La lección que nos deja la actual crisis

Ahora más que nunca aplica la máxima que dice que "el hombre que no reconoce su historia está condenado a repetirla"

Por: Paula Andrea Montoya Naranjo
marzo 26, 2020
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La lección que nos deja la actual crisis

Así que aquí estamos los seres humanos, 2020 años después de la llegada de ese hombre que fue capaz de partir la historia en dos. Aquí estamos dándonos cuenta que el estilo de vida que nos inventamos a lo largo de dos largos milenios no es tan necesario, en cambio estamos notando que de lo que si necesitamos es de la solidaridad.

La solidaridad se define como la adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos, especialmente en situaciones comprometidas o difíciles. Y esta sí que es una situación comprometida. Estamos hablando de supervivencia, estamos hablando de algo que parece ser una “gripita” pero que es un hecho que ya ha matado a miles de personas en el mundo. 17.000 para ser exactos.

Sin embargo, no hemos entendido algo fundamental: para pedir solidaridad también se necesita empatía, y eso significa conectar con esa realidad del otro. Con esa realidad del 45% de la población colombiana que viven del ingreso que se rebuscan a diario. Y de repente resulta que la tendencia en redes sociales #yomequedoencasa debe ser seguida por todos sin ninguna distinción, sin importar que casi la mitad de la población de Colombia pasará literal hambre si se queda 19 días encerrada en la casa.

Y ni qué decir de los independientes, emprendedores, de los micro, pequeños y hasta medianos empresarios, que tienen bajo su tutela el 80% del empleo formal de este país. De hecho, las mipymes son el 90% del sector productivo nacional, generan el 35% del PIB y el 80% del empleo de toda Colombia. Este país donde sacar adelante un emprendimiento se hace simplemente con las uñas, porque la máxima gabela estatal son programas de capacitación que, si bien son completos, solo ayudan a ese nuevo empresario a dar los primeros pinitos, y de allí en adelante, defiéndase como pueda. Y cada uno de esos empresarios tienen desde hace algo más de dos semanas un difícil dilema. Abrir el negocio, para que sea capaz de generar el ingreso necesario para pagar la nómina, al costo de someter al talento humano a enfermarse y llevar el virus a sus casas. O cerrar. Y cerrar, no es tan simple como suena, porque cada uno de esos empresarios piensa en que si cierra no puede pagar esos salarios, es decir, que eso significa enviar a esos seres humanos que se han comprometido con su visión y proyecto de vida, para la casa, a su suerte, esperando al menos no enfermar, ya luego se pensará en el hambre. Así que, finalmente, algunos asumen un pago por la siguiente quincena, otros simplemente deciden que deben seguir trabajando para no dejar a sus empleados morir de hambre en el intento de sobrevivir la pandemia y otros, cierran, en pro de la salud, a sabiendas de que esos seres humanos tendrán días difíciles, sin ingresos para abastecerse de lo más básico.

Así que la pregunta es: ¿Qué solidaridad estamos dispuestos a mostrar como sociedad? ¿De verdad comprendemos la solidaridad que nuestra humanidad nos está pidiendo? Porque todas esas personas, de las que tanto renegamos, se levantan cada día pidiendo a Dios, o a la Naturaleza, o al Poder supremo o a lo que quiera que sea en lo que cada uno cree que lo proteja de ese mal llamado coronavirus, que casi ninguno comprende pero que si tiene muy claro que puede matarlo a si mismo o a los seres que ama.

Así que aquí estamos, y ahora pensamos que, con generar tendencias en redes sociales, con regañar públicamente a todo el que sale a la calle, lograremos generar consciencia social. Nuestro amado país necesita seres humanos empáticos con esas realidades, al punto que se hace consciente de las consecuencias que tiene colocar al político equivocado en una posición de poder, al punto que somos capaces de tomarnos el tiempo para explicar, con palabras bondadosas, a quienes no conocen, porque no se debe vender un voto a cambio de $50.000. Nuestro amado país necesita que seamos capaces de mirar la realidad del otro para comenzar a trabajar unidos, a educarnos unos a otros y así poder llegar más lejos, en una relación gana-gana que construye, solidariza, y nos proyecta como lo que somos, una nación de gente berraca que con las uñas saca lo que sea adelante. Nuestro amado país necesita hacerse consciente que debe salirse de esa pelea en la que nos metieron hace más de 50 años y con la que nos mantienen entretenidos, siempre dos bandos, siempre la mitad de un color contra la mitad de otro color, cuando no hay ningún color que nos distinga, porque, cuando nos toca comer mierda, a todos nos toca por igual, no es sino cuestión de revisar nuestra situación en la crisis económica actual. Y a los que se inventaron la guerra de colores y la estimulan, ni les importa.

Así que aquí estamos. Ojalá, que mi querido país sea capaz de comprender la lección que la vida nos está dejando, nuevamente. Porque llevamos todo lo que recordamos de nuestra propia historia recibiendo la misma lección, y no la hemos querido aprender, y lo más complejo es que, mientras no la aprendamos, seguiremos repitiéndola. Porque definitivamente es cierto ese dicho, el hombre que no reconoce su historia está condenado a repetirla.

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