La memoria y el manifiesto uribista

"El totalitarismo expresado por el expresidente en sus 87 'apuntaciones' pretende manipular la información oficial y asegurar la versión tergiversada"

Por: DIEGO IBARRA PIEDRAHITA
noviembre 05, 2019
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La memoria y el manifiesto uribista
Foto: Facebook @CeDemocratico

Tzvetan Todorov afirma en Los abusos de la memoria que la memoria ha sido el principal enemigo de las dictaduras del cono sur y del totalitarismo en general, de ese mismo que se presenta en algunos otros países latinoamericanos. El ejercicio social de memoria es un mecanismo de resistencia de los oprimidos, de los que no son escuchados en las versiones de la historia hegemónica que construye la institucionalidad alrededor de mitos patrióticos cargados de simbolismo y héroes a medida. La reconstrucción o reinterpretación de los eventos del pasado por aquellos que han sido tocados por los mismos es el camino que tienen para encontrar la verdad y hacer justicia para ellos o para sus seres queridos.

Se habla del campo de concentración como el lugar más expedido para el Estado de excepción, allí donde todo pasa pero nada se sabe, es la mejor descripción de la ruralidad colombiana, en nuestros campos se libra la guerra y se desconoce el los grandes centros poblacionales, en las ciudades se declara la guerra y se negocia la paz, pero es en el campo en donde se desarrolla la guerra y donde se siente con mayor fuerza la consecución de la paz. Todorov habla de cómo es la memoria la herramienta que encontraron los prisioneros de los campos para sobrevivir, informando al mundo lo que allí sucedía. En Colombia hubo extensos campos de concentración fugaces y difusos para la opinión pública, pero perdurables y dolorosos para quienes les sobrevivieron: Macayepo, El Salado, Chengue, Nueva Venecia, Mapiripán, El Aro, Ituango, San José de Apartadó, La Gabarra, el Chocó y muchos más. Territorios en donde los grupos armados controlaban, ejercían autoridad, imponían castigos, mataban durante horas, días y semanas sin mayor resistencia, pues la única ley y autoridad imperante la ejercían las armas irregulares.

Elizabeth Jelin explora la inmensidad de la memoria colectiva e individual, al igual que los esposos Assmann, mostrando cómo la memoria colectiva se compone de memorias individuales que, a través de rituales y tradiciones, pero además, de la permanente relación con el otro, construyen esos eventos vivos del pasado en el presente, aportando desde la experiencia a sus expectativas, al futuro. Es por ello que en Colombia es sumamente importante recordar que la memoria es viva, está activa, mientras que la historia es pasiva y permanece estática. Los marcos de la memoria de los que habla Ricoeur tratan de explicar cómo los eventos del pasado expresados a través de la memoria de sus protagonistas, se reinventan, se modifican en algunos casos a partir del contexto social de los individuos que los vivieron y recuerdan, pero que construyen a su vez una especie experiencia ética, sin transformarlos a la medida de sus intereses, sino tratando de dar sentido, evaluándolos y buscando una explicación de esos acontecimientos en el presente. Y es aquí donde el totalitarismo expresado por Uribe en su manifiesto de 87 puntos de extrema derecha, bajo un solideo de demócrata, pretende manipular la información oficial y asegurar la versión tergiversada, obviamente a su altura moral (bastante corta por cierto), negando la construcción de memoria y acallando las voces de las víctimas.

Y es que, para abordar la actividad de memoria y los ejercicios de reconstrucción de memoria de las víctimas, puso, por interpuesta persona, desde la presidencia, a un sujeto como Darío Acevedo en la Dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). Acevedo es reconocido por sus excompañeros y exalumnos de la Universidad Nacional, sede Medellín, como un hombre plano, sin carácter, que sopesa su debilidad personal en la arrogancia y la prepotencia, entregado a los vaivenes del poder, en el caso concreto de Antioquia, es un uribista converso. Este señor en mención desconoce el conflicto armado en Colombia, desconoce el pasado y por ende pone una estaca a la puerta que lleva a la búsqueda de la verdad a través de la memoria. Este sujeto revictimiza a quienes desde “los campos” han vivido la atrocidad de la guerra en Colombia, sin que la enorme población de este país pueda conocer esa realidad en sus verdaderas proporciones. Colombia, entre más memoria haga, entre más reconstruya su pasado a partir de las voces que cargan la calamidad de una guerra que no pidieron vivir, comenzará a caer el yugo del totalitarismo disfrazado de seguridad democrática.

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