La guerra de los inocentes

Relato sobre uno de los tantos niños campesinos colombianos que vivió la guerra en carne propia y padeció los estragos del conflicto armado

Por: Norvey Echeverry Orozco
septiembre 14, 2017
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La guerra de los inocentes
Foto: Norvey Echeverry

En la guerra los inocentes no empuñaban fusiles, pero sí lápices. En la guerra los inocentes no quitaban seguros de granadas, pero sí soportaban sus abruptas detonaciones. En la guerra los inocentes veían como se mataban sus hermanos mayores, en un conflicto que comenzó con pistolas de balines y metralletas de madera. En la guerra los inocentes conocían el hambre que habitaba en las calles de la ciudad y sus miradas de indiferencia. En la guerra los inocentes eran los niños. Este es un relato de uno de los tantos niños inocentes que conoció a la guerra.

No sabría yo decir en qué fecha exacta ocurrió tal suceso, pero sí recuerdo que fue en el año 1996. Gracias a Dios no recuerdo en que mes, ni día, porque es algo que lo deja marcado a uno para toda la vida.

Yo era muy feliz en el campo, extremadamente feliz. Desde muy niño he amado el campo profundamente. Vivía en una finca con mis dos padres, mi hermano menor y mis dos hermanas. Era una finca muy grande. Mi papá era el administrador, el mayordomo.

Mi nombre es Juan Campuzano*, recuerdo que aquel era un día normal, como cualquier otro en la vida de un niño como yo: jugar con tierra, aprender de geografía, ir a la escuela –sin zapatos–, escuchar a los pájaros cantar; todo lo que hace cada día un niño cuando todavía no ha sumado diez cumpleaños y vive en el campo. Nunca me imaginé que aquel sería el último día en el que podría ver de nuevo mi casa; mucho menos de que aquel sería el último día que iba a pisar los pasillos de la escuelita rural –que tanto quería– en la que había aprendido a leer y escribir.

Mi mamá siempre me mandaba a la escuelita a las 7:15 a.m. para que no me cogiera la tarde. Las clases comenzaban a las ocho en punto, pero yo y varios de mis amiguitos estábamos antes, mucho antes. Salía con mi mochila y con una sonrisa, después de caminar cien pasos, mover varias piedras del camino, y saludar a varios campesinos vecinos, me encontraba con mis amiguitos. La suma de ellos me daba un resultado de seis, esa era la señal de que ya había aprendido a sumar, pero no a dividir. Era algo muy hermoso, porque todos éramos muy pobres. Mis padres me podían dar zapaticos, pero cuando me encontraba con mis amiguitos era diferente: la mayoría estaban descalzos. Lo que yo hacía era esconder mis zapatos en un rastrojo para irme con ellos a pie limpio. Antes de llegar a mi casa, por la tarde, volvía y me los ponía para que no me regañaran.

Eran las dos y treinta de la tarde. Todos mis amigos y yo jugábamos en el patio de la escuela un partido de fútbol. Hasta allí llegó un empleado, me llamó y me dijo: “Mataron al dueño de la finca, al patrón”. Yo no lo le quise creer en ese momento y por eso le expresé: “yo no le creo eso hermano, eso es mentira”. Seguí jugando con mis amiguitos.

Él se acercó hasta donde la profesora, no pasaron cinco segundos para que ella se colocara a llorar. Nos llamó a todos y nos dijo: “vayan todos a sus casas”. Ahí comprendí que sí era verdad: habían matado al dueño de la finca. No me demoré un minuto para empacar todo y salir corriendo. Para llegar a mi casa debía de cruzar por una carretera, en el camino me encontré con otro trabajador que me hizo asustar: “no vaya a su casa, porque su mamá lo está esperando en la carretera Los Planes. Su mamá se va para el pueblo”.

Yo llegué, mi mamá estaba acompañada por mi hermanito de cuatro años y una estopa pequeña, en ella había guardado lo poco que había podido empacar: ropita, la máquina de moler, un atado de panela y una olla. Mi papá no quiso dejar la finca sola, era terco, muy terco. Le dijo a mi madre: “yo soy el administrador y la finca no se puede quedar sola”. Se quedó solo, acompañado por la guerra.

Nosotros nos vinimos para el pueblo. Llegamos a una casita que mi mamá había comprado. La casa estaba alquilada y así, con inquilinos, nos tuvimos que estrechar y vivir todos juntos. Mi papá llegó a la tercera noche, porque tenía miedo, no fue capaz de adaptarse a la melodía de las balas ni tampoco a la compañía de la guerra.

Empezó otra odisea: amenazaron a papá. La siguiente noche, después de haber llegado papá, vinieron varios hombres preguntando por él para matarlo. A los allegados de la finca los amarraron y los torturaron, pero a ninguno de ellos lo mataron. Preguntaban por mi familia, por nosotros. Mi papá consiguió un camión  –no sé cómo– y nos fuimos todos para otro pueblo a la una de la mañana. Nos echaron atrás, escondidos detrás del plástico negro de los camiones.

Era la primera vez que yo salía del pueblo. En el campo cada año solo salía una o dos veces y era para medirme la ropita de diciembre. Mi papá nos motilaba… Nos ofrecía lo necesario ¡Al pueblo no salíamos!

Antes de comenzar a restar kilómetros nos dijeron: “de pronto en el viaje nos van a parar los del ejército. Si llegan a preguntar, digan que ustedes son de Marinilla y van para Guarne”. Mi papá no había sacado el permiso para el trasteo, no había tiempo. Cuando destaparon la carpa estábamos en La Unión, Antioquia, pero ni sabía yo como se llamaba. Descansamos un momento, tomamos un chocolate y seguimos alejándonos cada vez más del pueblo que me había visto leer, crecer, jugar y llorar.

Llegamos a una finca en el municipio de Guarne, allí nos tuvimos que quedar tres años. Después de ese tiempo regresamos de nuevo a nuestro pueblo, para continuar con una supuesta vida ‘normal’, pero no era normal, tenía otro sabor.

Yo sabía lo que estaba pasando, a pesar de que era tan niño, ya era consiente. Los guerrilleros iban mucho a donde nosotros vivíamos. Iban, hacían lo que querían y se volvían a ir. Ellos eran los amos y señores: los reyes del mundo. Si querían una gallina la tomaban sin permiso, así eran, y al que no le gustara dicha decisión lo mataban. Hacían lo que querían. Ellos eran los que arreglaban los problemas de las familias. Eran los dueños de todo.

Fue una niñez de dos mezclas: niño y campesino, de los anteriores me siento muy orgulloso del segundo; porque el primero me lo robó la guerra. Uno quisiera estar allá y nunca haber dejado de ser un campesino normal, en su casita, en su tierra, con sus cultivos y animales. No tener que salir a hacer otras cosas, que a uno en realidad no le gustan hacer, solo por necesidad, por vivir en un mundo como el de ahora: el que no estudia está condenado a realizar el trabajo más duro y a ganar poco. Toca estudiar y hacer trabajos más suaves, así a uno no le guste, para tener una mejor calidad de vida.

La primera vez que conocí a un guerrillero fue a los ocho años, ellos llegaban a las casas y a las fincas. Uno comenzaba a verlos armados hasta los dientes. Entraban a las cocinas, comían y conversaban como cualquier otro vecino o familiar conocido. Cuando tenían confianza llegaban a la casa a las 3 a.m., tiraban las colchonetas y se acostaban a dormir hasta el otro día en medio de las camas de nosotros.

A los más grandes los convencían con mentiras, porque así se los llevaban: pintándoles el cielo. A mi hermana María*, la convencieron para irse y así como si nada accedió. Recuerdo que mi mamá le dijo: “María*, te voy a regalar algo que nunca jamás se te va a olvidar… Donde tú estés siempre lo vas a recordar”. Nunca olvidaré que le pegó una pela. Ese regalo le sirvió tanto que no se quiso ir y años después se casó con un policía.

(*) Nombres cambiados por protección de las fuentes.

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