La muerte ya no asusta en Popayán

La violencia sigue enquistada en los recovecos de los pueblos de la Colombia profunda, tanto así que es parte de la cotidianidad

Por: JAIR ALEXANDER DORADO ZUÑIGA
diciembre 04, 2020
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La muerte ya no asusta en Popayán
Foto: Eljuli91 - CC BY-SA 3.0

Lo del sicariato se ha vuelto un asunto cotidiano en Popayán. Una muerte violenta en la calle no genera conmoción. Es algo "normal", como también lo es la corrupción, la cultura narco, la mentira, la intolerancia y la indiferencia.

Pero no siempre fue así. La violencia era repelente y perturbadora. Una mañana cualquiera, despuntando los años 90, camino al colegio encontré un cuerpo cubierto por una sábana blanca teñida de rojo. Era un reconocido periodista que minutos antes había sido atacado a bala saliendo de su casa en el barrio Santa Inés.

Una imagen indeleble

La escena no me dejó concentrarme en clase, no me abandonó en toda la tarde e irrumpió en pesadillas durante la noche. Al día siguiente, en la misma ruta hacia el paradero de bus, la calle estaba solitaria; no había cuerpo, sábana, ni sangre. Un perro mordisqueaba un hueso en la esquina y una muchacha del servicio barría un antejardín con desgano. Pero yo volví a ver los policías, las luces de la radiopatrulla, la señora arrodillada junto al cadáver, la mancha roja extendiéndose por el asfalto crudo.

La misma calle

La imagen no me abandonó en todo aquel año. Y ahora cada vez que paso por la calle donde los vecinos han cambiado, y las fachadas tienen otros colores, recuerdo todo como si hubiera sido ayer. Tengo los detalles de la escena como una impronta indeleble: el pavimento todavía embebido de sereno, el verde de los uniformes, la nariz del cadáver destrozada, las rodillas desnudas de la mujer junto al cuerpo sin vida, su mirada, como pidiéndome una explicación…

La otra muerte

Hace poco, cerca al barrio donde vivo, con la infancia perdida entre las brumas del tiempo, fue asesinada otra persona. Hubo policías, curiosos, sábana y sangre. El crimen ocurrió en la mañana. En la tarde estaba todo impoluto; el trajín de la calle como de costumbre.

Paso dos veces al día por ese lugar, allí donde el muerto había quedado con la cabeza desmadejada y los ojos abiertos mirando a algún lugar profundo y desconocido. El recuerdo es instantáneo, inofensivo, y da paso de inmediato a otros asuntos en mi mente. La muerte ya no impone, es tan vulgar como la vida misma.

Un lugar común

Y ahí sigue la violencia, enquistada en los recovecos de pueblos y veredas en esta Colombia profunda. Con su rosario de muertos. Como un lugar común. Una presencia casi espectral, difícil de conjurar, que aparece y desaparece dejando miles de sábanas impregnadas de sangre. Y en medio de todo, la gente sale a la calle, tranquila, sin pararse a pensar mucho en lo que le espera, en lo que nos espera a todos. Seguimos vivos, ¡qué carajo! Hay días sin IVA, la Navidad está al caer. Igual hay fiesta. La vida es una fiesta, de una u otra manera y estar vivo es una enorme ventaja.

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