La infamia que se viene para la isla La Española

Al mejor estilo de Alemania o Estados Unidos, República Dominicana quiere construir un muro fronterizo que desde que fue anunciado ha sido fuertemente criticado

Por: Jaime Jurado Alvarán
marzo 05, 2021
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La infamia que se viene para la isla La Española

En el lumínico Caribe brilla una isla compartida por dos hermanos que no se reconocen. Conocida como La Española, alberga en su costado oeste la que fuera la primera república negra de América, Haití, la misma que apoyó las luchas de independencia de Simón Bolívar, y en el oriente la República Dominicana, conocida en la época precolombina como Quisqueya, en la que los descendientes de haitianos son ahora discriminados y expulsados.

Ambos países sufrieron en el siglo XX la ocupación estadounidense y largos años de dictadura de hombres fuertes que más que gobernar, reinaron despóticamente agravando las condiciones de pobreza e injusticia. En Haití, la opresión tomó forma de pesadilla en la familia Duvalier desde 1957 hasta 1986. El padre, Papá Doc, combinando paternalismo y corrupción descarada consolidó su poder político aplicando el terror de estado y explotando las supersticiones y temores ancestrales mágico-religiosos del pueblo, haciéndoles creer que el “Varón Samedi”, deidad vudú equivalente al Satanás de los cristianos, le había otorgado el don de leer la mente. A su muerte, en 1971, lo sucedió su hijo Jean Claude, “Nené Doc”, quien continuó la misma tradición de lujo para sí y sus allegados(en su boda gastó la módica suma de cinco millones de dólares) en medio de la miseria popular y en 1986 ante la marea insurreccional de un pueblo indignado huyó forrado en billetes dejando al país sumido en la pobreza y el caos.

A su vez en la República Dominicana, el famoso Rafael Leonidas Trujillo, retratado magistralmente por Vargas Llosa en La fiesta del chivo, rigió con mano de hierro y produjo la Masacre del Perejil, peor matanza de la historia de la isla al asesinar en 1937 miles de haitianos en la zona fronteriza, mientras que en sus más de tres décadas de gobierno eliminó cerca de cincuenta mil opositores, entre ellos a las hermanas Mirabal (Patricia, Minerva y María Teresa), las inolvidables mariposas en cuya memoria se estableció el 25 de noviembre como Día de la No Violencia contra la Mujer.

Quien creería que en 2021, cuando la pandemia del coronavirus nos ha recordado que toda la humanidad es una gran familia, en vez de darle la mano a su hermano que está sumido en una crisis profunda, el gobierno dominicano presente como gran cosa, al mejor (más bien peor) estilo Trump, la construcción de un muro que encerrará más a sus vecinos.

Pero además de odioso el proyecto es costoso. Inicialmente se estima en cien millones de dólares, suma que podría utilizarse para mejorar las condiciones de vida en ambos lados de la línea fronteriza. Por otra parte, es un hecho que cuando la pobreza extrema obliga a emigrar, no hay muros que valgan ni mares que lo impidan. Así lo demuestra el propio muro fracasado de Trump y el continuo flujo de emigrantes africanos que arriesgan su vida y desafían las olas del Mediterráneo para huir de la miseria y la persecución en sus países en búsqueda de una vida mejor.

Tampoco en la historia profunda salen muy bien librados los muros, aunque sí quedan como patrimonio histórico. La Gran Muralla China no impidió que los mongoles invadieran el imperio del medio; el muro de Adriano tampoco sirvió de mucho y, de hecho el muro de Berlín, en cuyas vecindades viví durante un año de estudio en la entonces Alemania Oriental, quedó como símbolo de división entre dos partes de una misma nación y de restricción severa a las libertades.

De suyo esta obra es indignante, pero varias circunstancias la hacen aún más negativa: su carácter racista, el hecho de que los propios dominicanos viven una situación parecida en los Estados Unidos, a donde miles de ellos emigran en condiciones de ilegalidad y las raíces extranjeras del presidente dominicano, reafirmadas con la también ascendencia libanesa de su esposa.

Por supuesto, ello no tiene nada de malo y por el contrario muestra la hospitalidad de la República Dominicana y en general de Latinoamérica con millones de árabes, en su mayoría provenientes del país del cedro que se radicaron en nuestros países. Por cierto, han hecho un gran aporte cultural, económico y humano y en Colombia son parte inseparable de la nacionalidad.

Por otra parte, el impacto de la medida en la nación dominicana misma sería nefasto, al reforzar el imaginario de que la población afro es de origen haitiano. Al país le cuesta aceptar la realidad de que no todo negro proviene del otro lado de la isla o es descendiente de haitianos y de que la mayoría de la población es negra o mulata y de que existe un racismo que hay que superar. Los negros y negras son exaltados en el merengue y otras expresiones musicales (“por eso es que yo digo que esa negra tiene swing”, hermanos Rosario Dixit), pero discriminados y excluidos en muchas esferas de la sociedad y el gobierno.

Valga aquí recordar a un gran político socialdemócrata, Luis Francisco Peña Gómez, destacado dirigente de la Internacional Socialista, que tenía todos los méritos y la trayectoria para ser presidente y estuvo a punto de lograrlo, de no haberse interpuesto su color y un remoto linaje haitiano, ascendiente que también tenía el dictador Trujillo y sin embargo no le impidió cometer la espantosa matanza de El Perejil comentada unas líneas atrás.

Todo esto debería llevar a la reflexión al doctor Luis Rodolfo Abinader Coronado, a la señora Raquel Arbaje Soni y a su gobierno, para que revisen esa decisión y no le echen más leña al fuego de la dramática caldera del diablo en que se cocina a fuego lento el hermano pueblo haitiano.

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