La llegada del papa una fiesta con sabor a pueblo

A la colombiana, así se vivió la llegada del vicario de Cristo en un barrio de Bogotá. Comercio informal y mucho fervor por la visita del pontífice

Por: Jorge Eric Palacino Zamora
septiembre 07, 2017
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La llegada del papa una fiesta con sabor a pueblo
Foto: Abel Cárdenas / EL TIEMPO

La ciudad Capital, como era apenas previsible para recibir a su santidad lucía propias de un día festivo; sobre la carrera cien con avenida veintiséis nos recibieron despachos de música colombiana exhalados desde las bocinas del equipo de sonido de don Juan Molina, uno de los vecinos más religiosos del sector conocido como Arabia y Puerta de Teja. Las casas del barrio, con pisos relucientes, olorosos a lavanda y creolina y las calles, enmarcadas en banderas que ondulantes exhibían orgullosas el tricolor nacional, y el bicolor amarillo y blanco del Vaticano.

En la cafetería, que a diario recibe a trabajadores de talleres y de grandes bodegas situadas cerca al aeropuerto, se servían tintos con premura, frente a la inminencia de la llegada del papa Francisco. En tiendas recónditas se vendían cervezas a escondidas, los vecinos probaban con un gusto especial, el sorbo del lúpulo, prohibido a instancias de la ley seca, los más viejos intentaban recordar detalles de la visita de los papas Pablo VI y Juan Pablo II.

Don Juan, uno de los fundadores del barrio Arabia, señala que fue un jueves veintidós de agosto de 1968 la fecha en que llegó por primera vez a Colombia un vicario de Cristo. “Se llamaba realmente Bogotá Giovanni Battista Montini, sentencia mientras paga cuatro mil pesos, a un vendedor ambulante, por un banderín impreso en el barrio Ricaurte de Bogotá, con una estampa de Francisco, La Eccellenza Reverendissima saludando desde la plaza del Vaticano.

“También pude saludar a Juan Pablo Segundo que vino para bendecirnos después de las tragedias de la toma del Palacio de Justicia y la avalancha de Armero” agrega don Juan, mientras mis hijos ‘montan guardia, e intentan advertir, a la distancia, al fondo de la vía que se pierde entre el corredor de feligreses, algún movimiento que insinúe el paso del papamóvil. Don Juan y los cerca de mil espectadores reunidos, y el grupo de monjas con hábitos olorosos a naftalina y los niños que portan paletas y rosados algodones de azúcar, se instalan a cada lado de la calle veintiséis.

Don Juan ahora compra un prendedor con la imagen de Francisco y con devoción lo acomoda en su boina de paño, en el centro de la prenda, al lado de escudos en miniatura de Colombia, de Bogotá, de las Fuerzas Armadas y de su amado Independiente Santafé. “Cuando Lucho Herrera ganó la Vuelta a España también se vino todo el barrio a saludarlo pero no se compara con el montón de gente que vemos hoy” concluye don Juan.

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El infalible Casio digital, que acompaña a don Juan desde hace veinte años,  marcó las cinco de la tarde. El papa Francisco está a punto de pasar. Desde un punto del cielo, donde permaneció en movimientos concéntricos, el helicóptero de la Policía Nacional inició su desplazamiento hacía el centro de la capital. Volando muy bajo y por el ruido de motores, la helinave espantó a los gatos que se deslizaron desde los tejados de barro de las casonas centenarias y desde las azoteas de inquilinatos abarrotados en busca de refugios más seguros. Los perros también huyeron mientras los feligreses se agolparon para saludar a Su Santidad.

Se activaron los émbolos y engranajes de la extraña fuerza de la ansiedad; las doñas que chismorreaban en la esquina corrieron hacia la avenida para ver el desfile, los niños subieron a los hombros de sus padres, se encendieron veladoras, se desempolvaron devocionarios y bajo el oleaje de vientos generado por el helicóptero, se adivinó la primera imagen del papa Francisco regalando saludos y bendiciones, como flotando sobre la multitud; el papamóvil que parecía levitar sobre una sonora trepidación.

Los vecinos de  Puerta de Teja, Arabia y de todos los rincones de la localidad de Fontibón vimos al papa. Valió la pena de la espera de tres y cuatro horas; la sonrisa limpia que Jorge Bergoglio, su santidad, prodigó desde la blanquecina y etérea carroza, iluminó los rostros de mis hijos y trajo apenas por tres segundos una sensación indefinible. Un momento mágico y único que se anidó en los corazones de los miles de feligreses que corrimos para ver de cerca al más carismático representante de la religión católica.

 

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