De la falta de agua en La Guajira y otros espejismos

"Decir que no hay agua en la Guajira, denota una desmesurada ignorancia, tan árida como el desierto que predican"

Por: Moisés Carreño
abril 18, 2017
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De la falta de agua en La Guajira y otros espejismos
Foto: Semana.com

Se ha dicho siempre que La Guajira muere de sed por la falta de agua. Es cierto que el factor climático, ya sea por calentamiento global o el fenómeno del niño o niña, afecta la forma de vida de sus habitantes, y que existen veranos intensos y luego inviernos implacables como los describió el inmortal Leandro Díaz “si este verano vuelve a repetir quien sabe dónde iremos a parar”. Además, no es menos cierto que los que más sufren sus secuelas son los habitantes de la zona rural, los indígenas quienes con su sabiduría milenaria han aprendido a dominarlo.

Sin embargo, la Guajira no es un desierto. Más bien, posee una zona semidesértica que ocupa menos del 40% del territorio. Es totalmente habitada desde tiempos inmemoriales por la Nación Wayuu que vive y obtiene sus recursos de ahí. Cuenta con un ecosistema rico y variado en flora y fauna. Posee dos grandes sistemas montañosos, la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá, de donde fluyen al menos 50 fuentes de aguas puras entre ríos y manantiales.

Sirva el momento para mencionar tan solo algunos emblemáticos ríos de la cultura vallenata y costeña que nacen en esta tierra: Cesar, Badillo, Marquesote, Palomino, Jerez, Tocaimo, Ranchería entre muchos más. Sin contar con que posee montañas de menor altura como las serranías de Cocinas, Montes de Oca, Cerro de la Teta y Serranía de la Macuira. De cada uno de estos ecosistemas nacen fuentes hídricas de invaluable importancia para la región. Decir que no hay agua en la Guajira, denota una desmesurada ignorancia, tan árida como el desierto que predican.

Para afrontar las duras sequías y las distancias entre las comunidades y las fuentes hídricas, en 1926, hace 90 años, se intentó dar una solución. Primero con la Comisión del Agua y posteriormente la creación de PROAGUAS, entidades que se encargaban de la construcción, instalación y mantenimiento de los molinos de viento, las pequeñas represas y los jagüeyes, que en buenas épocas permitían a los indígenas abastecerse de agua para la comunidad y los animales, además de sembrar pancoger y en algunos casos vegetación para sombra y ornamentación. Luego, en la década de los cincuenta, el General Rojas Pinilla potencializó el trabajo de PROAGUAS con la instalación de más de 500 molinos de viento repartidos por toda la media y alta guajira, y la construcción de la represa Casushi a unos 10 kilómetros del Cabo de la Vela, que junto a los manantiales de la Macuira debería abastecer perfectamente a la alta Guajira.

Cabe preguntarse, ¿por qué habiendo tanto recurso económico, hídrico y humano, se sigue padeciendo de falta de agua en la zona rural (principalmente), pero también en la zona urbana?

Realidades funestas se juntan y dan insumos para responder tan pertinente pregunta. La primera de ellas es el abuso del recurso hídrico que se hace para la explotación del carbón a gran escala. A la concesión para la explotación del carbón en La Guajira se le señala de ser responsable de la desaparición de varios manantiales y afluentes, el más conocido de todos, el desvío del arroyo Bruno, que en estos momentos se encuentra suspendido por la Corte Constitucional. También es conocido por todos la intervención hecha en el río Ranchería, el cual fue desviado y se le construyó una represa con la promesa de hacer el acueducto regional que solucionaría el problema de agua en toda la Guajira. Hoy, varios años después, las comunidades que antes recibían las aguas del Ranchería, solo tienen frente a sus ojos el cauce sin agua y sin solución cercana.

En segundo término, el gobierno nacional, el departamental y los gobiernos locales, en vez de mejorar lo que había, enredan los procesos en interminables ires y venires burocráticos y en vez de dar solución se dedican a contratar nuevos estudios, inaugurar obras que solo quedan en el papel y cortar la cinta en acueductos efímeros, cuya única utilidad es la foto para el periódico. Esto se repite simultáneamente por las entidades del nivel central, regional y municipal, que para lo único en que se ponen de acuerdo es en la forma de vaticinar el irreal futuro: “haremos…”, “nunca más la Guajira tendrá sed”, “esta vez sí” y toda la lista interminable de palabras sin sustancia que se acostumbra en los discursos.

Por último, se ha impulsado una aparente solución que ha resultado en una trampa perversa, los carrotanques de agua. Estos vehículos que en la mayoría de los casos no cuentan con los mínimos requerimientos de seguridad y salubridad, resultaron ser tan buenos negocios que a sus dueños, muchos de ellos políticos, ya no les importa solucionar el problema del abastecimiento del agua domiciliaria ya que en esto consiste el negocio, en que continúe sin solución en el tiempo para que los carrotanques sean indispensables. A tal punto que muchos han dejado el negocio del contrabando de gasolina para pasarse al negocio del agua que ha resultado ser más rentable y además legal. Mientras tanto, acabaron poco a poco con PROAGUAS, dejando los molinos podrirse, las represas abandonadas y los jagüeyes sin mantenimiento.

Los molinos y jagüeyes además de tener un manejo directo por la misma comunidad y mantenimiento a bajo costo, traen consigo beneficios como agua para el consumo animal y siembra de hortalizas y frutas propias de la región. Por el contrario, la mayoría de los carrotanques son privados y los precios del agua varían de acuerdo a la distancia y el municipio. Lo más perverso del negocio es que en algunos municipios el agua de los carrotanques es vendida por el acueducto para luego ser revendida a los ciudadanos. Razón por la cual muchos acueductos no son puestos en funcionamiento porque es más rentable el negocio de los carrotanques que poner a fluir el agua directamente a las casas de la comunidad.

Es urgente que la población guajira, de cultura aguerrida y combativa, se transforme en una ciudadanía proactiva y exigente de respeto y cumplimiento de sus derechos; que se conviertan en vigilantes de sus impuestos y que alcen su voz en contra de la arbitrariedad de las autoridades y la mansedumbre servil, inoperante y sospechosa de los entes de control.

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