Opinión

La lucha contra el fundamentalismo en Comunes

Era necesario admitir que la lucha armada debía quedar atrás, que ya no existían condiciones históricas para ella, ni la remota posibilidad de ina victoria militar

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agosto 13, 2021
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La lucha contra el fundamentalismo en Comunes
Algunos no pudieron aceptar que la guerra terminó y exigen un partido que eche fuego en sus discursos e invoque sin cesar la insurrección

El peligro de las ideologías radica en que suelen convertirse en credos religiosos, que interpretan todos los fenómenos dentro de inamovibles parámetros. Recuerdo a un guerrillero que en la escuela Hernando González de las Farc, me confesaba con amargura que había llegado a una conclusión. Los únicos militares tercos y obtusos no eran los del Ejército, los de la guerrilla también lo eran. Y hasta peores.

Ninguna orden admitía interpretación, había que cumplirla ciegamente. La milicia no solo era una profesión, era una forma de vida. Pensar por su propia cuenta estaba de más, incluso podía ser nocivo. Lo importante era obedecer al pie de la letra. Así, sin saberlo, se fundaba un nuevo credo. Alguna vez se me ocurrió preguntar por los fundamentos científicos del plan estratégico de las Farc. ¿Cómo podíamos saber que no era errado?

La respuesta que recibí fue una dura mirada de advertencia. Nadie podía poner en duda ese Plan, una especie de verdad revelada que garantizaba no solo el triunfo militar de las Farc, sino el de la revolución colombiana y la instauración del socialismo. Pese a ello, desde los años ochenta, la misma organización había producido una teoría prácticamente contraria, la necesidad de una solución política al conflicto armado.

Esa contradicción pesó en la vida de las Farc. Buena parte de sus integrantes la consideraba una maniobra de engaño. Decimos que queremos la paz y la solución política, pero nuestro verdadero objetivo es la toma del poder por las armas. Otros consideraron una afrenta esa interpretación, claro que las Farc queríamos la paz, que en nuestro país se produjeran los cambios por caminos democráticos, sin el empleo de la violencia.

La solución militar era sencilla, seguir un plan mágico y ya. La solución política envolvía enormes complicaciones, había que consensuarla con el enemigo, ceder en muchas cosas y obligarlo a ceder también. Implicaba afilar el pensamiento, crear más que obedecer, recorrer caminos inexplorados y producir fenómenos nuevos, realidades no escritas en ninguna cartilla. La fórmula general era ser objetivos y dialécticos.

La objetividad exigía examinar la realidad sin ninguna clase de apasionamientos. En qué mundo vivíamos y cuál era el país que en verdad teníamos. La dialéctica nos permitía analizar qué fuerzas encontradas se debatían en su interior, qué grado de desarrollo y capacidades efectivas tenían. Nos exigía desechar el dogmatismo, renunciar a la palabra sagrada, no podíamos trasformar un país sin cambiar nosotros mismos.

Llegar a un Acuerdo Final implicó reconocer como Neruda en su poema 20, que nosotros los de entonces ya no éramos los mismos. Y no podíamos seguir siéndolo. Recuerdo la furia de un compañero que hizo parte de los diálogos de La Habana, cuando me confió que empezaba a percibir que llegaríamos a un acuerdo de dejación de armas y que eso constituía una traición al camarada Manuel Marulanda.

Procuré convencerlo de que no podíamos hablar de paz y fin del conflicto, si aspirábamos a mantener una fuerza militar sobreviviente al Acuerdo. Era necesario admitir que la lucha armada debía quedar atrás, que ya no existían condiciones históricas para ella, ni siquiera una remota posibilidad de victoria militar. Habíamos sostenido siempre que nuestra naturaleza era política, ahora teníamos que ser consecuentes.

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Se les podían leer textos donde los dos fundadores pregonaban la paz y la solución política, pero entonces aducían que se trataba de manipulaciones

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La necesidad de pensar, de crear e inventar resultó demasiado complicada para muchos. De allí la constante apelación al dicho: es que el camarada Manuel decía,  es que el camarada Jacobo decía. Se les podían leer textos donde los dos fundadores pregonaban la paz y la solución política, pero entonces aducían que se trataba de manipulaciones. No había duda, el fundamentalismo religioso tenía su nido entre nosotros.

Y nos haría mucho daño. De hecho una pequeña facción del Frente Primero se negó a sumarse al Acuerdo, la misma que tiene hoy sumidos en el caos y aterrorizados a una parte de los territorios del sur y oriente del país. Luego, fundado el partido, Iván Márquez, Santrich y sus seguidores pujaron porque el partido se convirtiera en brazo legal de una estructura armada. Al no conseguirlo fundaron la Marquetalia de segunda, no podían renunciar al dogma.

Que como toda iglesia necesita sus mártires, y ya los tiene. Algunos no pudieron aceptar que la guerra terminó y exigen un partido que eche fuego en sus discursos e invoque sin cesar la insurrección. Por eso se retuercen indignados cada vez que reconocemos horrores del pasado y pedimos perdón por ellos. Afirman que no es digno de revolucionarios, pese a que también lo hacen, con todo disimulo, cuando los citan la JEP o la CEV.

Como esos cristianos que en el templo se dan golpes de pecho y luego salen a patear mendigos, también la revolución produce gentes descompuestas, sepulcros blanqueados que se creen como el Che Guevara, aunque solo persigan intereses materiales y personales. Son perversas torceduras de la ideología.

 

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