La lucha del diablo por legalizar su templo en el Quindío  

Víctor Damián Rozo, quien administra sus bienes en este mundo, tendrá que demostrar que el culto que realiza en su finca de Quimbaya debe ser considerado una religión

Por: Edgar Augusto Torres Sotelo
agosto 23, 2019
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La lucha del diablo por legalizar su templo en el Quindío  

El diablo. Sí, ese mismo. El señor de la oscuridad, que tiene una vieja lucha con Dios y que fue expulsado de algún sitio del cosmos, del universo. Uno de los protagonistas del viejo litigio divino entre el bien y el mal. Como lo quieran llamar: Satán, Satanás, Lucifer, demonio, ángel rebelde, el desobediente, puso en problemas a su hijo terrenal quindiano.

Víctor Damián Rozo, el representante legal de la Asociación Luciferina Semillas de Luz, quien administra sus bienes en este mundo, tendrá que demostrar que el culto y adoración que realiza en su finca de Quimbaya, donde construyó un templo a su amo, debe ser considerada una religión y gozar de todos los beneficios que otorga la Ley Estatutaria 133 de 1994.

Según nuestra política pública de libertad religiosa, en Colombia se puede tener la fe que sea, pertenecer a una u otra colectividad sin que menoscabe el orden social, pero la pregunta es: ¿adorar  al diablo, tener una iglesia para su culto y tener fieles y devotos creyentes satánicos, es una religión?

El templo en el Quindío fue inaugurado hace tres años. Siempre estuvo en el ojo del huracán. En una carta del obispo de Armenia Pablo Emilio Salas Anteliz en 2017, advertía de la presencia maligna en una preocupante comunicación oficial, una vez conoció que satán estaba muy cerca. “El diablo existe. No es un mito. En efecto, la Biblia desde la primera página hasta la última, afirma de la existencia del demonio….”, escribía, rascándose la cabeza.

Y nuevamente se cazó la pelea, esa rencilla. Un enfrentamiento que ahora pasará de lo divino a los estrados judiciales, con un ángel justiciero, puesta por el ejército de Dios; una gobernadora ad hoc en el Quindío, nombrada desde el Ministerio del Interior exclusivamente para que resuelva, pero cuya designación lo que hizo fue poner más sal en la llaga.

Pues bien. El hijo del diablo, Víctor Damián Rozo como se hace llamar, enfrenta con su cruz al revés los duros enviones legales. Desde que asumió el gobernador del Quindío, Carlos Eduardo Osorio Buriticá, de profesión sacerdote y conoció de la construcción de dicho recinto, se declaró impedido para mediar en el tema, pero sobre todo aterrado de que en su comarca hubiese un lugar así. Entonces tiró sus súplicas y letanías a Risaralda. Desde allí, bordeando el río Otún, su homólogo respondió tajante que nada tenía que ver, no le competía, por lo que nuevamente la queja se redireccionó esta vez a la Procuraduría y de allí a la Oficina de Asuntos Religiosos.

En la localidad donde funciona la supuesta iglesia, el alcalde municipal intentó tumbar la construcción porque al demonio y a su séquito se les olvidó pedir permiso. “Hemos recibido oposición no de la comunidad, no de la sociedad pero si de parte del gobierno municipal y departamental. Nos aplicaron una sanción millonaria. Estamos al día pero no me enviaron el paz y salvo”, dijo el hijo del ángel rebelde.

El lugar para la adoración, culto y credo al demonio esta construido entre bellos paisajes con cafetales y fincas de la más honda tradición católica romana. No en vano en esta zona se celebra cada siete de diciembre la fiesta de los faroles, en honor a la madre de Jesús, al hijo de Dios, fiesta de gran reconocimiento en Colombia.

Para Rozo, que antes fue un brujo de profesión, el litigio apenas comienza y junto a su amo ya combina los rezos y reúnen la jurisprudencia del caso, porque todo es legal y no los van a sacar corriendo de Quimbaya. “Mientras nosotros no estemos incentivando la ilegalidad, la violencia, no estemos atentando contra el estado de derecho, no encontramos razón alguna para que nos revoquen el permiso de funcionamiento”, sostuvo.

Es enfático en que la Asociación Luciferina Semillas de Luz no realiza ritos peligrosos. No matan gatos, no beben sangre de animales y mucho menos sacrifican humanos o danzan alrededor del fuego con una calavera en la mitad. “No se derrama una sola gota de sangre”, dijo el hijo del diablo cuando empezó la controversia hace tres años. Muy al contrario de lo que muchos piensan, su mayor distracción, la de este señor devoto del demonio, es la cría de perros pastores alemanes y participa con regularidad en los torneos caninos del país.

Por todo esto, su comparecencia ante un juez, aparte de reconocer si adorar al diablo es una religión, si se debe validar o no su templo, lo que conlleva a que pueda tener feligreses o no sé cómo decirlo (¿adoradores del diablo?), también deberá definir si esa supuesta creencia o satanismo tiene derechos y el Estado debe protegerla como a las otras más de 523 religiones no católicas, inscritas ante el Ministerio del Interior.

Si el diablo gana este pleito se habrá salido con la suya. Si no, los católicos fieles y devotos habrán ganado un reto más; las mujeres rezarán muchas antífonas y los que menos, ratificarían el bello adjetivo calificativo como algunos llaman al Quindío: el pedacito de cielo; esta vez, el pedacito de cielo que salvó al mundo del maléfico diablo.  

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