La letalidad del COVID-19 se la da el capital

Hoy que necesitamos la cobertura total de los derechos para protegernos del virus, estamos privados de ellos. ¿Por qué?

Por: Violeta Guetnamova
mayo 06, 2020
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La letalidad del COVID-19 se la da el capital

El mundo ha estado infectado durante siglos con células del capital. Este es un virus de origen económico, social, cultural y ambiental, cuya ideología altamente contagiosa produce efectos devastadores, deteriora psíquicamente y genera deficiencias en el aspecto cognitivo en cuanto al desarrollo del pensamiento crítico. Además, su tasa de mortalidad sumada a las de sus mutaciones neoliberales y neomercantilistas es demasiado alta: se cobra anualmente cientos de millones de vidas a nivel planetario.

Ahora bien, el virus del capitalismo amenaza a la especie humana en su totalidad. Para empezar, no podemos olvidar la inaudita contaminación ambiental, la propagación exponencial de la pauperización y obviamente la capacidad de producir guerras como refuerzo proteínico.

Para que lo tengan presente: 800.000 personas se suicidan cada año, 620.000 mueren de malaria, 1,6 millones mueren a causa de enfermedades diarreicas, 2,56 millones mueren de neumonía, 5 millones mueren por contaminación del aire y 820 millones de personas en todo el mundo están desnutridas.

Con eso en mente, el COVID-19, declarado por la OMS (Organización Mundial de la Salud) como pandemia el 11 de marzo del 2020, es un virus de origen biológico que gracias al capitalismo amenaza a gran parte de la especie humana. Si bien es nuevo, aún se conoce poco sobre él, es altamente contagioso y su tasa de mortalidad global a la fecha es del 21% aproximadamente.

Mientras tanto, el capitalismo, que a su vez actúa como virus maligno dentro de la sociedad, posee una tasa de letalidad muy elevada y afecta al 99.9% de los seres humanos, al tiempo que es inofensivo para una élite que ostenta una condición violentamente privilegiada y que son quienes cuentan con el dominio de los grandes emporios económicos, a partir de los cuales reproducen las células infecciosas del capital dentro del organismo social.

Además, la secuelas materiales y psíquicas que produce el capitalismo hacen que la aparición, muy posiblemente desatada a propósito, del COVID-19 sea presagio de devastadoras consecuencias, traducidas no en miles sino en millones de muertes de seres humanos. En la sociedad, como en todo organismo vivo, el padecimiento de una patología previa deja en condiciones de vulnerabilidad al cuerpo social frente nuevas amenazas, ya sean de origen social o bilógicas, de allí la elevada capacidad de contagio del coronavirus.

Por otro lado, el capitalismo ha pasado por diversas fases de desarrollo, el neoliberalismo es una de ellas, en la cual el virus socioeconómico restringe el acceso a los derechos fundamentales de las personas, ya que al igual que el COVID-19, que debilita el sistema inmunitario y secuestra las células sanas del cuerpo para reproducirse, privatiza: es decir, priva de salud, educación, vivienda, agua y demás derechos-defensas del organismo social, al tiempo que pugna por eliminar física, económica o jurídicamente a los grupos sociales que luchan por su erradicación.

Así pues, la actual pandemia del COVID-19 ha dejado al descubierto a nivel general, con contadas excepciones, las deplorables condiciones de salud en las que se encuentra la sociedad humana. Para la muestra, Colombia —cuyos habitantes viven en medio de profunda crisis de sanidad, de hospitales, de hábitat, de trabajo, etcétera—, que evidencia al capitalismo como un virus destructor de derechos y como el responsable de que el país sea un hábitat próspero para la propagación del COVID-19.

El pronóstico en Colombia respecto al coronavirus sin duda es preocupante, cuando no escalofriante, más si tenemos en cuenta que como consecuencia del virus socioeconómico más del 50% de los colombianos no cuentan con seguridad alimentaria, fenómeno que durante décadas ha generado altos índices de desnutrición, siendo este uno de los mayores factores de riesgo para personas de todas las edades frente a la pandemia biológica.

Ralentizar la propagación del COVID-19 ha implicado tomar medidas drásticas como lo es el confinamiento obligatorio, situación que ha dejado a la deriva a más del 70 % de la población; en una realidad donde aproximadamente el 45% de los colombianos viven en la informalidad o sin contratos laborales —es decir, subsisten del rebusque diario— y otro tanto de la población está en condiciones desesperantes de endeudamiento.

Hoy, cuando la especie necesita como condición sine qua non para lograr preservarse ante el virus biológico la cobertura total de sus derechos, en realidad está privada de estos. A la vez, la economía se derrumba drásticamente para sectores que antes de la pandemia se incluían como “privilegiados” sin serlo (efecto psicológico del virus capitalista). A la final, el COVID-19 ha permitido a todos los colombianos, a excepción de las células sociales infecciosas (oligarquía), sentir lo enferma que se encuentra la sociedad.

Al tiempo que el virus biológico obliga a todos los colombianos a confinarse, el virus económico-social-cultural-ambiental se nutre del trabajo ajeno y en plena pandemia condena a millones de ciudadanos a morir prematuramente contagiados.

Se podría afirmar que existe una relación simbiótica entre el capitalismo y el COVID-19, ya que el primero se sirve del segundo para: empobrecer en mayores proporciones a la población colombiana, implementar políticas antipopulares, robustecer con presupuesto público las arcas del capital privado, emprender acciones belicistas contra Venezuela, profundizar el exterminio de líderes sociales y exguerrilleros, y deshacerse de miles de personas que considera población sobrante; todo bajo el amparo de la actual crisis mundial por el COVID-19. También el segundo se ve beneficiado por el primero, en cuanto este ha edificado las condiciones más favorables para su propagación.

La sociedad sobrevivirá al COVID-19, pero continuará enferma, infectada por el virus del capitalismo, que sin duda es el peor de los padecimientos.

La buena noticia es que a diferencia del COVID-19 (para el cual aún no existe vacuna), el capitalismo sí tiene cura. Ya existe la fórmula central: se conoce su ADN y los mecanismos, dispositivos, tácticas y estrategias fundamentales para “la transformación del modo de producción”. La solución fue descubierta hace más más de dos siglos por los científicos sociales Karl Marx y Friedrich Engels.

De hecho, en el pasado se han puesto a prueba varios prototipos, que, aunque en gran medida fueron exitosos, en numerosos aspectos no han sido definitivos, ya que presentaron fallas en su implementación. Actualmente hay varios países que vienen trabajando en modelos más actualizados para la inmunización contra el capitalismo, entre estos sobresalen: Cuba, Corea del Norte, China y Venezuela. El planeta está siendo testigo de la fortaleza inmunológica de estas naciones.

A pesar de ello, la cura definitiva contra el capitalismo solo será realidad cuando el mismo sea extirpado de toda la superficie terrestre para siempre.

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