La mirada

La historia de Albertico, "El niño profeta de la muete"

Por: Juan Pablo Valderrama Pino
agosto 28, 2014
Este es un espacio de expresión libre e independiente que refleja exclusivamente los puntos de vista de los autores y no compromete el pensamiento ni la opinión de Las2orillas.
La mirada
Imagen Nota Ciudadana

La serenidad adornaba el rostro de Albertico, el niño más bizarro de su barrio, odiado por su madre desde que nació, dice ella que desde que quedó embarazada de «ese esperpento» su vida se arruinó. Su padre le temía, intentaba no estar solo con él. El infante lograba decir cosas que perturbarían hasta al asesino más frío de todos, por eso sus padres lo castigaban con golpes que se reflejaban al día siguiente en forma de hematomas.

Su mirada muerta penetraba el alma como un violador espiritual sin piedad alguna.

Nadie podía dejar de pensar en él después de verlo caminar, mucho menos después de escucharlo decir sus extraños mensajes oscuros.

La abuela de Albertico ya no veía, pasaba la gran mayoría del tiempo sentada en la entrada de la casa, con los pies sucios de barro seco, movía la boca tratando de articular palabras pero nunca decía algo concreto. Su padre, por las mañanas, vendía frutas en una carretilla por los barrios donde vive la gente más adinerada, y por las tardes se iba al mercado de Bazurto para ayudar a su hermano en el negocio de verduras. Por otro lado, su madre pasaba las tardes en el Parque Centenario, rebuscándose algunos pesos entre los hombres afanados por infidelidades instantáneas.

Albertico no estudiaba en el colegio, el poco dinero que ingresaba al hogar era gastado en alimentación, cervezas y ropas ligeramente atractivas para su madre; para el niño sólo alcanzaba para unas cuantas camisetas y pantalonetas. Usaba las mismas chancletas de hace dos años y no sabía leer porque era ciego.Todos los sábados asistía a un taller de formación para discapacitados en la sede de una fundación que quedaba a dos cuadras de su casa, allí se encontraba con los niños de otros talleres pero no interactuaba con ellos, nadie quería hablarle. Los profesores trataban con él por el simple deber educativo que era semejante a echar dinero en saco roto.

Cuando Albertico se quedaba solo en la casa (eso quiere decir siempre) –pues su abuela no podía contar como una presencia ya que era un simple murmullo que parecía desvanecerse y que nunca terminaba de irse–, aprovechaba el tiempo para hablar con Él.

Él acostumbraba a aparecerse cada tarde a la 1, justo al lado de su cama. Era su amigo, su guía. Aunque no podía verlo, hablaba con él y Él le contaba las cosas horrendas que le pasarían a todas las personas. Un día Albertico tuvo una visión. Vio a su madre desnuda en una habitación con un hombre gordo, de bigote mal afeitado, era todo un fanfarrón que ni siquiera sabía cómo era su pene, su barriga le impedía verse los pies. Su madre se subió sobre el enorme cuerpo del sujeto y empezó a moverse, pero el hombre agarró su cuello y empezó a ahorcarla. Su madre intentó golpearlo pero el desagradable hombre terminó matándola. Después de matarla se hizo sobre ella y siguió moviéndose hasta cansarse.Se vistió y se fue.

El día que Albertico tuvo esa visión más nunca volvió a ver su madre.

Después de ese suceso su padre se volvió alcohólico. No tardó en quedar ciego de un ojo. Ya no vendía frutas ni verduras, sino que se paseaba en las busetas pidiendo dinero para seguir bebiendo, tardando hasta tres y cuatro días en regresar a casa.

Al mes de la muerte de su madre, Albertico decidió salir de su casa, era tarde, los muchachos mayores estaban en la cancha fumando. Lo vieron acercarse y comenzaron gritarle burlas.

Uno de ellos se bajó de las gradas y cuando Albertico estuvo más cerca le preguntó:

- ¿Dónde está la puta? ¿Se quedó hasta tarde en el parque?

Albertico lo miró impertérrito. El muchacho no entendió.

- ¿No escuchaste? ¿Dónde está la puta para que me la chupe?

Albertico no dejó de mirarlo directo a los ojos en ningún instante. El muchacho sintió un escalofrío brutal atravesar su espina dorsal y se dispuso a reintegrarse a las gradas para seguir fumando.

- Morirás esta noche. –dijo Albertico sin apartar la vista del muchacho, quien no pudo sostenerle la mirada.

Nadie se atrevió a decir algo. La voz del niño les quitó el aliento. El muchacho se llevó el porro a la boca, tomó una bocanada de humo y se sentó nuevamente, esta vez incómodo y con miedo.

Albertico se fue corriendo y los dejó a todos con una extraña sensación de que algo podía suceder. Comenzó a pasearse por todo el barrio. Algunos vecinos le gritaban que se fuera a dormir, pero cuando el niño volteaba para verlos, los invadía un mutismo como cuando saben que están frente a una desgracia tan grande que la garganta no tiene otra opción más que cerrarse.

Otros niños que también salían tarde en la noche porque sus padres no estaban, o porque ni siquiera tenían padres, no se atrevían a estar con él, tenían un gran impulso a molestarlo y buscarle pelea, pero cuando querían acercarse les daba tanto miedo que se limitaban a arrojarle piedras para ver si lo espantaban y luego huían corriendo.

Antes de llegar a su casa escuchó gritos exagerados, alaridos, y el ruido de una muchedumbre aglomerándose. Una gran pelea se había desatado en la cancha. Unos pandilleros de otro barrio peleaban con los muchachos de la cancha porque varios de ellos habían tenido relaciones sexuales a la fuerza con las hermanas y primas de unos cuantos pandilleros. Durante la pelea cayó muerto aquel a quién Albertico le había profetizado la muerte. Uno de los compañeros del muerto se apartó de la pelea en búsqueda de Albertico para matarlo, pensaba que el niño tenía algo que ver con los pandilleros y quería vengarse.

Cuando Albertico llegó a su casa se sentó en la mecedorade su abuela, que ahora dormía. En ese momento Él apareció, sorprendiéndolo por la inusual visita, comenzó a contarle más cosas sobre las personas de su alrededor, a contarle las desgracias que les ocurrirían más adelante. El joven llegó a la casa de Albertico y lo encontró hablando solo. Con elpuñal en la mano se acercó, pero Albertico lo miró directo a los ojos sin ningún miedo a la muerte. El joven quedó paralizado, sentía que esos pequeños ojos nublados lo veían realmente, no podía creer que un niño ciego lo estuviera mirando con tal crueldad que empezó a sentir frío. Albertico se levantó de la silla sin quitarle la mirada de encima. El joven empezó a temblar, una suave corriente de líquido tibio recorría su espalda y de repente lo invadió un dolor. Albertico se acercó y el joven cayó arrodillado ante su presencia. Albertico tocó el hombro del muchacho, ensuciándose de aquel líquido, luego le mostró la mano y le dijo:

- Todos ustedes van a morir –sonrió y con la mano sucia de sangre empujó el rostro del muchacho, haciendo que éste cayera por la pequeña escalerilla hasta el andén.

El miedo empezaba a apoderarse del barrio, los vecinos llamaban a la policía, pero pasaban los minutos y no llegaban, pasaron horas y ni un solo verde se acercó. Todos optaron por encerrarse en sus casas. Los pandilleros amenazaron a la comunidad de incendiarles las viviendas si se metían en la pelea.

A la mañana siguiente la policía se encontró con una masacre en la cancha de microfútbol. Tripas regadas, piernas por un lado y brazos por otros. La comunidad protestó en contra de los uniformados que no quisieron asistir durante la pelea y los expulsaron del barrio con palos y piedras, gritando que ellos se tomarían la justicia por sus propias manos. El enfrentamiento con la policía dejó un civil muerto y seis uniformados heridos.

Apenas Albertico se levantó fue a buscar a su abuela y le susurró en el oído:

- Hoy te toca.

El pequeño tomó una maleta y guardó un poco de ropa, comió el pan que quedaba guardado en la alacena, cerró las puertas y ventanas. Preparó la casa para la muerte de su abuela, encendió las únicas dos velas que encontró y le arregló la cama. La señora no dejaba de balbucear, sus manos temblaban y lloraba sin detenerse. Se acercó al espejo aunque fuera ciega y se quedó ahí hasta el mediodía, esperando el momento.

Durante todo ese tiempo Albertico pasó encerrado en su habitación mirando la pared, recitando el pacto. Había recogido todas sus cosas. Él le había enseñado a ver sin ojos y había prometido enseñarle más cosas después de cumplir el pacto. Cuando se hizo la una de la tarde un olor desagradable surgió de la nada y la voz de Él llegó a Albertico.

- Ya es hora –dijo la voz.

Albertico fue a buscar a su abuela que seguía de pie frente al espejo. La tomó de las manos y le dijo:

- No tengas miedo, sabías que esto pasaría.

La llevó hasta la cama, la arropó con un manto oscuro y le susurró al oído. La señora expiró su último aliento y Él habló:

- Te lo agradezco, ahora seguiré contigo a dónde vayas.

Esa tarde Albertico salió de su casa para rondar por las calles.Se ocultaba en la maleza y dormía en los mangles. De vez en cuando se acercaba a las casas vecinas en la noche para pedir agua y comida, pero cuando lo atendían, alguien en la casa que le ofrecía hospitalidad, moría.

Los vecinos no sabían que hacer contra el pequeño profeta de la muerte. Con el tiempo aprendieron que si lo miraban a los ojos quedarían hechizados por un extraño miedo que los obligaría a hacer todo lo que el niño quisiera, por eso decidieron colocar espejos en las puertas de sus casas, para que Albertico se viera a sí mismo y se alejara. Desde ese entonces en los barrios muchas casas tienen espejos en las distintas puertas y advierten a los muchachos de no salir hasta muy tarde, porque Albertico prefiere los lugares silenciosos, solitarios y oscuros, esos que los muchachos de calle buscan para fumar o hacer cosas con sus amigas.

Basta con verlo a la distancia para saber que algo malo va a pasar.

(La mirada - Autor: © Juan Pablo Valderrama Pino, 2014)

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