Cartagena amanece cada 26 de febrero con una pregunta suspendida sobre las olas: ¿dónde está José Armando De la Cruz Hernández, el joven magangueleño que se lanzó al agua en Las Tenazas para salvar a una madre y a sus hijos y nunca regresó?
Desde aquella tarde de 2023, el mar dejó de ser paisaje y se convirtió en una pregunta sin respuesta. A diferencia de Luis Alejandro Velasco en Relato de un náufrago, que volvió para contar su deriva, José no ha tenido quien narre la suya. Nadie puede afirmar si lo venció la corriente, si salió del agua y se desvaneció en la ciudad o si habita otra orilla que no figura en los mapas. Lo único cierto es su gesto heroico: se lanzó a salvar vidas. Todo lo demás —su destino, las versiones cruzadas, el silencio oficial— pertenece a esa zona turbia donde la justicia del Caribe colombiano guarda lo que no quiere devolver.
Los hechos comprobados caben en pocas líneas. Aquel 26 de febrero, varios jóvenes que realizaban una grabación académica escucharon los gritos de auxilio. Una turista y sus dos hijos eran arrastrados por la corriente. Algunos ingresaron al agua. Entre ellos, José Armando. Tras varios minutos, los tres turistas fueron rescatados y puestos a salvo; de ellos, sin embargo, nada más se supo, como si también hubiesen sido absorbidos por la discreción del mar. Algunos de los jóvenes rescatistas lograron salir. Después, la escena se volvió incierta.
Un agente de la Policía afirmó que José había salido y que el Tránsito se lo había llevado. Un vendedor creyó reconocerlo entre quienes fueron auxiliados. Otro testigo sostuvo que vio a alguien alzar las manos antes de que la marea lo cubriera. Las versiones, lejos de encajar, se repelieron como piezas de un rompecabezas mal cortado.
Lo cierto es que esa tarde nadie advirtió que, además de José Armando, faltaba otro joven: Joel Andrés Díaz Madrigal, estudiante sincelejano de 19 años y compañero del grupo. Los presentes no se percataron de que también había entrado al agua. Su ausencia no generó alarma inmediata porque solía alternar entre casas de familiares en Cartagena. Solo cuando su cuerpo apareció dos días después en las playas de Bocagrande, la ciudad comprendió que el mar había reclamado otra historia. Joel fue reconocido y sepultado, pero José nunca apareció.
Ese contraste es la grieta del caso. Si el mar devolvió a Joel, ¿por qué no devolvió a José? ¿Se trata de corrientes distintas, de tiempos distintos, de destinos distintos? ¿O de una hipótesis que no ha sido examinada con suficiente rigor?
Las labores de búsqueda marítima se realizaron durante días. Buzos inspeccionaron espolones. Guardacostas rastrearon la zona. Hospitales fueron revisados. No hubo resultado. Tampoco se consolidó públicamente una reconstrucción técnica definitiva que conciliara los testimonios ni se despejó la contradicción inicial: si salió del agua, ¿dónde quedó registrado? Si no salió, ¿por qué no fue hallado?
En paralelo, el dolor de la familia se convirtió en terreno de abuso. Desde distintos números comenzaron a llegar llamadas extorsivas atribuidas a miembros de Los Rastrojos, que exigían dinero a cambio de una supuesta liberación. Conocían nombres, rutinas, detalles íntimos. Después llegaron otras llamadas, menos violentas, pero igual de perturbadoras por parte de personas que aseguraban haberlo visto en islas cercanas a Cartagena, acompañado por alguien que lo guiaba con docilidad sospeosa. Ninguna de esas pistas fue verificada con resultados concluyentes. Todas ampliaron el perímetro del misterio.
Tres años más tarde, la pregunta central sigue intacta: ¿qué ocurrió con José Armando De la Cruz después de lanzarse al agua?
El sector de Las Tenazas había sido catalogado en el pasado como de alto riesgo por sus corrientes submarinas. Sin embargo, la señalización y el control permanente han sido objeto de cuestionamientos. No es el primer caso de desaparición en ese sector. La ciudad ha conocido episodios similares, como el de la estudiante Tatiana Hernández, cuya suerte también quedó envuelta en incertidumbre costera; de manera que la repetición obliga a preguntarse si acaso son tragedias aisladas o advertencias desatendidas.
El expediente de José no ofrece conclusión. No existe declaratoria de muerte basada en hallazgo físico, pero tampoco prueba de supervivencia. Permanece en ese territorio ambiguo en que el derecho se vuelve provisional y el duelo imposible.
En Magangué, su madre conserva la intuición de que la historia no está cerrada. Su padre responde cada llamada con una esperanza que se niega a extinguirse. Su hermano lo ha soñado feliz, como si habitara una región sin sobresaltos. Entre tanto, la ciudad continúa su rutina, ajena al hueco que dejó un joven que quiso auxiliar a desconocidos.
El periodismo no puede afirmar que José murió ahogado. Tampoco puede sostener que salió del agua y desapareció en tierra firme. No puede situarlo en el cielo ni en una isla remota. Solo puede constatar que, tres años después, no hay verdad verificable. Y esa ausencia de verdad —más que el oleaje— es lo que mantiene abierto el caso. Porque el mar puede tragarse un cuerpo, pero una ciudad no debería tragarse a su héroe. El héroe de Las Tenazas no puede quedar disuelto en la sal del olvido.
También le puede interesar:
Anuncios.


