La esperanza tras la terrible noche

Después de perder a sus padres y hermano por la guerra, dos niños caqueteños salen adelante en un pueblo sin esperanza ni institución

Por: Amparo Navia Aley
marzo 05, 2019
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La esperanza tras la terrible noche

Fue en una noche de abril del 2012 que la guerrilla tiro 7 cilindros bombas a la estación de policía del corregimiento de Rio Negro, Caquetá. Ningún policía salió herido en este atentado. Los cilindros cayeron en el centro de salud, destruyéndolo absolutamente todo. Pero la perdida más dolorosa fue la familia Barreto Hurtado. En el cuarto donde dormían Jeniffer y Ronaldo, jóvenes pareja padres de 3 hijos, cayó uno de los cilindros más grandes lanzados.

La escena posterior fue surreal. En la casa quedaron esparcidos los cuerpos de la pareja y su bebe de 9 meses que dormía con ellos en el momento de la explosión. Los testigos no se olvidan de los gritos que alcanzó a pegar Ronaldo mientras, con sus piernas destruidas, pedía a gritos ayuda de la policía que nada pudo hacer.

Mayra y Divan, los otros dos hijos de la familia que se encontraban durmiendo en una habitación al fondo de la vivienda, se salvaron por la estructura de la cama que detuvo la pared que se les vino encima. Ellos, de 5 y 7 años respectivamente empezarían a vivir una vida que configurada por la violencia y resinificada con la esperanza.

El departamento quedó atónito y sus pobladores traumatizados. Aunque la reacción de las autoridades fue contundente, la alegría se demoró años en volver al corregimiento de Rio Negro. Para todos hubo un momento de desesperanza, dolor y luto. Para todos excepto para Milciades y Nelly, los abuelos. Para ellos no hubo momento de llorar pues inmediatamente el destino de sus vidas se transformó y tomó la forma de sus nietos.

Días después del atentado, los niños tenían un nuevo hogar y nuevos padres. Cartagena del Chaira los recibió con los brazos abiertos. Ahí encontraron muchas historias como la propia. Se sintieron identificados, acompañados y apoyados.

Han pasado 7 años. Hoy tienen 11 y 12 años respectivamente. Estudian, comparten con sus amigos de barrio, escuela, grupo de danzas,  en sus rostros se refleja una historia de esperanza y no de guerra.

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