración y no dejar de serlo, nos llega con más facilidad a falta de otras voces que la integraban al ir y venir de lo habitual.

Esto es el resultado de un cinismo y una terquedad que no sabían ni saben de sus consecuencias. Es demasiado optimista que, con el ruido ahora tan intenso de tal declaración, esta no haga bulla en rededor. Y llega al absurdo suponer que esta bulla no chirríe, incluso en lugares tan inesperados como nuestros oídos. Si (me) mandas a callar, ¿acaso quieres que (se) escuche?

Uno hubiera esperado que dicha intención de callar hubiera sido para evitar que se escuchara la gravedad e importancia que, quizás, tenían las palabras de aquellos que fueron silenciados. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que han hecho que se escuche el sin sentido de tal sentencia que llega a y retumba nuestros oídos, y, algunas veces, perturba nuestras conciencias que no reconocen tal desatino. No han querido llamar la atención, pero han llamado y atendimos.

¿Matar para acallar? ¿Acaso es necesario cuando no se sabe hablar o cuando, al hablar, nadie escucha? ¿Es preciso cuando —por absurdo que sea—, gracias a tal acto, lo que se logra es que atendamos y queramos escuchar?

“La desaparición. Un lenguaje sin espacio”. En Tábano, No. 10, 2014, p. 121.

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