La mayor amenaza de los exfarc, según ellos mismos: Disidencias y ELN

Detalles de la cumbre en Fusagasugá donde decenas de exguerrilleros que viven concentrados en las regiones relataron cómo viven cercados por las balas

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enero 18, 2022
La mayor amenaza de los exfarc, según ellos mismos: Disidencias y ELN

El encuentro de los peregrinos tuvo lugar en Villa María, en Fusagasugá, una residencia de aspecto religioso en la que pudimos hospedarnos centenar y medio de delegados, a los que se sumó una docena de funcionarios de la Subdirección. Dentro de los múltiples temas que preocupan a los reincorporados, el de su seguridad adquiere cada día mayor relevancia. El evento tenía por objeto realizar un profundo análisis sobre ese asunto.

A raíz del asesinato de Albeiro, líder de reincorporación en el Meta, centenares de firmantes de paz marcharon desde distintas regiones del país a la capital de la república a fines de 2020. Querían hacer visible el exterminio de que venían siendo víctimas desde la firma del Acuerdo de Paz. En su idea de hacer algo distinto a la tradicional denuncia política, bautizaron su acción como Peregrinación por la Vida y por la Paz, y decidieron hacerla permanente.

Es decir que así se denominará la sucesión de acciones que los firmantes de paz continuarán realizando en aras de obtener garantías plenas para su derecho a la vida. A muchos el nombre les sonó religioso, como si tras haber sido guerrilleros ahora se hubieran convertido en un grupo de mendicantes. Lo cierto fue que la Peregrinación obtuvo enorme solidaridad nacional e internacional, siendo recibida hasta por el Presidente Duque, quien comprometió su gobierno con una agenda encaminada a poner fin a los crímenes contra excombatientes.

El encuentro realizado en Fusagasugá el fin de semana pasado, hacía por tanto parte de la Peregrinación por la Vida y por la Paz, que sigue su marcha mientras persista la violencia desbordada y tolerada contra los firmantes de paz. A él llegaron los delegados elegidos en cada una de las grandes cinco regiones en que existen vocerías de la Peregrinación, el Caribe, Centro, Oriente, Noroccidente y Sur del país.

Las FARC fueron muy grandes y a buena parte de los asistentes no logré precisarlos en mis recuerdos. A otros en cambio los reconocí enseguida. Como a la excombatiente del Bloque Efraín Guzmán, con quien nos dimos un fuerte abrazo y conversamos con afecto unos minutos. Me comentó que estaba en Brisas, en el ETCR de Carmen del Darién, Chocó. Y que aunque los paramilitares operaban libremente en toda la región, desde un principio les habían hecho saber que no tendrían problemas con ellos, pues iban a respetar el proceso de paz. Y estaban cumpliendo.

La noche de la llegada, tras la cena, mientras me encontraba de pie a la espera de un pocillo de café en el comedor de Villa María, me saludé con otro muchacho que conocí en el ETCR de Carrizal, en Remedios, Antioquia. Nuestra conversación giró pronto al tema de seguridad. Cuando yo estuve en Carrizal, en ese espacio, hará unos tres años y medio, las autodefensas gaitanistas decretaron un paro armado en la zona, generando dificultades para el ETCR.

Mi interlocutor me contó que el mayor problema no eran ellos, sino el ELN. De hecho él había salido de Carrizal a organizar el nuevo partido en el sur de Bolívar. Allá el ELN asesinó el año pasado a Mario, un antiguo mando del Frente 37 que se había convertido en un reconocido líder social de la región. Y había amenazado de muerte a otros dos dirigentes que se vieron obligados a salir de la zona de Santa Rosa. Sus acusaciones eran absurdas.

Que estaban cobrando impuestos en la región, que le habían vendido a las mafias las antiguas rutas del narcotráfico. Imputaciones que sólo podían caber en mentes enfermizas. Lo que hacían los camaradas era política, una política que los jefes del ELN en esa y otras zonas consideran sacrílega con la revolución. Y lo peor, esa organización está gravemente descompuesta. Los golpes a sus mandos la han dejado en manos de jovencitos sin ninguna formación ideológica o política, que actúan como jefes de bandas delincuenciales, sin el menor sentido altruista o social.

En la práctica el trabajo político de los reincorporados sólo puede cumplirse en los cascos urbanos, tomando precauciones, claro. En la zona rural se ha tornado imposible. Hay campesinos que se interesan por el Acuerdo Final de Paz y que preguntan cómo pueden hacer para vincularse al programa de sustitución de cultivos de uso ilícito, para abandonar de una vez el tema de la coca. El ejercicio en ese sentido se ha vuelto peligroso pues choca con intereses de grupos armados.

Desde luego que también han aparecido disidencias de las FARC en el sur de Bolívar. Al mando de tipos que ni siquiera fueron guerrilleros. Cuando mucho milicianos. Inicialmente hubo un jefe que terminó capturado por las autoridades. Ahora se mueven otros. Y hay algo paradójico. Les han hecho saber que ellos no se oponen a que el nuevo partido haga política, pero que tienen que tener claro que no pueden decir lo mismo de los elenos.

Al fin llega la empleada que estaba preparando el café y nos brinda a cada uno un tinto caliente y delicioso. El administrador nos pregunta amablemente si está bien preparado o lo queremos de otra manera. Le agradecemos. Me comenta el muchacho que la cena le pareció poquita y que tiene hambre. Quiere saber si será posible que le vendan otra, está dispuesto a pagarla. Cuando consultamos con el administrador, se la brinda con la mayor gentileza.

A la mañana siguiente ingreso de nuevo al comedor, con el propósito de desayunar, y me encuentro entre los primeros con un viejo guerrillero santandereano a quien conocí en el Magdalena Medio hará por lo menos treinta años. Nos abrazamos con cariño y tras su invitación me siento a su lado a la mesa. También hay allí otros comensales, cuyos rostros parecen flotar en mi memoria, si bien no logro recordar dónde y cuándo los traté.

A la izquierda, a la cabecera de la mesa, hay una mujer madura, cercana a sus cincuenta años. Frente a mí hay dos hombres, el primero de aspecto indígena, bajo de estatura, con canas que pintan su cabeza. A su lado otro más joven, de barba cerrada y brazos cortos. A mi derecha se encuentra una pareja de antiguos guerrilleros, a quienes finalmente reconozco de los tiempos del Magdalena Medio. Nos saludamos todos con un movimiento de cabeza y una sonrisa.

El de aspecto indígena me pregunta cómo hacer para conseguir mis libros. Explica que están empeñados en montar una biblioteca en el espacio y que mis obras serían ideales para el tema histórico de las FARC. Le pregunto dónde están y me cuenta que en El Doncello, Caquetá. Hace parte de los desplazados recientemente del ETCR Urías Rondón, en el Yarí. Brevemente relata el modo como los fueron cercando y hostigando las disidencias.

No logran explicarse el porqué del odio desatado por ese grupo contra ellos. Lo cierto fue que les hicieron tormentosa su permanencia a un lado del que fuera alguna vez un campamento denominado Piscinas. Allí se congregaron miles de guerrilleros durante la zona de despeje, y fue casi como el cuartel general del Bloque Oriental, desde donde el Mono Jojoy dirigía todas sus unidades. Los firmantes de paz habían logrado reconstruir esa casa y diseñar un proyecto turístico.

A la vez que adelantar distintos proyectos productivos de carácter agrícola y pecuario. Todo eso lo perdieron, el trabajo de cinco años. Salieron de allí con una mano adelante y otra atrás, sin nada. Los disidentes los habían convertido en objeto de permanente saqueo. De hecho se les llevaron la maquinaria e infraestructura conseguida con largo esfuerzo. Les quemaron los autos del esquema colectivo de protección y hurtaron el armamento de los escoltas. Igual sucedió con los esquemas individuales. Los amenazaron de muerte. El día que salieron huyendo, fueron hostigados con disparos de fusil. El gobierno nacional no hizo nada por su seguridad en ese espacio.

Ahora están viviendo en carpas instaladas sobre el piso de un potrero. Les hablaron de un proyecto de construcción de viviendas en las que podrían instalarse. Pero tardaba demasiado y no tenían dónde vivir en el intervalo. Esperan que las promesas oficiales se cumplan, aunque la experiencia les enseñó a dudar. Pero están contentos con el lugar elegido. Al borde de la carretera principal, cerca de centros poblados, no en la lejanía donde se instalaron primero.

Entonces reparamos en el error de cálculo cometido por las FARC en el momento de negociar la ubicación de las zonas transitorias. Para entonces no se tenía la seguridad de que el Acuerdo Final se firmara. Podía romperse y si los guerrilleros se ubicaban en sitios de fácil acceso podían ser bombardeados y exterminados con facilidad. Por eso se pensó en lugares que permitieran una rápida y segura evacuación. Fue esa la razón para que las zonas y luego los ETCR quedaran instalados en lugares distantes de las carreteras y los pueblos, en donde todo se complicó.

Espacios de fácil acceso para los grupos armados ilegales que se mueven con absoluta libertad en los sectores rurales donde operaron antes las FARC. Lugares ha habido en donde esos grupos se han dedicado a hostigar los puestos de policía y ejército instalados en la periferia de los espacios, con el fin de prestarles seguridad a los reincorporados. Se explica por qué tantos excombatientes han preferido salir de ellos, para ir a buscar un futuro mejor con sus familias o conocidos en el campo. En un país en el que desde el partido de gobierno se les cuelgan los peores estigmas.

Recuerdo con amargura a Arnulfo, un guerrillero que conocí en el Catatumbo. Estaba en Carrizal cuando yo estuve allá. Un muchacho fuerte, sano, alegre, trabajador y dinámico, de quien leí en las noticias resultó recientemente capturado en Cúcuta, por participar como integrante de las disidencias, en diversas acciones terroristas en Norte de Santander. He escuchado decir que esas disidencias buscan excombatientes con dificultades, y les ofrecen buenas sumas de dinero a cambio de realizar diversas acciones criminales. Quizás fue eso lo que pasó con él.

Lo siento de corazón, seguramente pagará muchísimos años de prisión. Nada puede justificar lo que estaba haciendo, aunque no resulta muy difícil explicarlo. Por eso conmueve ver a centenar y medio de firmantes de paz, reunidos de modo organizado, con apoyo de la Segunda Misión de la ONU, para estudiar alternativas frente al desprecio con el que el gobierno de Duque trata la Subdirección Especializada de Seguridad y Protección adscrita a la UNP.

Esta se creó en el Acuerdo de La Habana para garantizar la vida de los excombatientes luego de su dejación de armas. Vivimos en Colombia, por tanto se preveía que muchos de ellos serían objeto de manos criminales. Son casi trescientos los asesinados hasta hoy, hay 25 desaparecidos, miles de desplazados a la fuerza e igualmente amenazados de muerte. Pero los firmantes, pese a todo, siguen empeñados en cumplir su palabra, y en lograr que el Estado les cumpla.

Por eso aseguran que su Peregrinación continúa. Esa palabra me recuerda el éxodo de los judíos desde Egipto y los cuarenta años que tardaron para llegar a la tierra prometida.

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