La eterna guerra del Centro Democrático contra los educadores

"El partido del expresidente Uribe quiere acabar con la educación pública y de paso controlar a su antojo la enseñanza en el país"

Por: Milton Atehortúa
noviembre 05, 2020
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La eterna guerra del Centro Democrático contra los educadores
Foto: Instagram @alvarouribevelez

Existe desde hace mucho tiempo una persecución por parte de un recalcitrante sector de la extrema derecha contra todo lo que huela a sindicalismo, conocimiento, inconformismo o sentido crítico. En este vaivén han estigmatizado universidades públicas, han señalado grupos de jóvenes, han condenado procesos de paz e insisten vehementemente en culpar a los docentes de muchos males de este país, dada su alta influencia en la sociedad por ser los llamados a formar los ciudadanos.

El humanismo liberal promulgado por este sector político rechaza todo sentido de los valores humanos; arremete contra la solidaridad, la compasión y el arraigo; y pretende fortalecer el culto al yo individual, donde no interesen las dificultades de los demás. El egoísmo y la competencia prevalecen, excepto cuando son de la misma casta oligarca. Allí sí son viables maquiavélicos pactos que permiten enriquecerse a costa de los demás. Esta libertad raya con aspectos segregadores del humanismo evolutivo, pues los uribistas desprecian a las minorías étnicas y a los menos favorecidos, colocándolos en la misma raya de competencia con aventajados personajes de las urbes. Creen en una raza superior en medio de un país diverso y promueven la responsabilidad individual en el curso de su futuro, situación que la escuela actual cuestiona, fomentando valores y responsabilidades que estén de la mano por el respeto a la diversidad del otro y al trabajo digno y honrado en equipo.

No toleran las artes, las letras ni la literatura, su enfoque además de la individualidad se basa en la productividad. La riqueza económica, según ellos, debe estar por encima del goce estético. La plata tiene más valor que el conocimiento y el trabajo debe arremeter contra la imaginación. Aún así, condenan los reclamos por un trabajo digno, fomentando el conformismo bajo la premisa de conseguir el progreso a toda costa sin cuestionar las libertades ajenas ni los atropellos de los empleadores. Quieren acabar con la escuela que permite soñar con cuentos clásicos, quieren expulsar la literatura romanticista, censurar los críticos escritores latinoamericanos e imponer la biblia sobre los libros de emprendimiento y los postulados de Maquiavelo y Adam Smith.

Rechazan la enseñanza de un sentido ecológico que permita al ser humano vivir en equilibrio con la naturaleza, pues para ellos el petróleo, la minería y la extracción deben aparecer en un primer plano. No valen nada los cada vez más reducidos animales silvestres nativos, los cuales deben ser sustituidos por innumerables reses. Los potreros deben reemplazar los bosques y los páramos deben pertenecer a las multinacionales, que son sinónimo de progreso en sus abnegadas mentes que deberían ser hidratadas por el negro petróleo y no por el agua. Rechazan los movimientos ecologistas y promueven cabalgatas, corridas de toros y todo espectáculo que demuestre la absurda y degradante supremacía del ser humano sobre el medio ambiente.

El fin último de las áreas de humanidades de la escuela es que el estudiante alcance un nivel socio-crítico de lectura, significando la capacidad de este para discernir problemáticas sociales y culturales con un sentido examinador, Uribe condena esta premisa, pues para él, la simple obediencia a los dirigentes es lo importante, caminar sin observar, escuchar sin procesar y acatar sin chistar, para los obstinados miembros del clan, formar comprensión es adoctrinar, pues un sujeto inteligente es capaz de quitarse la venda de su rostro y vislumbrar el desesperanzador panorama de las plutocracias que han gobernado el país, no entienden que la iglesia ya no es la gestora de la educación, que las estrategias ya se han modernizado, que el flujo de información es mucho mayor y que los jóvenes de hoy ya poseen acceso a los libros que anteriormente quemaban sus admirados dictadores como Pinochet o Videla.

Les trasnocha pensar que en la escuela de hoy se les enseñe a romper con mitos que han dirigido los episodios electorales del país, que el fantasma del comunismo creado desde el inicio de la guerra fría, aquella falsa premisa que influyó en el asesinato de Gaitán y ha marcado la tendencia de las últimas votaciones no existe, que Colombia es uno de los últimos países manipulables con estrategias viles de falsa información en redes, les fastidia pensar que los docentes rechazamos la manipulación del mercado a su favor y no la propiedad privada, les molesta que se forme a un sujeto que respete la opinión del otro de manera respetuosa en un país en el que se han asesinado miles de personas por pensar distinto, por discernir o por oponerse.

El Centro Democrático también se basa para atacar a Fecode en los resultados de las pruebas internacionales, culpa a los docentes nacionales por no competir con los desarrollados países europeos que invierten en educación, los mismos que tienen libertad de cátedra y que no poseen gobiernos autoritarios y estigmatizadores como el nuestro, desconocen las dificultades de la ruralidad de nuestro país, ocultan las realidades sociales de las periferias y comparan las destruidas escuelas públicas con los colegios privados de élite donde fueron formados y empezaron a diseñar una competencia educativa desleal en uno de los países más desiguales del mundo.

Son muchas las razones que alimentan el odio del uribismo hacia los docentes del país. Basta con ver los trinos descalificadores que desencadenan en amenazas y asesinatos, los señalamientos diarios con discursos cargados de rencor, las estrategias publicitarias de los medios de comunicación que ellos mismos dominan y los dañinos referendos o proyectos de ley. Sin embargo, los docentes luchamos con corazón y dedicación diariamente por educar a un país que no pierde la esperanza de avanzar, de mejorar su calidad de vida, por encima de los tropiezos, las carencias, los obstáculos y la despiadada oposición del gobierno.

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