Opinión

La hora de Duque

La actuación de 6 a 7 del presidente como presentador o ´anchorman´ para promocionar su imagen, más parece un sofisma de distracción de los grandes temas sobre los cuales debe rendir cuentas

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julio 01, 2020
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La hora de Duque
En cuanto al desarrollo y manejo de la pandemia es poco lo que se ha informado, mucho lo que se ha omitido informar y mucho lo que se ha desinformado

No es una referencia a que le haya ‘llegado la hora’ ya sea de la recuperación de su imagen o de un mal momento por el cual esté pasando.

Se trata de la hora de 6 a 7 de la tarde que el presidente en franco abuso de poder ha tomado todos los días en todos los canales de televisión y algunas emisoras. Abuso en relación con los dueños de esos medios que pierden el derecho por el cual pagaron y el retorno que les representaba la propaganda correspondiente. Pero abuso sobre todo en relación con la audiencia que queda excluida del esparcimiento que a esa hora podía tener.

El uso de la promoción de la imagen es parte del culto de la personalidad que caracteriza a quienes tienen tendencias dictatoriales pero nunca se había visto que llegara a ese extremo. Ni los larguísimos discursos de Fidel, o las repetidas intervenciones de Chávez, ni los escenarios montados por Goebbels para Hitler habían explotado en esa forma el poder del Estado para vender la imagen del gobernante.

Se dice que es para cumplir la función de manejar la pandemia a través de ‘poner la cara’ e informar sobre las acciones gubernamentales al respecto. Pero evidentemente para ello no se requiere sus actuaciones como presentador o anchorman.

En cuanto al desarrollo y manejo de la pandemia es poco lo que se ha informado, mucho lo que se ha omitido informar y mucho lo que se ha desinformado. El escenario montado se limita a divulgar lo que se está haciendo, presentado como si todo fueran acciones positivas, citando cifras de inversiones y enumerando listas de decretos que para nada sustentan la razón de ser de los mismos ni los justifican con resultados.

En cambio, distorsionan las realidades con la forma de presentación. Por ejemplo, hablan de un presupuesto de cientos de billones que se destinarán al combate del covid-19 (como si esto fuera algo concreto), y que de esos ya se ha usado el 11 % del PIB. Pero según análisis del Obsevatorio Fiscal de la Universidad Javeriana 6% supone ser lo apropiado para las garantías que deben ayudar a la reactivación de la economía, lo cual resulta que no es un gasto sino una reserva contable, o sea si acaso un activo del cual no se ha dispuesto. De los restantes no se sabe ni de dónde habrían salido ni adonde se han destinado: los recursos que se han sustraído a otros sectores y otros titulares (como el fondo de pensiones de los departamentos o el Fondo para la Mitigación de Emergencias) no respaldan esos ingresos, y la forma en que se destinan no son verificables (un rubro como ‘atención a la pandemia’ no dice nada de cómo se distribuye ni cuánto queda pendiente por entregar o adonde está depositado y quien lo está manejando).

Pero lo más grave es que pareciera que el propósito del uso de esa hora más que la misma desinformación o apología del gobierno fuera servir de sofisma de distracción para no referirse a ninguno de los temas que supone debe manejar y rendir cuentas quien es escogido como mandatario para atenderlos.

No se mencionan ni siquiera los aspectos negativos de la evolución de la pandemia: es la repetición de la repetidera de cuántos contagios, cuántas muertes, cuantas recuperaciones, y cómo la irresponsabilidad de la ciudadanía es contraria a las intenciones del gobierno; regulaciones y regulaciones para obligar los ‘controles de bioseguridad’ y que la gente se lave las manos, use tapabocas, y mantenga las distancias; pero nada de cuánto está aumentando el desempleo; o la manera como se multiplica en la cárceles y lo que implica el hacinamiento; o la desigualdad, dispersión e ineficiencia en la distribución de los equipos; o alguna mención al problema de los inmigrantes venezolanos y qué manejo se le va a dar (a los aparcados en Cúcuta, en Bucaramanga, en Arauca, en Paraguachón, o en los parques de Cali, Medellín o Bogotá, etc.); poco o nada sobre necesidades no satisfechas en cuanto a tests, a respiradores, a seguridad para los operadores de salud; todo parecieran ser solo buenas noticias.

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Se evaden los problemas: ni una explicación sobre la aventura de tumbar a Maduro, ni un comentario a las advertencias del vocero de la única calificadora de riesgo que aún no baja el grado de inversión…

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Pero aún peor es el cómo se evaden los problemas nacionales: ni una explicación de la situación internacional respecto a la aventura de tumbar a Maduro (no se sabe que es peor si que no supiera del entrenamiento y montaje de la operación Gedeón en la Guajira, o que hubiéramos sido parte de esa vergüenza y lo esté negando); ni un comentario a las advertencias del vocero de la única calificadora de riesgo que aún no baja el grado de inversión en el sentido que parece inevitable que eso sucederá; ni nada sobre el caso de una legislatura donde no se aprobó prácticamente ninguna ley presentada por el gobierno (cuando se esperan las de pensiones, las de salud, la de justicia, etc.);  ni siquiera una mención a la crisis política de lo que significa la distancia entre él y su propio partido; nada sobre lo extraño de que disminuyan las siembras de coca y aumente la producción de cocaína; o para qué justificar el porqué romper el compromiso favorable a nosotros de escoger un director del BID latinoamericano para votar apoyando al candidato de Trump.

Mi nieta se acostumbró a que cuando se cae o se golpea o rompe algo se le dice ‘no pasa nada’, y así, ahora, cuando tiene miedo o le pasa algo se tranquiliza repitiendo eso. Es muy lindo porque tiene 2 años. Pero el presidente, no solo por la edad sino también por el cargo, no puede estar en eso.

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