La historia real del Doctor Mata

Conozca la misteriosa vida de este abogado estafador y asesino llamado Napomuceno Matallana que sembró el terror en Bogotá a comienzos del siglo XX, e inspiro al personaje de la novela que estrena RCN.

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Marzo 18, 2014
La historia real del Doctor Mata
Fotro: RCN / Banrep

Pasó de ser un niño recogido al preferido de una mujer rica que lo educó, él la abandonó y se hizo abogado con papeles falsos, así inició un espeluznante camino de estafas y asesinatos.

En nuestra agitada y sangrienta historia, hemos tenido tiempo para crear muy pocos asesinos en serie. Por ahí está Garavito, mejor conocido como La Bestia, quien violó y mató a 168 niños en un lapso de cuatro años. No se nos puede olvidar Luis Gregorio Ramírez, alias el monstruo de Tenerife, un loco obsesionado con los moto taxistas y que en un año logró matar a 25. Los internaba en el bosque, los amarraba a un palo de tal forma que ellos mismos, en la desesperación que tenían por huir, terminaban rompiéndose el cuello. Ramírez disfrutaba del espectáculo a muy poca distancia, sentado cómodamente en el pasto mientras comía una empanada y una gaseosa. Manuel Octavio Bermúdez, un humilde campesino del Valle, alcanzó niveles de celebridad al descubrir que había violado y asesinado a 34 niños en todo su departamento. En el 2003 fue capturado en Pradera (Valle), cuando vendía helados en parques infantiles, buscando, cómo no, nuevas víctimas.

Y entonces llegamos al hombre que es el protagonista de éste artículo, se trata de Buenaventura Nepomuceno Matallana, nacido en Caldas (Boyacá) en el año de 1891. Hijo de una madre soltera, quien, sofocada por la vergüenza y el descrédito, dejó al expósito en un zarzal de la vecina población de Chiquinquirá, “envuelto en una ruana de lana y en un traje femenino de seda”, tal y como lo cita un cronista de la época. Allí  fue encontrado por una niña de diez años, hija de uno de los ricos del pueblo. La muchacha se encariñaría tanto con el gracioso bebé que decidió adoptarlo. Sus padres asintieron: sería muy instructivo para la niña, en sus futuras labores como madre, practicar con un bebé de carne y hueso.

Nepomuceno creció entre la opulencia y el desprecio que sentían por él sus abuelos. La relación con la madre no fue la mejor, a pesar de que la mujer hizo todo lo posible por ganarse el cariño de su hijo adoptivo. En 1913, cuando Nepomuceno tenía 22 años, a su madre en adopción le diagnosticaron lepra e ingresó al Lazareto de Agua de Dios. En una de las pocas cartas que quedan de la correspondencia entre los dos, Matallana le escribe “No me dé más el tratamiento de hijo. Usted allá en su destierro, con su enfermedad, y yo aquí atendiendo mis ocupaciones. En cuanto pueda, le mandaré lo que necesita, pero no me llamé más hijo”. La mujer moriría en el lazareto en 1944, cuando su hijo ya vivía en Bogotá y empezaba a amasar una considerable fortuna a base de mentiras, engaños y muerte.

En Caldas fue acusado de organizar bandas criminales que perpetraron, entre otras masacres, la de la Semana Santa de 1924 y que se conoce como la de las Siete Palabras. Más de 12 personas fueron asesinadas mientras salían de misa un viernes santo. Nunca se pudo comprobar que Nepomuceno organizara estas cuadrillas de bandoleros, pero según declaraciones de testigos no había duda de que él era el líder de estos asesinos.

Napomuceno Matallana

Napomuceno Matallana

A mediados de los años treinta, y cansado ya de las cuatro calles de Caldas, municipio en el que ofició como Secretario de la Alcaldía, cargo en el que aprendió todo lo que debía saber de códigos y leyes y en donde se sospecha que asesinó a 14 personas más, decidió viajar a la capital de la república. Allí, con algunos ahorros que tenía, decidió alquilar una oficina en el edificio Restrepo, en pleno centro de Bogotá en donde ejercería como abogado. Decía que se había graduado de la Universidad Republicana y hasta mandó timbrar tarjetas en donde se constataba que él era un “Abogado titulado e inscrito”, mentiras que repartía entre sus probables clientes. Para seducirlos no dudaba en mostrarse en exceso zalamero, era el clásico lamesuelas. Su lacayismo perruno y su excelsa memoria impresionaban a su, cada vez, más numerosa clientela.

Como todo asesino serial, Matallana sabía escoger muy bien a sus víctimas. El perfil que buscaba era el de la persona adinerada y solitaria.  Se valía de su palabra siempre caudalosa para hacer que su presa le escriturara todo a nombre suyo antes de morir. Así cayeron, entre otros, una proxeneta en uso de buen retiro, Nepomuceno ignoraba que ella tenía un hijo, a punta de cartas falsas lo convenció que por un lío amoroso ella se había ido a París. El muchacho la siguió y allí la Segunda Guerra lo sorprendió. Nunca volvió para fortuna del Doctor Mata.

En su telaraña se enredaron un homosexual con ínfulas de poeta que vivía alejado de su familia, un propietario de una bomba de gasolina, separado de su mujer y de sus hijos, dos propietarios que tenían una vieja disputa entre ellos, el falso abogado entró a pescar en río revuelto y aprovechando que ambos no tenían parientes cercanos decidió matarlos y quedarse con sus propiedades. A los pocos dolientes que dejaba el muerto, Matallana los engañaba con cartas e indicaciones falsas. Nunca se contradecía, guardaba un archivo completo de todas las mentiras que decía.

La prensa de la época le atribuye más de 28 asesinatos. Con sus estafas logró amasar una fortuna de 500 mil pesos. Entre Bogotá y Usme compró una finca de recreo a la que bautizó como La Regadera. Se cree que en este lugar el Doctor desmembraba y enterraba a sus víctimas. Algunos familiares de sus clientes acusaron a Mata ante la justicia. Lejos de amilanarse y con la sangre fría de los sicópatas, contrataba a los mejores abogados para que lo defendieran. Cuenta la leyenda que ahí fue donde conoció a Jorge Eliecer Gaitán. Gracias a la muerte de este, Nepomuceno pudo escaparse de un proceso que inexorablemente lo mostraría como culpable; el Bogotazo hizo que su expediente fuera consumido por la voracidad de las llamas.

Pero el final de Matallana vendría con la muerte de la última de sus víctimas. Se trata de un viejito llamado Alberto Forero. Era un negociante analfabeto de considerable fortuna. Cómo era soltero decidió establecer relaciones con Merceditas López, 25 años menor que él. Le había prometido, dándole una prueba de su amor, comprarle una casa en Bogotá. Estaba en pleno trámite para adquirir la propiedad cuando apareció nuestro Doctor Mata en su vida. El tinterillo lo convenció de hacer un par de compras que le vinieron como anillo al dedo al anciano. Don Alberto confiaba plenamente en Nepomuceno. Por eso, cuando le propuso venderle unos terrenos de eucaliptos que tenía en Usme “Ya que necesito viajar a Europa antes de ponerme viejo”, Forero aceptó gustoso conocer el lugar. Quien quita que este fuera el sitio indicado para vivir con Merceditas los últimos años de su vida.

Una mañana, muy temprano, subieron hasta los terrenos en Usme que se conocían con el  irónico nombre de “Calderitas” ya que el lugar era prácticamente un páramo. Vale la pena aclarar en este punto que Matallana no siempre era el autor material, a veces ese honor se lo dejaba a su ayudante y mano derecha, Hipólito Herrera, su sicario personal. Él fue el que empuñó el arma que acabó con la vida de Alberto Forero. Lo enterraron allí mismo.

El farsante creyó que se iba a salir de nuevo con la suya. A Merceditas quiso enredarla con el trillado cuento de que el viejito se había ido por un lío de faldas a Europa. Ella no le creyó y comenzó a transformarse en una investigadora. No vayan a pensar que era por amor que buscaba a su anciano novio, la promesa de tener una casa propia era la que la motivaba a descubrir el crimen.

En sus investigaciones se dio cuenta, primero de que Matallana era un falso abogado ya que la Universidad Republicana había cerrado sus puertas en 1903, cuando él tenía 12 años. Después descubriría que la mayoría de clientes representados por el tinterillo terminaban desaparecidos. Con la firme intención de desenmascararlo convenció a un policía de que subieran hasta Calderitas. No irían solos, Merceditas, siempre persuasiva, convenció a Hipólito de que los acompañaran. El hombre fue y una vez arriba lo sometieron a una inusual tortura para que delatara a su patrón: lo amarraron a un palo y enfrente suyo hicieron un sancocho. Pasaban las horas y Herrera, de constitución robusta, empezó a tener hambre. De nada le valieron las súplicas por una taza de sopa. Llorando y vencido por el exquisito olor dijo:

–         Si me dan más que sea un sorbito de caldo caliente, yo les cuento unas cosas.

Merceditas, sin perder la calma le respondió:

-Dígalas pronto antes de que el caldo se enfríe.

Y así, por saciar a su demandante barriga, Hipólito Herrera caminó unos pasos, removió la tierra y descubrió el cuerpo en descomposición de Don Alberto Forero.

A Nepomuceno Matallana y a su compinche los condenaron a cada uno a la máxima pena de prisión: 20 años de cárcel. Una vez preso, el Doctor Mata usó su energía para apelar y poder salir libre. Casi lo logra. Cumplía la mitad de su condena cuando se abrió la posibilidad de salir libre. Sus defensores llevaban adelante el caso y estaban confiados de que en un par de semanas el asesino saldría libre y así hubiera sido si un infarto no hubiera acabado con su vida cuando almorzaba con otros presos. Tenía 67 años. Tres días después Hipólito Herrera moriría de física tristeza por la muerte de su jefe.

El caso se cerró y los años trajeron otros asesinos, más feroces y mordaces, armados de motosierras y collares bomba. Nepomuceno Matallana, al lado de ellos, parece un gracioso ladronzuelo de pueblo.

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