La muerte de un novio inolvidable: Carlos Boloña Behr

Fue ministro de Fujimori y murió solo, vilipendiado y huyendo de la justicia peruana, como lo recuerda Fanny Kertzman, quien lo conoció en el trabajo y en la intimidad

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febrero 28, 2019
La muerte de un novio inolvidable: Carlos Boloña Behr

Hoy estoy de luto. Me acabo de enterar que uno de mis ex novios trofeo falleció hace seis meses en Miami, a los sesenta y ocho años. Muy joven, considerado desde mi punto de vista -estoy en vísperas de llegar al sexto piso. Carlos Boloña Behr, exministro de hacienda de Alberto Fujimori (dos veces) murió solo, vilipendiado y huyendo de la justicia peruana.

Carlos Boloña era el equivalente peruano a Rudolf Hommes. Un economista ortodoxo, práctico, sabio, un oráculo para la opinión pública. Lo conocí en Quito (Ecuador), durante una ronda de negociaciones del extinto Pacto Andino, en 1991. Yo representaba al Ministro de Desarrollo y Juan Manuel Santos, primer ministro de comercio exterior durante el gobierno Gaviria, lideraba al equipo colombiano. Su segunda era la hoy vicepresidenta Marta Lucía Ramírez. Había funcionarios de distintas ramas del gobierno, incluyendo a Alfonsito López, entonces Ministro de Agricultura, que me hacía morir de la risa con sus comentarios morbosos sobre una tigresa rusa que negociaba por Bolivia. Si la tigresa le hubiera hablado, Alfonso habría salido corriendo al lado opuesto. Perro viejo ladra echado.

La idea era que los cinco países andinos (Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia -aclaración para millennials que no leen y no tienen pasado-) adoptaran un arancel externo común frente a terceros países no miembros del Pacto, y al mismo tiempo definieran las tarifas de dicho arancel, mientras que el comercio al interior de la zona andina gozaría de arancel cero. Colombia era partidario de fijar aranceles escalonados de acuerdo al grado de elaboración de 5, 10, 15 y 20 por ciento, como siempre nos gusta lo gradual, no las respuestas de tajo. Por eso estamos así.
Perú no tenía formado un catastro tributario, por lo que el recaudo de impuestos era muy precario como fuente de financiación para el gobierno. El fisco dependía casi enteramente del arancel de aduanas que era fijo en quince por ciento.
Los primeros dos días negoció por Perú Víctor Joy Way, el ministro de industria. Empezó a ceder ante la avanzada colombiana impulsada por Marta Lucía Ramírez, la Viceministra de Comercio Exterior. Venía dolida porque el Presidente César Gaviria no la había nombrado a ella como primera ministra del ramo.
Yo hacía parte del equipo de apoyo que no se sienta a la mesa, sino que está en tribunas detrás de los negociadores. En la mañana del tercer día me senté cerca de la cabecera del equipo peruano. A las ocho llegaron los ministros que presidían cada equipo -uno o dos por cada país-. Para mi sorpresa, del lado peruano se sentó un churro fenomenal en lugar del pobre Víctor Joy que fue enviado de regreso a Lima. Había llegado con urgencia el mismísimo Ministro de Hacienda Carlos Boloña Behr, el Ministro estrella de Fujimori. En Perú le decían bebé y tenían razón: miren la foto.
Yo no sabía en ese momento que además de ser el economista estrella de la escuela de Chicago, aquella amiga de las privatizaciones, de la tercerización, de aumentos en productividad con las máquinas, fórmula que salvó al Perú de la hiperinflación y la ruina. Cerró la emisión primaria de efectivo, devaluó la moneda, hizo lo que había que hacer para estabilizar el país. Además, en su vida privada era un excelente hombre de negocios: tenía un colegio que después se convirtió en la universidad San Ignacio de Loyola y había traído la marca de pizza Domino's al Perú, con gran éxito.

Desde que Boloña empezó a hablar se acabaron los acuerdos. El Perú no aceptaba el arancel escalonado que pretendía Colombia y proponía un arancel plano como el peruano. Ello generó una discusión entre los Ministros, que al final no llegaron al acuerdo deseado.

En esa época yo estaba rellenita. No dejaba de ser atractiva, pero me sentía gorda como en tantas épocas de mi vida. Llevaba puesto un buzo cuello tortuga pegado negro y una falda roja con cuadros escoceses bien por arriba de la rodilla, medias y botas negras. Estaba sentada con Maria Eugenia Mesa, una de los genios del arancel, y le susurré al oído “El tema es fiscal. Boloña no va a ceder. La discusión es una pérdida de tiempo, vamos a tomar un tinto”. No se si María Eugenia entendió mi razonamiento pero Boloña si lo hizo: había escuchado todo y me regaló una amplia sonrisa. Yo quedé turbada para siempre ¡Que churro! Sentí la cara caliente y de ahí en adelante nos echamos miraditas.

Al terminar la sesión Boloña se me acercó y nos pusimos a conversar afuera del recinto de la convención. Estábamos acomodados en sendas poltronas intercambiando anécdotas no recuerdo sobre qué. Eran las cuatro y media de la mañana pero yo no me quería ir, hasta que entró Marta Lucía Ramírez buscando a mi amado: “Y ustedes qué hacen aquí” exclamó extrañada “¿Fanny está negociando a mis espaldas?” de ninguna manera, estamos filosofando sobre la vida.

Nos levantamos y nos dirigimos al ascensor. Estábamos en pisos diferentes. Al llegar al tercer piso salí hacia mi habitación y el churro me siguió. Yo estaba rendida. Nos despedimos en la puerta y partió. Al día siguiente no pudimos hablar, el salió temprano hacia Lima después de haber despedazado la negociación. Bolivia recibía trato de país pobre y no tenía que cumplir las reglamentaciones. Venezuela estableció inmediatamente un impuesto único en la frontera. Solo Ecuador y Colombia quedaron con libre comercio. Perú guardó su arancel plano de 15 por ciento, mientras que en Colombia quedamos con las tarifas de 5, 10, 15 y 20 por ciento.

Eso sí, con Carlos quedamos en contacto. A los pocos meses me anunció que venía a Colombia, tenía un contrato con el Banco Mundial, igualito a Rudy. Lo recibí con honores. Yo había perdido mucho peso y estaba tan flaca como su esposa. El encanto se rompió. Después de vernos un par de veces, Boloña regresó a su país. Ya no era Ministro de Hacienda. Y en la cama, un desengaño.

Años después salió en uno de los vladivideos complotando con el temible Vladimiro Montesinos un golpe de Estado contra el sucesor de Fujimori. Además se le acusó de darle USD 15 millones a Montesinos en su huida durante la caída del régimen de Alberto Fujimori. Carlos Boloña fue condenado a cinco años de cárcel pero nunca los cumplió. Huyó a Miami donde murió solo, separado de su familia a los 68 años. Como dice la revista Caretas, Un día antes, el Poder Judicial declaró improcedente la caducidad de la reparación civil por S/ 3 millones que debía pagarle al Estado.

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