Opinión

La guerra no volverá, Duque

La derecha petulante, ignorante, no ha leído el Acuerdo de Paz, ni la Constitución ni las leyes, por eso exige a la JEP cosas absurdas, contra principios jurídicos universales

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febrero 12, 2021
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La guerra no volverá, Duque
El Acuerdo se convirtió en normas constitucionales, en leyes, en decretos de obligatorio cumplimiento. Se blindó jurídicamente con miras a la posteridad. No se lo puede cambiar

La extrema derecha de este país, enemiga furibunda del Acuerdo Final de Paz, no cesa de rasgarse las vestiduras ante cualquier aplicación del mismo. No repara en ninguna de las realidades derivadas de la terminación del conflicto armado, para ella todo es falsedad, mala fe, maniobra fraudulenta. Con justicia induce a preguntarse qué es lo que quiere en verdad, qué suerte le deparaba a Colombia, qué planes se le frustraron con la firma de la paz.

La guerra que afectó con singular dureza las regiones agrarias durante más de medio siglo, y que poco a poco se fue sintiendo en los centros urbanos y ciudades capitales, dejó un saldo superior a los ocho millones de víctimas. Significó que no solo cayeran miles y miles de combatientes de todos los bandos enfrentados, sino que su dinámica brutal arrollara las vidas de incontables colombianos envueltos sin haberlo deseado nunca en la violencia del conflicto.

Las viudas y los huérfanos de la guerra conocen mejor que nadie su dureza. La avalancha sangrienta avanzaba implacable sumiéndolo todo en el dolor y la desesperanza. Se podía desear la venganza, trabajar por conseguirla, en una lógica que únicamente reproducía y acrecentaba la confrontación, con su carga de muertos, mutilados, secuestrados, masacrados o desaparecidos. El despojo repentino de lo que se consiguió tras muchos años de labor, eso era el conflicto.

Aquí cayeron grandes promotores de la violencia. Políticos de renombre que clamaron por la guerra total contra las que llamaron repúblicas independientes, candidatos presidenciales de la oposición que clamaban por la paz, generales de la República que pidieron siempre tierra arrasada, comandantes guerrilleros de enorme renombre, jefes paramilitares que ensangrentaron extensas regiones, empresarios, proletarios, terratenientes, campesinos, inocentes por doquier.

Poblaciones enteras fueron destruidas por cilindros disparados en asaltos a puestos de policía, otras fueron desplazadas por la arremetida criminal del paramilitarismo, comunidades indefensas sufrieron la represión brutal de las fuerzas militares que las acusaron de cómplices de la subversión, clubes de las clases altas volaron por los aires porque en ellos se reunía gente extraña, cabezas decapitadas de labriegos fueron clavadas en varas para aterrorizar y desterrar.

A las mentes enfermizas y delirantes aún les parece que fue poco, echan de menos los litros de sangre que sus prohombres exigían a sus tropas, lamentan que hayan cesado los bombardeos indiscriminados, las operaciones de tierra arrasada, se indignan todavía porque del otro lado hubieran encontrado una respuesta justiciera. Porque pese a todo su odio les fue imposible imponer su sacrosanta voluntad y poner el bozal a todos los que la contrariaban.

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La derecha les había hablado de cambiar las botas por los votos, solo que no lo quería en verdad

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Rabian porque se hubiera puesto un punto final al desangre. Porque pese a todo su veneno, Colombia lograra sacar adelante un Acuerdo de Paz que detuvo el fuego y trajo la dejación de las armas. Los guerrilleros abandonaron su lucha armada, se convirtieron en un partido político legal, salieron de la mata a trabajar con honradez. Esa misma derecha se lo había exigido en el pasado. Les había hablado de cambiar las botas por los votos, solo que no lo quería en verdad.

Pero pudo más la razón, la lógica humanitaria, la fe en un futuro mejor para todos. En la mesa de conversaciones se disputó largamente, con argumentos y decisión, sobre las causas de la confrontación, la desigual distribución de la tierra, el atraso rural, las posibilidades de desarrollo, cómo poner fin a los cultivos de uso ilícito y combatir el narcotráfico, la necesaria democratización del país, los derechos de las víctimas, la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición.

Allá estaba presente la comunidad internacional, el gobierno de los Estados Unidos, la buena voluntad de los países facilitadores y garantes, la generosa hospitalidad cubana, la voz de la Iglesia católica y otras feligresías, la de las mujeres, las víctimas, los militares y policías colombianos. Hubo un entendimiento, con sujeción al Derecho Internacional Humanitario, al Derecho Internacional de los Derechos Humanos, al Derecho Internacional Penal.

El Acuerdo se convirtió en normas constitucionales, en leyes, en decretos de obligatorio cumplimiento. Se blindó jurídicamente con miras a la posteridad. No se lo puede cambiar. Pero esa derecha fanática que sólo respira venganza ganó sospechosamente las elecciones, llegó a la Presidencia obsesionada con destruirlo. Lo cual necesariamente pasa por incumplir la gran mayoría de cosas a las que el Estado se obligó de manera solemne.

En esas estamos. Esa derecha petulante e ignorante ni siquiera se ha tomado la molestia de leer el Acuerdo, tampoco la Constitución ni las leyes. Por eso exige a la JEP cosas absurdas, que riñen con principios jurídicos universales, por eso insulta la Comisión de la Verdad. Los colombianos firmamos la paz y la reconciliación y vamos a hacerlas realidad por encima de Uribe y su partido. Avanza una enorme convergencia democrática y nada podrá detenerla. La guerra no volverá, Duque.

 

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