Opinión

La necesidad de la universidad rural

Por:
enero 04, 2016
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Retomo el tema de la columna anterior.

Posconflicto significa, ante todo, cambio: si bien los pactos de paz suponen una intención expresa de las partes en conflicto en torno a un compromiso de no recurrir a la violencia (cambio de voluntades), también incorporan explícitamente una serie de acuerdos para transformar la realidad de tal manera que se reconozcan y se eliminen las causas profundas de los conflictos (cambio de estructuras).

Es por esto que repensar y replantear las estructuras de la propiedad sobre la tierra y —en general— los complejos nudos políticos y sociales del mundo rural es una tarea de tan fundamental importancia para superar el conflicto armado colombiano. De nuevo, profesor Robinson, lo que está ocurriendo en La Habana no se trata principalmente de modernización (la creación de un juego generador de riqueza), sino primordialmente de construcción de paz (la creación de un juego generador de orden social).

En este sentido, los procesos de construcción de paz que — fírmense y refréndese, o no, los acuerdos con las guerrillas—debemos afianzar y promover en las regiones requieren los tres elementos esenciales del cambio social: memoria, conocimiento e imaginación.

Ya es hora de dejar de pensar en el campo y la ciudad como dos compartimentos estancos que no se tocan: tan solo pensemos, cuando estemos frente a nuestro próximo plato de comida —y para volver a nuestros experimentos mentales—  en el origen de los alimentos. Lo más importante para cualquier ser vivo es el alimento; estamos hechos de lo que comemos, es nuestra única fuente de energía y requerimos buena alimentación para vivir saludablemente.

Nuestro plato de comida representa la interface campo-ciudad; quizás deberíamos reconocer que la pobreza, la desigualdad y los conflictos sobre la tierra y los territorios humanos de nuestra aparentemente lejana ruralidad están mucho más que presentes, aunque trágicamente olvidados, en nuestra mesa cotidiana.

Y es precisamente en esa interface campo-ciudad donde pueden, y deben, comenzar a coexistir las claves de un posconflicto que se plantee como un verdadero cambio social impulsado por la memoria, la imaginación y el conocimiento: la ciudadanía y la academia. Aunque tanto la ciudadanía como la academia han sido históricamente productos y motores del mundo urbano, la ciudadanía rural y la academia rural pueden ser las semillas y los frutos del renacer del campo.

La universidad rural es el nodo pendiente para la constitución de una red de diálogos de saberes que permita recuperar las memorias de conocimientos tradicionales medioambientales, agropecuarios y alimenticios que han sido minadas por la guerra, para recombinarlas con conocimientos y tecnologías de punta (biotecnología, permacultura, sistemas de autogobierno policéntricos).

La universidad rural es un espacio necesario de conexión del mundo rural con la investigación de vanguardia y de la investigación de vanguardia con el conocimiento ancestral. Es un ámbito requerido para la construcción de una ciudadanía pacífica e imaginativa, tanto en las ciudades como en el campo; para fomentar la imaginación y la creatividad cultural e institucional a partir dela conexión de las ciencias sociales con las formas organizativas y culturales que han evolucionado en los territorios de luchas y resistencia; y para conectar la filosofía, el arte, la historia, la literatura y las humanidades con la oralidad declamada, cantada y bailada que habita en las montañas, las selvas y los valles.

Es el momento de conectar la interface campo-ciudad para constituir mercados de ideas, de políticas y de productos sobre los cuales todos, como ciudadanos urbanos y rurales, podamos ejercer con libertad nuestras decisiones alimenticias, entre muchas otras decisiones éticas y políticas fundamentales, más allá de los desgastados y nocivos modelos agroindustriales y de las imposiciones de la gran industria de alimentos. Estructuras éstas, finalmente, que sufrimos todos tanto en nuestros platos de comida tóxica y artificial, como en nuestras constantes visitas al tenebroso sistema de salud colombiano, como en el ruido de los fusiles que queremos, y vamos a, silenciar.

Publicada el: 16 feb de 2015

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