En esta ínsula de la nieve olvidada del Quindío, corazón mío, donde el aire huele a café, pero los recuerdos huelen a cocaína y olvido, se ha desatado un júbilo que solo podría entenderse en los dominios de la desmesura. Ha regresado, tras un exilio de las sombras siniestras, la estatua de John Lennon. Sin embargo, ella no ha vuelto a una plaza pública ni a un jardín de poetas nadaístas, sino a la Posada Alemana, ese lupanar de inviernos artificiales que, junto a la Hacienda Nápoles, forjaron el eje cardinal de nuestra propia tragedia nacional.
Eran los tiempos en que la "maicena" sagrada, esa que subía por las narices de medio mundo como un incienso pecaminoso, financiaba los delirios de grandeza de nuestros Corleones de poncho. "No existe una empresa en Colombia que le saque más dólares a Estados Unidos que nosotros, los narcotraficantes" (Pablo Escobar). Aquel hombre, que mandaba a construir castillos entre cafetales, decidió un día que la paz del mundo cabía en un molde de fundición.
El milagro del exnarcotraficante alquimista arrepentido, que quiso reconocer la mano del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, quien, bajo el influjo de un encargo del extraqueto convertido por arte de magia en "iluminado de las letras", nos devuelve al Lennon de metal. Es la generosidad del relámpago después de la tormenta. ¡Qué prodigio de la metamorfosis! El hombre que ayer contaba fardos de dólares, hoy cuenta sílabas y se presenta como el gran "gestor cultural" de la nostalgia.
"El narcotráfico, ese manto de sombras que nos cubrió el alma, también tiene sus momentos de 'caridad' pública". Pero, mientras el pueblo quindiano aplaude el retorno del ídolo de anteojos, un silencio de tumba recorre las veredas. Hubiera sido un milagro más digno de los espejismos de Macondo que este filántropo Marcos Herber (Carlos Lehder), de raíces cuyabras, nos regalara un monumento, no al músico inglés, sino a las miles de víctimas que el Cartel de Medellín dejó vagando sin descanso. Ese sería el regalo que haría llorar de verdad a las madres que, en los años ochenta, vieron cómo la guerra les arrebataba la descendencia.
Dicen los defensores del exnarcotraficante convertido ahora en "escritor", esos que tienen la memoria tan corta como la paciencia, que el hombre ya purgó treinta años de encierro. Y es verdad: pagó su deuda con la ley de los hombres, pero ni un minuto ha dedicado a pedir perdón, ni una gota de tinta ha gastado en reconocer a los muertos que su empresa dejó esculpidos en la memoria del olvido.
Lo más asombroso del realismo mágico quindiano es que ya lo ven sentado en un trono de elección popular. En la otrora fastuosa Posada Alemana, donde en la pista de baile se exhibía con orgullo una esvástica grabada en el suelo, afuera, la estatua de Lennon seguirá allí, ofreciendo sus gónadas de bronce al viento del paisaje cultural cafetero. Una danza de contradicciones que solo nosotros sabemos bailar: la paz de John Lennon custodiando el epicentro de la guerra.
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