La Historia de Fiscalburgo. Un cuento de inflación y la emisión monetaria

En esta historia, el demagogo, en vista de su discurso facilista y a una labia incomparable, llegó al cargo de presidente de Fiscalburgo...

Por: Juan Carlos Camacho Castellanos
diciembre 16, 2021
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La Historia de Fiscalburgo. Un cuento de inflación y la emisión monetaria
Foto: Pixabay

Las causas de la inflación no son, como suele decirse, múltiples y complejas sino simplemente el resultado de la excesiva impresión de dinero.

Henry Hazlitt

Nuestra pequeña nación, ubicada al pie de los Andes, se llama Fiscalburgo, su economía se basa, en principio, en la fabricación de calzado de cuero, que, dada su tradición, experiencia y recursos, se considera la mejor del mundo.

Aunque tiene otras áreas económicas que permiten al país mantenerse económicamente, su fabricación y exportación de calzado permite que su economía, que en total genera $ 10.000, sea relativamente estable y que se haya establecido que el crecimiento económico anual se estime un 10 %.

El resto de los elementos de esa economía depende de esa industria en particular, la del calzado de cuero, por lo que los habitantes exportan una parte para obtener divisas y el resto de esa producción se mueve en el mercado interno dinamizando los sectores económicos clave (alimentos, turismo, impuestos para sostener al estado, etc.).

El Banco Central, por tanto, y basado en su dinámica económica emite papel moneda respaldado por ese cálculo monetario, es decir, en el año cero, con $ 10.000 de producción emite, por ejemplo, $ 11.000 en papel moneda que pone en circulación entre los ciudadanos.

Eso implica que hay $ 1.000 pesos de dinero que no tiene un respaldo acorde a la capacidad productiva del país, pero que, de acuerdo a la proyección de crecimiento anual en un futuro si generará el respectivo aval a esa emisión de moneda adicional. La tasa de inflación de nuestra nación ficticia se ubica en un 10%.

Visto de otro modo, si un Fiscalburguense tiene en sus manos un billete de $ 100, en realidad este pedacito de papel tiene un valor real de $ 90, ya que existen en nuestro mercado monetario $ 1.000 que se emitieron pensando en un futuro crecimiento económico.

Aunque la inflación es de 2 dígitos, nuestro ciudadano aun no siente la pérdida de poder adquisitivo de una manera notable y solo acierta a decir en las conversaciones casuales que “ya no le alcanza el dinero y que antes con $ 100 se podía comprar más”.

Casualmente ese era año de elegir al nuevo presidente de Fiscalburgo, y uno de los candidatos prometía, entre otras cosas, emitir papel moneda adicional y desmantelar la industria del calzado para evitar la absurda matanza de ganado vacuno (esto en vista de las protestas de los jóvenes que lloraban en las calles suplicando por la vida de las inocentes vacas) fuente principal de la materia prima para elaborar el excelente calzado fiscalburgués.

En su lugar proponía recurrir al cultivo de coco, aun cuando la zona costera de Fiscalburgo era limitada, como principal industria y fuente de riqueza de la nación. A pesar de todo, y que, además, existían otras fuentes de riqueza que podían ser explotadas de manera prudente y racional, manteniendo una industria pecuaria adecuada y sin dejar de lado su inmensa fama y capacidad como fabricantes de calzado de alta calidad, nuestro pintoresco candidato, insistía en su mesiánica propuesta de acudir al monocultivo que era, por supuesto, rebatida por aquellos que habían realmente estudiado el tema económico con seriedad.

En resumen, el demagogo, en vista de su discurso facilista y a una labia incomparable, un tipo falto de inteligencia y sabiduría, pero muy astuto, llegó al cargo de presidente de Fiscalburgo.

Luego de crear cientos de cargos para pagar favores políticos, de atornillarse en el poder cambiando la constitución, de censurar a la prensa y de destruir moralmente a las instituciones del Estado, comenzó con su plan quinquenal de economía socialdespotica y, como lo dijo en su campaña política, le ordenó al Banco Central que imprimiera el doble de billetes que había en circulación, es decir, $ 22.000 en papel moneda, mientras que, después de dar amnistía al ganado vacuno (el país se volvió por decreto seguidor de la noble tradición hindú de adoración a las vacas), se ordenó (también por decreto) que ya no se fabricará calzado y que se organizara al pueblo (también por decreto) para que cada centímetro de tierra cultivable se dedicara a la producción del rico y delicioso coco de Fiscalburgo con el fin de impulsar la coconomía sostenible.

Ese año, el año 01 (uno) D.L.B (Después del Líder Benefactor), el día 31 de diciembre, nuestro ciudadano fiscalburgués, se sentó en un banco del parque a reflexionar, y, dado que la producción general se redujo a $ 5.000 observo su billete de $ 100 y, estableció, que ahora, su exiguo presupuesto se había reducido a… tan solo un valor real de $ 77.28 pues la emisión de dinero inorgánico había establecido el índice inflacionario en 22.72 %;

Aun así, nuestro ingenuo fiscalburgués, tenía esperanza en el líder providencial y sabía que el año nuevo traería mejoras sustanciales gracias al cultivo masivo de coco y a la lucha del inefable líder contra el “imperio” y los “oligarcas” que le impedía llevar a esa nación por la senda de la abundancia y la prosperidad que en sus discursos de 4 horas diarias se presentaba en la radio y la televisión de Fiscalburgo.

El año 02 (dos) D.L.B, la economía general se redujo a $2.000, la emisión de dinero aumento a $44.000 y las condiciones políticas (aumento de impuestos, burocracia lenta e incapaz, invasión de funcionarios de una oscura dictadura caribeña y ruptura social total en una nación profundamente polarizada) nuestro ciudadano fiscalburgués, sentado en su banco del parque, reflexionando el último día del año, observaba su billete de $100, y reflexionaba ya que, en ese momento, su valor real era de -$2.100, pues la inflación para aquel año era de 2.200 %.

Ese pedazo de papel que tenía en sus manos no alcanzaba, ni siquiera, para comprar un caramelo de coco (que estaban racionados dada la caída de la productividad coconómica del país), dulce placer que, en aquel momento costaba, en el mercado negro, unos $ 10.000. Pero, al bueblo, aquello no le importaba, porque el líder cocoburgués, (el nombre del país, a partir de ese año, el sería Cocoburgo por decreto), seguía en su incansable búsqueda de la felicidad para cada integrante del pueblo de aquella pérdida nación cocotera.

Ya, el intergaláctico maestro y líder del pueblo, anunciaba su nueva emisión monetaria con cambio de nombre a dólar Cocoburgués, de $ 66.000, y establecía que la nueva divisa vendría con una reducción de ceros (0) para darle fuerza y estabilidad a esa hermosa colección de billetes, colorida y pintoresca, y que así, por obra y gracia del espíritu marxista, lograrían rescatar la economía que era saboteada continuamente por el “imperio” y los “oligarcas” enemigos del pueblo.

Nuestro habitante cocoburgués, sosteniendo aquel pedacito de papel sin valor, agachaba la vista y veía, con profunda tristeza, que su ajado par de zapatos (una reliquia del rico pasado fiscalburgués) ya no aguantarían más otra reparación y que se vería obligado a comprar (cuando llegarán a las tiendas y luego de hacer una fila de varios días) un par de zapatillas de caucho importadas de China.

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