La madrugada en que me le empeloté a Spencer Tunick en la Plaza de Bolívar

El periodista Iván Hernández soportó el frío glacial y la vergüenza de no ser un adonis para ser parte de una obra maestra

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junio 07, 2016
La madrugada en que me le empeloté a Spencer Tunick en la Plaza de Bolívar
Foto: Colprensa

Nunca me ha dado pena mostrar mi cuerpo desnudo. Soy Iván, mido 1.85, soy blanquísimo, con los años se me ha ido parando la barriga, si algo me erotiza por supuesto tengo una gran erección, y si tengo frío o simplemente estoy concentrado como ahora escribiendo, me reviso el tamaño de mi pene y es pequeño, y  eso está bien para mí, muta mucho mi cuerpo y me siento orgulloso de él. De su estado flácido o contraído luego de finalizado un orgasmo o durante una jornada de congelamiento, o caliente, grueso, alto y fuerte si me acerco al trasero de mi pareja cuando nos abrazamos. Me gusta mucho ella, es imperfectamente perfecta como yo. Como les cuento, mostrarme empeloto se me hace algo muy bonito. No debe uno nunca renegar de lo que tiene sino, por el contrario, lucirlo con mucha gracia, con seguridad y felicidad. Que pereza andarse comparando uno con otras personas.

El empelotarme en público ya había sucedido hace siete años, fue para el lente de un cineasta llamado Miguel Urrutia,  quien junto con su novia estaban preparando una muestra fotográfica llamada Esencia. Que nombre tan a lugar, si es que siendo desnudos se nos rompen todos los prejuicios, se caen con nuestros calzoncillos. Así como este fin de semana sucedió en la Plaza de Bolívar, en ese entonces fue en el Parque Nacional y una vez me quité toda la ropa, la sensación fue increíble, vi a otras mujeres desnudas, muy hermosas, creo que si las hubiese visto vestidas me hubieran llamado sexualmente la atención. Vi a otra gente mayor, de contextura muy delgada, vi gente amarilla, blanca en diferentes tonalidades, bronceados, y éramos muy pocos. La fotografía final se tornó renacentista. Redescubrirse al desnudo es algo hermoso. Se empieza uno a dar cuenta que su cuerpo es aún mejor como es que como uno lo desea, y que ver a otras personas desnudas dista de ser algo carnal, para empezar a verse como algo natural. Me sentí tan cómodo como estando sentado al lado de unas plantas. Las veo con sus raíces, apagadas, o vivaces, o largas,  u onduladas, o con diferentes verdes y las veo perfectas, no me las imagino distintas. Así es ver un cuerpo humano desnudo al lado de otro durante un desnudo colectivo.

Spencer Tunick, ese artista inmenso, robusto, canoso y alto, conocido por ser el fotógrafo de alrededor 90 desnudos multitudinarios alrededor del mundo, hace que la experiencia sea algo épico. No puedo olvidar a esa cantidad de gente siendo feliz, no solamente por ser parte de una obra artística del legendario fotógrafo que le dará la vuelta al mundo, y cuyo resultado se podrá ver en el MAMBO – Museo de Arte Moderno de Bogotá en el mes de Diciembre. Sino por algo que repitió mucha gente al estar desnuda delante miles de personas. Ve, somos todos igualitos, decían con sincero enamoramiento,  como si hasta ahora se estuvieran descubriendo, como quien estrena una finísima muda de ropa. Y sí, la felicidad de haber roto ese miedo de estar empeloto delante de alguien por el terror a la mirada morbosa, a la risa burlona o las comparaciones incomodas, fue algo inigualable. El sentimiento interior fue muy parecido al que viví con Miguel esa mañana de hace tantos años, pero curiosamente la experiencia fue distinta al ser esta, no con 20 personas sino con miles.

Vi senos inmensos y pequeños. Pezones firmes y marchitos. Ombligos de muchas formas. Colas de muchas formas, de muchos colores, con diferentes curvaturas. Gente flácida. Pieles erizadas. Vellos públicos con mil formas. Tatuajes sobre gordos. Labios vaginales pronunciados y que estaban a la vista a través de las nalgas y entre las piernas. Penes inmensos. Gente muy joven. Gente muy vieja. Papás, novios, esposos.  Vi personas felices viéndose como si fuera por primera vez, y viendo cómo nadie los miraba raro. Nada de lo que se piense cuando se habla de un desnudo en público es cierto, ni le da tiempo a uno para percatarse de la gente ¨más bella¨, ni a nadie se le para, ni jamás se piensa en sexo. Es de hecho lo que jamás se pasa por la mente. Lo digo a nombre propio, y lo dicen las miradas que vi, y seguramente si estuviste conmigo ahí desnudo me sabrás dar la razón.

¨Procure meter la barriga¨ sugirió mi mamá esa mañana de la foto por teléfono, ¨no vaya y sea que ande flácido, aguado y barrigón y salga en primera plana, ojalá se erotice con algo¨. No mamá, no te hice caso, el frío de la madrugada fue tan tremendo que más yo parecía con un clítoris prominente que con un pene fotografiable. Tampoco salí en primera plana mediáticamente hablando, porque la única foto en que me supe de frente a una cámara fue con la foto final cuando al despedirnos, Spencer hizo una muy rápida fotografía con su Iphone. Él había prometido, eso sí, que nos íbamos a divertir mucho, y fue verdad. A pesar de que conocimos el frío en su más violenta versión, supimos cómo sobrevivir. Mi mejor amiga nos sugirió a unos amigos que yo recién conocía, y a otros compañeros de la noche, que hiciéramos un círculo y nos acostáramos a dormir uno sobre el otro. Fantástica idea Valentina. Mientras nos acomodábamos, vimos también cómo lucen las estrellas realmente por la madrugada, y cómo duermen las palomas. Se quedan quietas y se recuestan sobre la pared, en este caso de la iglesia.

Alexander venía de Pereira, había volado solamente para esto. Creo que no hubiera sido lo mismo si no hubiera conocido a este dicharachero paisa, dueño de todos los buenos chistes de esa parte que al parecer ningún medio de comunicación enfocó, la de la Catedral. Imaginábamos cómo iba a ponerse de histérico el Procurador Ordoñez al ver a sus empleados, luego de una obsesiva revisión de penes en cada una de las fotografías, buscando a quién destituir, e imaginamos qué andarían soñando las palomas al ver tanta lombrices sueltas en ese amanecer.

Llegó la hora del desnudo. Ya mucho nos habíamos reído de ese despelotado traductor del señor Tunick que nos traducía sus indicaciones, diciendo cosas tan arbitrarias cómo que debíamos ir de un lado a otro de la Plaza, indicando que debíamos ir allá al extremo, y luego allá, sin percatarse de que ni lo estábamos viendo por la oscuridad de la madrugada, ni mucho menos lo estábamos  escuchando, porque el sonido fue muy malo y nos tocó adivinar todo basándonos en los movimientos de los vecinos.

La primera fotografía fue un mar simulado. Algunos debían de levantar a una persona subida en una tabla y haciendo como si estuvieran surfeando en las olas. Se supone que había cien tablas, yo vi muchas menos. Esa legendaria anciana de la cual tanto han molestado Tola y Maruja  fue la favorita. Evidentemente tenía más de 70 años, y su actitud y su posición me puso a pensar mucho que seguramente estuvo en Woodstock y que fue una hippie original. Curiosamente solamente vi a una mujer negra, a una sola, era bellísima. Fue otra de las personas que surfeo.

No podían hacer una fotografía sin que realmente pareciera un mar en movimiento, así que la siguiente orden de Tunick fue que camináramos para un lado y otro de donde estábamos parados y que quienes movían las tablas, se movieran también mucho de lugar. Había que tener una fuerza tremenda para soportar el peso de cada tabla, y quien estuviese encima, tuvo que haber tenido un equilibrio de funambulista, o al menos no temblar como una gelatina.

Horas antes nos habían dado unas batas. La fotografía no solamente iba a ser en la Plaza de Bolívar, ni para ellas ni para nosotros. De las 6.132 personas de las 14 mil inscritas, presumo que un poco más de la mitad fuimos hombres y todos fuimos conducidos calle arriba por el Teatro Colón, mientras ellas corrían con una belleza impresionante para sentarse justo al frente de las columnas del Congreso. Nunca había visto una imagen similar tan hermosa, ni siquiera en el cine.

Subimos muchas cuadras, éramos solamente los miles de hombres envueltos en batas negras. En un punto ya debíamos de nuevo desnudarnos. Fuimos la primera imagen que vio una ancianita desde su ventana asomada a lo alto. Por su mirada, supe que ni se imaginaba que lo primero que iba a ver en su nuevo amanecer iba a ser más de 3 mil penes de todas las formas posibles. Conforme subíamos, más incómodo era pisar, el suelo levantado y las piedritas sueltas fueron un martirio bíblico. La siguiente foto sería con todos acostados a lo ancho de la calle por más de 5 cuadras a lo largo. Por supuesto continuaba los descubrimientos Otra señora mayor, pero no de tanta edad como la anterior,  salió de un hospedaje de judíos para tomarnos fotos. La toma precisaba que nadie podía atravesarse entre los desnudados. La orden que le dieron fue bastante urgente. Debía entrar de nuevo a su pensión, pero ahora nadie le abría, y no por falta de conocimiento de la urgencia, porque a ella uno de los habitantes del lugar la miraba afanada y asustada a través del balcón. Otros sitios usados para tomar las fotografías de Spencer Tunick fueron el Centro Cultural Gabriel García Márquez y el Teatro Colón en su interior, este espacio exclusivamente para las mujeres.

Mientras avanzábamos de regreso a la Plaza de Bolívar, el olor a queso cheddar era demasiado obvio. Los cuerpos masculinos en sumatoria al amanecer sí huelen, y a esto, a queso quemado. Hubo una flatulencia podrida de la cual todos fuimos testigos. Un señor de avanzada edad timbró en una de las casas urgido por un baño. Hubo una negativa tímida, quien le negó el favor no se asomó del todo por la puerta.  Ahora que veo las fotos en la Gabriel García Márquez, y recuerdo las formas de pararnos, de andar, de cantar, e incluso de reaccionar, en un momento hicimos todos música con nuestras propias nalgas (las propias, no las ajenas) mientras las palmoteábamos;   más me convenzo del hecho de que  desnudos fuimos tan humanos, que no podíamos negar nuestro innegable parecido con los monos. Aquella escena parecía una horda simiesca de la legendaria película del Planeta de los Simios. Al estar desnudos volvimos a nuestro yo esencial, a nuestra verdad. En medio de la dicha y de la empelotada, fuimos completamente auténticos.

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