Ayer, en medios de comunicación, alguien decía, sin ruborizarse, que el cura Camilo Torres fue “el primer colombiano que se dio a conocer a nivel mundial en el siglo XX”. Más que ignorancia histórica, se trata de un interés pendenciero y profano, pues una aseveración de esa naturaleza bien puede equivaler a pisotear los sepulcros de aquellos compatriotas que de verdad han trascendido en la historia y que lograron brillar arropados únicamente por el mérito de su inteligencia, sin necesidad de acudir al hoy romantizado grito de las armas.
Ya en 1924, cuando incluso nuestros abuelos eran proyecto vital, José Eustasio Rivera publicó La vorágine, que fue una protesta literaria que se tradujo a por lo menos siete idiomas. Por esos mismos años, Jorge Eliécer Gaitán ya se quemaba las pestañas en la Universidad de Roma y discutía directamente con Enrico Ferri sobre la premeditación, convirtiéndose en su alumno estrella. Cuando apenas se dio a conocer en Colombia a Camilo Torres como el nuevo “prócer revolucionario”, Eduardo Santos ya se sentaba a manteles con Albert Camus en París, y Gabriel García Márquez ya había escrito La hojarasca.
Ojalá que las goteras del fanatismo ideológico que hoy inundan el raciocinio no permitan que se reescriba la historia, en perjuicio de los grandes hombres que protagonizaron los capítulos más memorables de la novela patria.
También le puede interesar:
Anuncios.
Anuncios.


