Doña Cecilia Castillo de Robledo, la mujer que logró cerrar la cárcel de la Gorgona y salvar la isla

El impacto de la realidad infernal de 200 presos hundidos en la manigua le despertó una tenacidad imparable, la misma que mueve a su hijo Jorge Enrique Robledo

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diciembre 11, 2022
Doña Cecilia Castillo de Robledo, la mujer que logró cerrar la cárcel de la Gorgona y salvar la isla

En el 2004 Álvaro Uribe Vélez tenía más del 70 por ciento de popularidad. Era difícil recordar la última vez que un presidente era amado de esa forma, con esa pasión, con tanta unanimidad. Uno de los pocos colombianos que se resistían a su encanto era el senador del Polo Democrático Jorge Enrique Robledo quien, con entereza, desafiaba su poder desde el Congreso. En uno de los debates más intensos su mamá, Doña Cecilia Castillo, lo llamó

-¿Cuándo es que vas a dejar en paz al presidente?

Robledo no le contestó nada. ¿Qué tenía que decirle a la mujer que lo había convertido en lo que era? Le aceptó todo, incluso que hubiera votado por su némesis ideológica. Robledo se acostumbró a admirar a su mamá, una señora que no se parecía en nada a las otras mujeres que habían nacido en la década del veinte en Ibagué. Antes de los 16 años ya había fundado un club de jardinería, había armado un almacén de artesanías al que llamó la Chamba y, ya bien entrada en sus años se interesó por la prisión que quedaba en Gorgona y que trataba a los presos como si fueran animales a los que había que amansar a palo.

Era una artista cuando las mujeres tenían prohibido serlo. No era un crimen pero estaba mal visto. Y sin embargo, en plena década del cincuenta, Cecilia escogió, a sus 33 años, ponerse a estudiar bellas artes en la universidad del Tolima. En esa época ya era mamá de Victoria Eugenia, de Carlos Alberto, médico, y Jorge Enrique, arquitecto, profesor universitario y más tarde convertido en uno de los senadores con mejor trayectoria en la historia del Congreso.

|Vea también: Robledo cierra la puerta: adiós al Congreso

Sin embargo, un hecho, ocurrido en 1974, cambiaría su destino.

Ese año el sacerdote Noel Uribe llevó a su taller de artesanías unos objetos hechos por los reclusos de la prisión de Gorgona. Cecilia, inquieta, apenas había escuchado hablar de la prisión. Los millenials no lo entenderían pero, hasta 1985, cuando el entonces Belisario Betancourt decidió demoler la cárcel, La Gorgona era el infierno. En 1525 Diego de Almagro, conocido en la historia por ser el primer español en pisar Bolivia y Perú, la encontró en su travesía. Ubicada a 55 kilómetros de la costa de lo que se conocería siglos después como Colombia, a Almagro le sorprendió la cantidad de serpientes que habitaban sus 26 kilómetros cuadrados de jungla y volcanes. El primer nombre que se le ocurrió al conquistador fue el de Gorgona, el mito griego que evocaba a la mujer que tenía la cabeza llena de serpientes y que convertía en piedra a todo el que la mirara a los ojos.

Para los colombianos su nombre empezó a sonar a muerte en 1950

Después del 9 de abril de 1948, con la muerte de Jorge Eliecer Gaitan, la violencia se disparó en las calles del país. Las muertes y la delincuencia alimentaban sus calles. Las cárceles estaban desbordadas así que el entonces presidente, Alberto Lleras Camargo, ordenó convertir la isla del Pacifico en una cárcel.

Siguiendo el modelo de las islas cárceles como Alcatraz, la prisión se terminó de construir en 1960. Cuando Cecilia Castillo escuchó los relatos despiadados de cómo vivían los presos allí. Supo de las torturas que les practicaban los guardianes a los presos que, por lo general, morían en sus celdas picados por las más mortíferas de las serpientes. Esas no eran las únicas causas de muertes en la isla. Allí se moría de hambre, de infecciones gastrointestinales y algunos incluso se suicidaban. La depresión era una constante. Nadie los visitaba y estaban cercados por una jungla repleta de serpientes, tarántulas venenosas y un océano repleto de tiburones blancos que atacaban a todo lo que se moviera sobre sus aguas. El escape, era imposible. Se estima que 220 presos murieron en los años en las que estuvo abierta, de 1960 a 1984.

Cuando el padre Uribe terminó su relato sobre la cárcel Cecilia decidió conocerla. El destino fue su aliado, al mes de esto le llegó una invitación para ser jurado en un concurso de artesanías en Buenaventura. Entonces se embarcó hasta la isla.

Un policía tolimense la subió a un buque a las cinco de la tarde. Se llevó, según lo cuenta en su libro, tres vestidos, cinco naranjas y algunos útiles de aseo. Trabajó con ellos hombro a hombro. Atrás dejaba su posición de señora bien tolimense. Fue un apostolado y entendió que no había forma de arreglar las condiciones de los presos del penal. La única solución sería cerrarla. Habían cosas que no se podían aceptar. Una de ellas era el botellón, una tortura que describió Alejandra de Bengochea en una de sus crónica, consistía en “un embudo de cemento con un sifón en el piso en el que solo cabía el preso parado, desnudo, día y noche, al sol y al agua. Le arrojaban comida. Pero casi toda caía al piso. El sifón se tapaba y, como llovía mucho, el agua subía y sus excrementos también. Se les hinchaban los pies, les daban calambres”.

En esa época se empezó a ganar el remoquete que la haría famosa: Mamá Ceci, bien ganada por su voluntad inquebrantable de ayudar. Su cruzada duró 10 años hasta que el presidente Belisario Betancourt cerró la cárcel. En 1992, ya bajo el mandato de César Gaviria, la isla prisión se convirtió en un parque ecológico. Con el deber ya cumplido Mamá Ceci se retiró de la vida pública a escribir. Entre sus obras están libros de poemas y un libro sobre la Prisión Gorgona. Fue tan notable este trabajo que en la Antología de la Nueva Crónica Colombiana editada por Daniel Samper Pizano.

En el 2002 decidió votar por Alvaro Uribe, la némesis de su hijo el senador. Dos años después, a los 82 años dejó este mundo con legados tan importantes como el de haber terminado la tortura de presos en Gorgona y dejar a su hijo como uno de los senadores más respetables de la historia de este país.

 

 

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